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II. ASCENDIENTES DE JESÚS (Mt 1,1-17; Lc 3, 23-38)

Camilo Valverde Mudarra

España



Rut (Rut 1,4) es la nuera de Noemí. Habiendo emigrado de Belén, con su marido y sus dos hijos, a causa de una gran carestía, al país de Moab, Noemí, tras morir sucesivamente los tres hombres, decidió regresar a su pueblo en compañía de Rut. Llegaron ambas viudas a Belén en el tiempo de la siega. Booz, hombre muy rico, era pariente de Noemí de la familia de su marido. Rut, la Moabita, un día pidió a su suegra, por su escasez, que le permitiese salir a espigar; entró en una propiedad tras los segadores que resultó ser de Booz, el cual, al saber quien era aquella extranjera, la trató bien y le facilitó la labor. Enterada de ello Noemí, que deseaba colocarla para que fuese feliz, le dijo a Rut que, como aquel hombre, por ser pariente suyo, tenía derecho de levirato sobre ellas, fuese a la era y que donde estuviese acostado Booz, se introdujera con sigilo a sus pies. Cuando de madrugada, se despertó él y la descubrió, le preguntó qué hacía allí y ella le dijo que la podía tomar por el derecho del levirato. Él alabó su piedad y virtud y, sin tocarla, le explicó la cuestión, la colmó de atenciones y le dijo que esperara en casa las gestiones pertinentes que iba a realizar. Cf. Rut, cap. 1-4.

Rut se integra a Israel por piedad y por su propia voluntad. Las palabras de Noemí (1,20s) suenan como el reverso del cántico de Ana (I Sam 2,1s) y el Magnificat de María (Lc 1,46s). El librito pone de manifiesto cómo la divina Providencia vela por sus criaturas. Los caminos de Dios son insondables: quiso la Providencia que fuese a dar con la parcela de Booz (Rut 2,3). Resalta, también, la valía moral de la Moabita. La salvación no está sólo en Israel. La extranjera muestra su veneración y amor filial por su suegra, viuda y mayor: no insistas más en que te deje alejándome de ti (Rut 1,16; 2,11), abandona su tierra y familia por ella, espiga para atenderla y la obedece ciegamente. Es piadosa y virtuosa (Rut 3,10-11). Y Booz es un hombre honrado, desprendido y justo; sobresale su rectitud y generosidad que acoge al extranjero y lo refugia bajo las alas del Dios de Israel. Dios recompensa siempre las buenas obras y la virtud (2,12). El libro de Rut se entronca en la historia de la salvación. Rut llega a ser la bisabuela de David y predecesora del Mesías.

Betsabé, hija de Eliam, mujer de Urías el Jeteo (II Sam 11-12) comete adulterio con el rey David. Prendado de su belleza, mandó a buscarla, vino a palacio y se entregó a él. Al saber que estaba encinta, para salvar la imagen, quisieron ocultarlo; los adúlteros eran condenados a muerte (Lev 20,10). David, envilecido por la pasión, hizo venir al soldado desde el campo de batalla y, tras agasajarlo, le concedió permiso con el eufemismo de: Baja a tu casa y lávate los pies (11,8), que es aclarado más abajo: ¿iba yo a dormir con mi mujer? (11,11). Entonces, dándole una nota para el comandante, con la orden de que lo destacara en lugar de peligro, lo envió a campaña y allí murió. Terminado el luto, David la tomó por mujer y dio a luz un niño. Pero esta conducta abyecta y criminal de David, desagradó a Yahvé. Habiendo comprendido que había pecado, David se arrepintió y pidió perdón, pero el castigo no tardó, el niño enfermó y murió.

La narración bíblica es escabrosa, pero objetiva, se desarrolla en términos bastante asépticos. La Biblia recoge las diferentes facetas del hombre al que dirige su mensaje de salvación. El texto presenta la miseria humana de la caída en el pecado; manifiesta la seducción indigna desde el poder, el manejo y el engaño por la pasión y la maquinación del crimen frente a la lealtad y piedad del marido traicionado; la degradación y vileza de David y la ambición e inmoralidad de Betsabé frente la grandeza moral y rectitud ética de Urías. La Escritura señala las faltas y los pecados de los hombres para prevenirlos del peligro y ponerlos en guardia; hombres como David y San Pedro pecaron y se arrepintieron, es una llamada de atención y luz de esperanza en el arrepentimiento y el perdón para el pecador que deplora su pecado y ruega a Dios la salvación. La misericordia de Dios es infinita, perdona a David y a todo pecador compungido. Y Betsabé le da otro hijo que se llamará Salomón. Así obra Dios.

Sin duda, la prostitución ha existido desde la antigüedad; aunque se tiene por el oficio más antiguo del mundo, no parece que ello sea cierto. En la Biblia, la primera ocupación es la de agricultor, cultivador de la tierra (Gn 2,15) y la segunda, la de pastor (Gn 4,2). En Israel, la prostitución no estaba expresamente prohibida: "No deshonrarás a tu hija prostituyéndola" (Lev 19,29). Este texto es prácticamente el único que prohibe la prostitución y se dirige, más que al hecho en sí, a los padres que decidieran prostituir a sus hijas. En la legislación judía, no se prohibe a la mujer, de modo expreso y directo, ejercer libremente la prostitución. Es el adulterio lo que veta uno de los diez mandamientos de la Ley.

Sin embargo, la Biblia previene del riesgo que, para el hombre, entraña la prostituta: "¡Ay del que se deje seducir por ella y caiga en sus redes!" (Prov 6,23-26). El hombre ha de estar alerta y "vigilar con cuidado a la de ojos atrevidos" (Si 26,11), pues "la desvergüenza de la prostituta se muestra en su mirar descarado" (Si 26,29); "como viandante sediento abre ella su boca y bebe de todas las aguas que encuentra; se sienta en cualquier parte y ofrece su cuerpo a la lujuria" (Si 26,12).
La prostituta se tenía por mujer abyecta, profana y profanadora. De ahí que el sacerdote, al servicio del culto religioso, tenía prohibido casarse con este tipo de mujer: "No tomarás por esposa una mujer prostituta, violada o divorciada, pues el sacerdote está consagrado a Dios... De esta manera no profanará entre los suyos su descendencia" (Lev 21,7,15). Y así la prostituta hija de un sacerdote es condenada a muerte: "Si la hija de un sacerdote se deshonra prostituyéndose, es a su padre a quien deshonra; por esto será quemada" (Lev 21,9).

En la práctica, la prostitución, en Israel, era un hecho corriente, que no llegaba a tener un sentido muy humillante (Cf. Jue 16,1; 2Re 3,16); su práctica se toleraba, como atestigua el famoso juicio de Salomón: las dos prostitutas que piden justicia y la proverbial sabiduría del Rey al sancionar, es un relato con diversas concordancias en los textos literarios de la antigüedad (1Re 3,16-28). Sansón, terror de los filisteos, tomó por mujer a una prostituta extranjera (Jue 16,1) y no se le reprocha. Jefté, un juez de Israel, hijo de prostituta, fue proclamado caudillo salvador de los ammonitas (Jue 11).

No extraña, pues, la historia de estas cuatro mujeres. Y, por otra parte, ¿quién puede juzgar la limpieza de sus almas y, sobretodo, los caminos que abre y emprende el Señor?

Camilo Valverde Mudarra

-*Catedrático de Lengua y Literatura Españolas
-*Lcdo. en Ciencias Bíblicas

De mi libro “LAS MUJERES DEL EVANGELIO”
Ed. por la Escuela Bíblica de la Axarquía. Vélez-Málaga.

Este artículo tiene © del autor.

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