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I. ASCENDIENTES DE JESÚS (Mt 1,1-17; Lc 3, 23-38)

Camilo Valverde Mudarra

España



Cristo es el Mesías.

La Biblia inserta muchas genealogías; su conservación y empleo es muy corriente en el mundo semita. En su contenido, la genealogía de Cristo, en San Mateo, es histórica, pero artificiosa desde el punto de vista literario. Entre las hipótesis, alguna apunta que tal vez sea una simple anotación al margen del texto primitivo, incluida luego, con el paso del tiempo. Deriva de Abraham y David en orden descendente y ascendente en Lc; señala así la promesa mesiánica que recibe Abraham y se cumple en la estirpe de David: hijo de David, hijo de Abraham. Cristo es el Mesías.

Lo curioso y sorprendente es que figuren en la ascendencia de Jesucristo cuatro mujeres y además, extranjeras, extrañas al ambiente hebreo y de conducta irregular: Tamar, una cananea incestuosa; Rajab, otra cananea prostituta; Rut, la extranjera, gente odiada por los judíos; y Betsabé, la adúltera (Mt 1,3.5-6). Ello sugiere que en la obra mesiánica no caben exclusiones, ni jerarquías sociales de clase por rango, sexo o raza; y que, en la línea de ascendencia mesiánica, haya presencia extranjera femenina indica la valoración de la mujer y la universalidad salvadora del Mesías. Existen tradiciones rabínicas que introducen a Tamar entre los ascendientes del Mesías.

Tamar (Gn 38) es la primera mujer que San Mateo cita. Esta mujer se casó con Er, que muy pronto murió sin haber tenido descendencia. Obedeciendo la ley del levirato, su suegro, Judá, hace que la tome por mujer su segundo hijo, Onán, quien actuaba maliciosamente (onanismo) para impedir la concepción, pues sabía que los hijos no serían considerados suyos sino de su hermano difunto. Desagradó a Yahvé lo que hacía y le hizo morir (Gn 38,10). Tamar, víctima de la maldad de sus dos maridos, se quedó viuda y desamparada. Judá, entonces, le prometió por esposo a su tercer hijo, Selá, cuando se hiciera mayor. Selá creció y se hizo hombre y Judá, temiendo también su muerte, no cumplió la promesa. De nuevo, Tamar es ultrajada, en este caso, por la crueldad de su suegro.

He aquí que la mujer de Judá murió. Entonces Tamar, habiendo recibido aviso de que Judá subía al esquileo, se envolvió velos de prostituta y se sentó a la entrada de Enaim; al pasar, Judá cayó en sus brazos sin reconocerla y ella quedó encinta (Gén 38).

En el relato bíblico, se reprueba la conducta inmoral de Judá: injusto, mentiroso y ruin, no el haber conocido y estado con una prostituta; es deshonesto por incumplir la palabra dada y la Justicia de la ley del levirato. Por su parte, a Tamar no se le reprocha nada, es más, se le presenta implícitamente como una buena mujer, caritativa y fiel al amor de su primer marido, al que desea e intenta perpetuar en un hijo, lo que, en realidad, es encomiable, ya que, para el hombre morir sin descendencia que prolongase su nombre y su persona, era, en Israel, la mayor desgracia. Ella no se dedica a la prostitución, no trafica ni comercia en el oficio del lenocinio. Su actuación en que cae Judá es, sin duda, una reparación, un acto de justicia, más que un acto de venganza. Tamar, síntesis del oprobio, es aquí el prototipo del atropello de derechos, la conciencia crítica de la injusticia cometida por los dos hijos y el padre. El texto bíblico inclina la mano de Dios en favor de la indefensa y despreciada mujer. Luego, descubierta la cobardía de Judá, su falta de fe y de ética por los objetos de identificación que ella, muy prudente, le exigió y guardó, la tiene que acoger y, reconociendo su proceder, la alaba: "Ella es más justa que yo, porque yo no le he dado por esposo a mi hijo Selá" (Gn 38,26). Pensando que no estaba bien casarse con una nuera, reconoció los gemelos que tuvo y convivieron como hermanos.

Tamar fue una mujer indefensa, agraviada por los hombres, y acogida y justificada por Dios. Por ella, la línea de descendencia mesiánica no se interrumpe y llegará a David.

Rajab, segunda mujer de la genealogía, es una prostituta famosa, cuya historia se encuentra en Josué 2,1-21; 6,17-25. Josué envió dos espías con la misión "explorar la tierra de Jericó" (Jos 2,1); salieron y entraron en casa de una meretriz llamada Rajab; quizás hicieron uso de sus servicios, como parece indicar la orden que el rey le envía (Jos 2,3) y la respuesta que da Rajab (Jos 2,4). Pero el asunto se difumina lacónicamente con la frase: "Se alojaron allí". Y esto es cierto, tal vez fuesen buscando hospedaje, ya que, en ese tiempo, la posada era también casa de citas. Ella los encubrió, les dio protección y, ocultándolos, los libró de la muerte; se expuso en gran manera; de ser descubierta, se le hubiera imputado el delito de lesa majestad por alta traición al reino de Jericó.

Rajab ofrece a los dos hebreos su piedad y su misericordia. A cambio, les ruega que tengan con ella el mismo trato caritativo que de su parte han recibido: "Os pido que me juréis por el Señor que, de la misma manera que yo os he tratado, así también vosotros tratéis con bondad mi casa y mi familia" (Jos 2,12). Los hombres le aseguraron que obrarían con ella "con benevolencia y con lealtad" (hesed y emet). Y en efecto, cumplieron su promesa y la ampararon con su hesed y su emet (Jos 6,17-25). Le devolvieron la bondad y la lealtad recibida.

La razón fundamental del texto bíblico se halla en la fe. Rajab, modelo de fe perfecta, se salva por su fe (Heb 11,31); fue justificada por su conducta (Sant 2,25); una mujer cananea cree ciegamente en Yavé, el Dios de los hebreos: "Yo sé que el Señor os ha dado esta tierra" (Jos 2,9). Es significativo este taxativo aserto "yo sé", en relación con las intencionadas dudas y vacilaciones del encubrimiento: yo "no sabía" de dónde eran (2,4) y "no sé" dónde fueron los espías (2,5). Su fe y su caridad traen su salvación y la de su familia. La fe de Rajab es firme y rotunda: "El Señor, vuestro Dios, es Dios arriba en los cielos y abajo en la tierra" (Jos 2,11). El mismo Israel no ha mostrado, con sus infidelidades, una fe tan completa y arraigada.

Esta historia de los exploradores bien podría ser un relato etiológico, con el fin de justificar la existencia de la meretriz de Jericó. Dios determinó valerse del concurso de Rajab para facilitar la entrada de los israelitas en Canaán y, a la vez, convertida y arrepentida, acogerla, con su familia, entre el pueblo elegido. Sus favores y servicios a Israel fueron mucho tiempo celebrados por la tradición judía. Rajab, símbolo de los pueblos paganos convertidos a la fe, figura con honor en la genealogía de Cristo. La Iglesia Primitiva la considera entre las almas buenas de los pecadores arrepentidos. En ella, los Santos Padres vieron la imagen de los gentiles que se integran, por la fe, a Israel.

Camilo Valverde Mudarra

-*Catedrático de Lengua y Literatura Españolas

-*Lcdo. en Ciencias Bíblicas

De mi libro “LAS MUJERES DEL EVANGELIO”

  • Ed. por la Escuela Bíblica de la Axarquía. Vélez-Málaga.

Este artículo tiene © del autor.

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