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TERRORISMO DOMÉSTICO

Camilo Valverde Mudarra



Amor y espanto se entrecruzan

Es triste y funesta la noticia: un hijo de Ana ha sido detenido, acusado de maltrato. En diciembre de 1997, Ana Orantes, una mujer granadina maltratada, fue quemada viva por su marido tras relatar su historia en la televisión andaluza. La difusión del suceso a través de los medios de comunicación reveló la tragedia sacrificial del terrorismo doméstico, vil y cruel. Las víctimas aumentan en progresión creciente. Entre 1999 y 2003, 315 mujeres murieron apuñaladas, atropelladas, quemadas vivas, descuartizadas, lanzadas al vacío... por la furia desalmada de sus maridos o ex compañeros, según el Instituto de la mujer y el número de mártires sigue ascendiendo. En muchos casos, sucumbieron tras soportar lesiones durante largos años de silencio; en otros, tras denunciar múltiples agresiones y amenazas. Ni el sistema judicial ni las Fuerzas de Seguridad supieron o pudieron protegerlas e impedir la masacre.

Y el asunto se extiende y propaga como virus infeccioso, que corroe lo más preciado de nuestra sociedad. No se detiene, son muchas; miles de mujeres viven su amenaza de muerte. En un semestre de 2004, se contabilizaron 21.865 denuncias por delitos de malos tratos en el ámbito familiar, una cifra aterradora en comparación con las 8.605 del mismo semestre de 2003. Así mismo, las detenciones efectuadas por las Fuerzas de Seguridad, por este delito, han pasado de 2.731 a 11.411; desde que se aprobó la orden de protección inmediata, los jueces han recibido 7.869 demandas. Es la noticia de cada día. Este río de sangre no cesa y, pese a haber provocado en los últimos años muchas más bajas que el terrorismo, preocupa menos a los españoles.

La prometida Ley Integral de medidas de protección contra la violencia doméstica, que entró en vigor en enero del 2005, ha aprobado unas medidas urgentes contra esta lacra: la reasignación y la implicación policíaca, la protección y las vías de vigilancia...
Las mujeres han de estar ojo avizor. Su noviazgo ahora, visto desde la distancia, encuentra signos significativos que podrían haberla puesto sobre aviso. Así, sus primeros desprecios, cuando le decía que era tonta, que se callase, porque no sabía de lo que hablaba; la relación que tenía con su madre, a quien maltrataba y humillaba; o el hecho de no presentarla a su familia hasta que se quedó embarazada. La violencia sexista es el infierno que les hace soportar “el que era el amor de su vida”. Pero cinco años sufriendo vejaciones, acaban convirtiendo cualquier declaración de amor en un grito de terror y de horror, que clava sus aristas en las entrañas más duras.

Amor y espanto se entrecruzan en el vivir de las mujeres sumidas en la agresión. La ambivalencia de sentimientos se asienta en ellas y llegan a anudar una curiosa conexión de dependencia con su agresor. Es el ’Síndrome de dependencia afectiva’ que les impele a perdonarlos repetidamente, a minimizar y olvidar sus agresiones. Poco a poco -confiesan algunas- se van sintiendo incapaces de actuar por sí mismas -«me tenía anulada», se vuelven pasivas e inseguras, mientras su autoestima se degrada en cada episodio de violencia. Y caen en la dependencia y la sumisión absolutas. “Yo creía que él tenía toda la razón, todo lo que él decía me parecía bien”: que se quedara el sueldo que ganaba con la excusa de que no sabía comprar y pensaba “pues tiene razón, es que no sé comprar”; o que hubiera de dejar el trabajo persuadida por él de que su jefe buscaba algo con ella... Tras la docilidad, viene el sentimiento de culpabilidad -“cuando me pegaba y me pedía perdón, yo pensaba que todo había sido por mi causa”-. Y quieren evitarlo a toda costa, complacerlo dentro y fuera, para salvar la relación, para ser aceptadas. Vencidas, alteradas se afanan en sus labores, para eludir los insultos de “sucia” y “desordenada” que el energúmeno les regala. Suelen estas mujeres quedar aisladas socialmente, para no suscitar la rabia de los locos celos. Viven su soledad. Se sienten fracasadas y desasidas; precisan el incentivo de alguien. Necesitan cariño y apoyo en medio de su desamparo e impotencia; buscan consuelo, quieren una esperanza viva y se aferran con fuerza a cualquier signo que alumbre. La educación, hábitos y los valores recibidos socialmente conforman la personalidad de estas mujeres: muchas consideran normales las relaciones asimétricas, incluso han vivido envueltas en la violencia familiar.

La violencia doméstica es un problema generalizado, víctimas del terrorismo doméstico son también los niños y los mayores, por su vulnerabilidad, entre los que se encuentran algunos hombres.

Camilo Valverde Mudarra

Este artículo tiene © del autor.

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