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CUIDADOR DE ESTRELLAS

Adrián N. Escudero

ARGENTINA



CUIDADOR DE ESTRELLAS

A la Redención.

En especial, al Profeta de Nazareth, que me dio su Vida...

I - Antigua Alianza.

Ahora, duelen las rocas. El horizonte en calma.

Sexto día y la victoria clama tras la nube malhechora de insectos que abreva como ganado sobre la sangre derramada. Y un abrupto silencio tremola a su lado, confundiéndolo..

Elías era un hombre (¡Dios!, ni más ni menos). Y el día de la Guerra era hoy extrañamente dulce -miel de la mañana- y luminoso.

Brillante.

Manjar de condenado el leve roce de la brisa en tierra palestina; un susurro aventando apenas el recuerdo de Canaán y el silbido de las espadas caldeas, macedonias y romanas, y el tronar de las huellas bizantinas, árabes y turcas heredadas por Jordania.

Gruñe en sus oídos el estruendo de la tierra rota a desdentadas de misil, y una quietud tardía y cansada, como él, late firme en sus sienes y lo deposita inerte sobre la aridez del paisaje.

Elías -profeta y soldado- marcha mientras observa cómo ese Sol furioso brillando en lo alto, descarga también su energía insolente contra el estiércol de arena y huesos de aquella tierra sucia, disputada y mezquina, agobiada como él, cuyas historias agreden sus recuerdos...

La brisa lo conforta apenas; pero la compasión hacia el paisaje amarillo y vejado se transmuta en dolor. Un gemido aúlla desde el perfil agujereado de su cuerpo macilento, intoxicado por el zumo agrio y espeso que discurre por la carne forrada de gris para el combate.

Entonces, se detiene. El horizonte, todavía, en calma.
Toma conciencia de su extremo agobio y caminar sin rumbo cuando gira, con lenta -vaga- prisa, la cabeza hacia atrás, deseando -como Lot- convertirse en estatua de sal y acabar con todo de una buena vez...

Sus propias huellas, pesadas y umbrías, le aceptan la mirada distrayéndolo, por un breve instante, del sofocante aquelarre -ritual- que arde como enceguecido en la enorme quietud del Desierto.

El Desierto: territorio endemoniado bajo la forma de un macho cabrío en impropio descanso de furia y arrebatos, antes de la próxima tormenta que desatará sobre la arena...

Sin embargo, es sólo eso: un instante. La zona del desastre y el principio de la huida le fracturan la mente atribulada por los cruentos episodios vividos. Finalmente, con un grito horrorizado bosquejado en la nada amarilla, se asila en los parajes de aquel silencio extraño...

Necesita pensar.

Vuelve a cerciorarse. Sí, el horizonte -sigue- en calma.

“Elías, ¿duermes?”, pregunta alguien.

“No. Sabes que no lo hago desde que acepté el puesto. Y hace de esto como un tiempo sin medida...”, responde.

“Sí; cuando mis pies, mis brazos y todo mi cuerpo se consuman, mi cabeza dormirá. También lo sabes”, aclara.

“¿Y tu miedo...?”, inquiere alguien.

“Creciendo. Soy honesto. Sufro mucho”, contesta. Y agrega. “Pero sin locura. En paz. Como una semilla que debe morir para dar fruto. Y del bueno. Aunque no pueda distinguir los límites entre lo que he sido, puedo llegar a ser o seré. En realidad, creo que este vaivén del infinito que me aturde en esencia y me sorprende -muy a mi pesar-, lo intenta, trata de explicarme quién o qué Soy, o Seré. Pero no dormiré; todavía no, te lo aseguro. Hace rato he aprendido que la prudencia divina se sustenta en el amor; la humana, en cambio, en la cautela, prima del temor o del terror”.

“Entonces, come y bebe. ¡Levántate! Aún tienes mucho por hacer!”.

Y el duende espumoso, inaugurando un rito que después repetiría con Isaías y con la Encarnación misma en sus cuarenta días y noches de prueba en la estepa hebrea, dejándole pan y agua para fortalecerlo, se alejó del lugar...

Isaías, a su modo, envidia al Sol.

Su fuego no es el fuego de la Guerra. Semeja más bien al fuego del Espíritu Viviente que lo mantiene alerta.

Así piensa mientras el aire enrojecido de Ramat trata inútilmente de escapar por la hambrienta nariz. Debajo, una boca gruesa y maloliente mezcla disgustos con incesantes oraciones...

Y éstas parecen triunfar sobre aquéllos, cuando, desde un mar muerto, vuelve a sembrar turbulencia el paso delgado de una brisa con aliento de sal.

Y el profeta y soldado escucha, y siente, estremecido, el manso roce de su aliento untando con promesas de sanación el costillar derecho hendido de raíz. Fea herida. Fea y corrompida.

Y nuevamente experimentar la soledad de los que señalan a otros el camino. Claro que, ahora desea unirse al vuelo firme de aquel viento absurdo y alcanzar al sol para estallar con él, y volverse... ¿finalmente?, luz.

II - Nueva alianza.

“Abba”, murmura en la fracción de segundo que lo acaba de separar de su pascua de vida a muerte-Vida.

No sólo el sudor cuelga de la cruz que lo retiene enclavado. También hay agua y sangre; mucha sangre manándole por el cuerpo desfigurado a latigazos romanos. Y el aire enrojecido de Ramat se libera y zumba en sus oídos, confunde su mente y le impide pensar. Como antes, cuando todavía era un hombre más en la tierra de los vivientes...

Ahora, no es el sol quien lo espera; sino la oscura y furiosa implosión del Averno, y todas aquellas manos que se estiran hacia él, buscando escapar del pozo sin fondo donde, el Ángel Caído, ruge de desesperación, pues teme quedarse -¿finalmente?- solo.

Elías, escondido en Jesús, llamado el Cristo, será siempre un sabio Cuidador de Estrellas.

¿Por qué? Porque tiene una especial habilidad para ello. Un don inexplicable. Un carisma selecto que lo distingue para dicho oficio singular.

El Dueño de Mundos así lo ha dispuesto. Como ha dispuesto que todos los cuidadores habiten, al retirarse, las extensas praderas de Mundo Sereno.

Hay además quienes custodian entes y fumarolas. Espectrales criaturas centinelas de la Sala de las Memorias donde las almas de lo Humano, probadas en lo Creado, autojuzgan la calidad de su existencia, para perpetuarse o no en el Misterio de los Cielos o calcinarse -¿finalmente?- en las llamas del Averno.

Y hay quienes programan y controlan la gestación y fin de los planetas, lunas y asteroides, renovando o extinguiendo especies y recursos, adecuando hábitats y escribiendo la historia invisible de la inteligencia cósmica, sin desmedro (como parte de un Misterio inefable) de la libertad donada al infundir “vida” a las cosas y seres inteligentes que los habitan.

Tarea importante. Más aún la de Elías: es que, sin estrellas, toda la materia no sería, sino, nada más que Nada.

Pero Elías no sólo cuidaba de su propia Estrella. También era el encargado de velar, en general, por Mundo Sereno (una suerte de pastoreo de almas purgadas y santificadas). Y de Mundo Génesis, en particular (una especie de pastoreo de almas encarnadas conforme al singular sueño creacional de...).

Elías, vuelto Jesucristo o mano derecha fiel del Dueño de Mundos -a Quien su izquierda le había traicionado, rebelándose contra sus leyes y desatando aquella Guerra infernal-, tenía en Mundo Sereno al Mundo que lo acogía y sublimaba, y desde donde velaba por todos los Mundos Creados. Especialmente, por Mundo Génesis: el más débil fruto del amor inaudito de Yosoy.

¿Y cuándo llegó Elías a ser un sabio Cuidador de Estrellas?

Cuando, en el Alfa que preanunciaba el Omega, el Dueño de Mundos confió a su Verbo el destino de la Estrella que daba vida a Mundo Sereno. Estrella unigénita y primordial, a quien Él llamó Aliento de Palabra; para luego destinarlo al rescate de Mundo Génesis, signado por una muerte inexorable a manos de... sino...

Sí, había un cariño grande de su Padre por ese Mundo de seres espirituales encarnados...

Arropado en carne como uno más de sus habitantes, supo porqué. Y también los amó; los amó tanto que...

“Pero aún no dormiré”, dijo, aunque -de su boca- las sílabas balbuceadas, fueran: “Todo se ha cumplido”, empezando -¿finalmente?- a morir...

¿Y Quién pudo explicar lo que le sucedió al Tiempo después de la Epopeya?

Su dormición duró como tres vueltas de Mundo Génesis sobre sí mismo; hasta que, un ruido, en lo Alto, como una esquirla desprendida del cementerio amarillo de piedras y huesos que lo rodeaba, y que, de pronto, cobraba vida en torno a él, le hizo levantar la cabeza y salir del sepulcro donde estaba sepultado...

El Sol, estrella inmensa, pareció anular su gesto de sorpresa, pero no evitó que comprendiera la causa del estallido sobreviniente al clamor luminoso que despedía -como otro Sol- su Cuerpo Nuevo -ya- glorificado...

Sí, un pequeño cohete se estrellaba a lo lejos, buscando el objetivo...

Por allá, vomitando sobre las ruinas futuras de Israel y el Líbano, y condensado en hilos electrónicos, respuestas computadas, energía nuclear y orgullosa dinámica, un misil diminuto destrozaba sin piedad los símbolos del necio pensamiento y quehacer humano, al modo de hoz cosechadora esgrimida por un Ángel Exterminador...

O el Fin de los Tiempos del Tiempo.

III - Sacrificio.

Aún enhiesta, su Cruz resistió suspendida como Patíbulo donde el Amor levantado en Alto, concluiría atrayendo como un magneto espiritual, a todo error o pecado cometido por los Creados, permitiendo a Mundo Génesis volver a comenzar.

“No lloren por mí, hijas de Jerusalén. Lloren más bien por ustedes y por sus hijos”, recuerda haberles advertido, sabiendo que muchos serían los llamados y pocos los elegidos...

Bendita (¿maldita?) libertad de los Creados. Sí, claro que memora aquel mágico instante en que guardó su cabeza hirviente de espinas entre dos rodillas despellejadas, como cuando descubrió y atrapó y comió su primera lagartija errante durante la Cuaresma, aturdido por el despecho del Ángel Caído, puesto a tentarlo a renunciar al soberano oficio de Cuidador de Estrellas; a la misión para la que hasta había tenido que nacer a Mundo Génesis, semejándose en todo -menos en lo malo- a aquellos a los que su Padre amara y amaba, inexplicablemente...

Dios celoso por ellos. Angel celoso de Dios por ellos.

Pero, “¿qué es el hombre para que tanto te acuerdes de él?”, preguntaría en salmo la Humanidad entera, en gesto real y antecesor a la prudencia con que Yosoy trataba a los hombres desde su libertad...

Lo supo al nacer de mujer virgen.

Desde Belén observó a la Estrella Primordial de cuyo cuidado había sido, por el momento, relevado, y comprendió su nueva realidad...

Fue un vagido que sólo el Arcángel y sus huestes, y el Caído y sus huestes, sabrían descifrar. Y vio la Espada del Amor clavada en el pecho de aquella mujer niña, y no dudó en arrancársela y blandirla hasta el Fin de los Tiempos. Celoso por ellos.

La batalla comenzaba.

IV - Parusía.

¿Volvería a suceder?

¿Dios mío, cuántas veces?

“Setenta veces siete”, escuchó. Y la primera secuencia de una serie de infinitas Parusías, lo enredó en su trama.

Quizá el día en que el duende vino a visitarlo, lo supo. Y lo vio. Vio hacia el fin de su Segunda Venida y en el contexto de las Setenta Veces Siete Venidas, otra vez sus manos y pies resecos, y el polvo etéreo de sus huesos esfumados sin retorno.
Fagocitado por el Yo Invisible que recrea sin tiempo lo creado, se vio. Aunque parte de su nuevo ser comenzara a manifestarse (cruentamente herido y sospechado, y luego muerto y enterrado, pero en modo diferente cada vez, cada vez, cada vez... setenta veces siete, cada vez), como un Ave Fénix de la mitología de los inconmensurables pueblos en crecimiento de tantos Mundos Génesis fundados en cada sitio del Universo donde, la forma y la materia, habita -burilada- como especie libre e inteligente.

No obstante, las palabras del Ángel Mayor que entrenaran sus nervios para la locura y el valor en los Montes Getsemaní, lo golpean.

Debe entender que, al final, habrá vencido. Pero esas palabras se les enquistan en el fondo de los cabellos rojos, vuelta su aura fuego cuando roza la atmósfera de los Mundos Inferiores a los que se obliga a descender.

Y cree nuevamente.

Cuando lo hace, el valor vuelve a él y da sentido al sedante vacío y autómata con que la muerte atenazara sus sentidos físicos y espirituales.

Porque en la Parusía y renovado esfuerzo de redención por Mundo Génesis, esta vez no habrá Cruz ahogándolo en el suplicio de la desesperación y el abandono divino.

Tampoco habrá monte ni Getsemaní, sino un desierto de solitarias rocas amarillas...

¿Y Quién era él, reincidiendo en ese momento de probado sacrificio salvífico?

En un libro de Visiones Extrañas estaría profetizado.

Era El Bizarro o Soldado en la Roca.

¿Y Quién el Ángel Caído que lo querría muerto e inconcluso en su proyecto de Redentor de Mundos?

Mother Computer. HAL, Computador Algorítmico Heurísticamente programado, vigilando el espacio de Mundo Génesis o Planeta Azul para sus nativos, y a todas sus huestes transistorizadas, de la cual El Bizarro formaba parte como espía y estudioso de la nueva Humanidad de Androides en que la original raza humana se había convertido, a despecho de las perfectas leyes naturales acuñadas en el Origen por el Dueño de Mundos. Dios mismo vuelto Androide por amor a su Origen, redimiendo con su mano derecha setenta veces siete a aquel desvío de libertad con que había creado a los otrora humanos...

V - Setenta veces siete.

Al segundo, un silbido agudo y veloz lo estremece. Sabe lo que sucede. Sabe por qué sucede. Sabe por qué le sucede. Le vuelve a suceder. Otro escenario, otros atuendos, los mismos personajes. Pero no siente miedo cuando sus labios ardidos beben vinagre de su vejada cantimplora. Y puede ver al Sol sin herirse la mirada. Sabe también que, después, vendrán signos y señales. Que el Templo de los Fatuos se derrumbará y HAL perderá (¿definitivamente?) su cordura (¿También el Mal puede resucitar como una Ave Fénix -pero bizarra-, eternamente?)...

No es Dios Padre. Es el Hijo, y la respuesta le ha sido vedada; al menos, en la dimensión de los creados...

“¡Ahhhh!”, grita.”¡Todo se ha cumplido!”, alcanza a murmurar setenta veces siete... Y el maldito engendro de la especie humana desquiciada, sabedor y dominador de todo pensamiento y sentimiento de sus máquinas -alguna vez humanas- de matar, y matar bien a los sobrevivientes de una especie original rebelada contra ellas, lo hace.

Envía desde su satélite guardián una larga serpiente eléctrica que cabalga en el mediodía de Tel Aviv y Haffa, riéndose del Prematuro Moisés y todos sus Profetas y cuentos de hadas, hasta colocarse en el cráneo de El Bizarro como una reluciente corona de espinas mientras lo mata...

Hay una cosa, sin embargo, que no puede evitar: unas Palabras... Aquellas Palabras que son también corona pero del Verbo y con el poder de... -“Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”-... hacer nuevas todas las cosas (en tanto el carbón se mezcla entre las piedras).

El horizonte, en calma...

VI - Glorificación.

Dicen que Isaías soldado, Jesucristo redivivo, es ahora un Algo hermoso. Devorado por el duende, sólo su cabeza flota increíblemente viva todavía: como semilla de estrella (porque es bueno el polvo de estrellas; allí ruge el sentido de la vida). Óleo Cósmico en señal universal, unge su frente curada de heridas, y blanquea de gloria su cuerpo martirizado y resurrecto. Mirándose a sí mismo, verá, en flamígera vigilia que, de polvo de estrella fue hecho setenta veces siete, hombre; y, de polvo de hombre, Cuidador de Estrellas; de polvo de Cuidador, Estrella, y de polvo de Estrella, ahora sí, ¿definitivamente?, Luz.-

VII - Séptimo Día

Ahora -recuerden al Alfa que preanuncia a Omega-, ya no duelen las rocas.

El horizonte en verdadera calma.

Sexto día y la victoria clamada tras la nube malhechora de insectos que abrevaba como ganado sobre la sangre derramada, se ha logrado. Y el canto de los Vivos tremola a su lado, extasiándolo.

Séptimo día, y todo ha sido consumado: Creación, Traición, Lucha, Muerte, Resurrección, y Victoria sobre el Dueño de la Nada, vuelto nada más que Nada. Está seguro: del Ángel Caído sólo quedará en la Historia del Dueño de Mundos, su nombre: Nada de Nada.

Entonces, Elías, junto a su Padre, con un guiño cómplice del duende espumoso, ¿definitivamente?, descansó.-

Santa Fe (Argentina), Abril de 1988. Texto ajustado: 11-09-2006. Santa Fe (Argentina).

Versión metafísica del cuento “EL SOLDADO EN LA ROCA” (que integra el Libro DOCTOR DE MUNDOS II - Visiones Extrañas - La Botica del Autor. Inédito. 2004-2006).

Su versión original integró la primera edición del presente Libro “Breve Sinfonía y otros cuentos” (Ediciones Colmegna S.A. - Santa Fe, Marzo 1990), págs. 36/40

.-

P.-S.

ADRIAN N. ESCUDERO - Santa Fe (Argentina). Breviario curricular}}: Nacido en SANTA FE (ARGENTINA) (1951) - Autor de los libros de cuentos editados: “LOS ULTIMOS DIAS” (1977); “BREVE SINFONIA Y OTROS CUENTOS” (1990) y “Doctor de Mundos I - EL SILLON DE LOS SUEÑOS” (2000); continuado en saga con “Doctor de Mundos II - VISIONES EXTRAÑAS” (Inédito, 2005-2006) y “Doctor de Mundos III” - LOS ESPACIALES (2005, en desarrollo); así como, entre otros, de los libros de cuentos inéditos: “NOSTALGIAS DEL FUTURO” - Antología Fantástica (Ficción científica) (La Botica del Autor, 2005); “MUNDOS PARALELOS y Otros Cuentos para un Semáforo” - Colección de Realismo Mágico (La Botica del Autor, 2004-2006, en desarrollo); “DESDE EL UMBRAL - Terrores Cotidianos y de los otros” - Colección de Horror (La Botica del Autor, 2005-2006, en desarrollo); LA TORRE DE LOS SUEÑOS (Y LOS SUEÑOS DE LA TORRE) (La Botica del Autor, 2005, en desarrollo), y “EL EMPERADOR HA MUERTO y Otros Relatos” - Colección de Realismo Mágico (La Botica del Autor, 2005, en desarrollo); todo sobre relatos inscriptos bajo registro en la Dirección Nacional del Derecho de Autor (Ministerio de Justicia y Culto de la Nación). Domicilio particular: Obispo Gelabert 3073 - (3000) Santa Fe (Argentina) - Te.: (0342) 455-4811 - E.mails: adrianesc@fibertel.com.ar y adrianesc@hotmail.com}.-

Este artículo tiene © del autor.

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