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LA MUJER Y FAMILIA

Camilo Valverde Mudarra



La felicidad personal y el bienestar social van estrechamente enlazados a la prosperidad conyugal y familiar. En el ambiente que respiramos, se han introducido diversos modismos y deformaciones que avocan a la ruina del matrimonio; la unión matrimonial sufre frecuentemente la agresión del egoísmo, el hedonismo y la ambición. Las actuales tendencias económicas, socio-psicológicas y civiles originan fuertes perturbaciones para la familia. Nuestra respuesta será la de S. J. Crisóstomo: “No me cites leyes que han sido dictadas por los de fuera...Dios no nos juzgará en el día del juicio por aquellas, sino por las leyes que Él mismo ha dado”. El bien común y la estabilidad de la sociedad reclaman desoír y desechar la voz maliciosa del laicismo que insistente ataca la familia y el matrimonio entendido por la Iglesia y la Antropología; así mismo, en su afán destructivo, legisla y obstaculiza la enseñanza de la religión. Es la singular soberbia de los ignorantes; la familia es antes antropológica que católica. El matrimonio ha sido entre hombre y mujer por el instinto genésico de perpetuar la especie, otro cantar es y será la unión sentimental entre las distintas variables de la sexualidad. Alejandro Magno o Julio César no se casaron nunca con sus amantes masculinos. Pero la masa progresista, en sus cortas entendederas, cree que el matrimonio heterosexual, católico o no, es un hecho represor y ofensivo para los que interpretan otra melodía de la partitura.

La familia es la célula viva del cuerpo social, si se ataca y destruye, se desmorona la sociedad y quedará expuesta a la barbarie. La familia es el núcleo primario de ayuda mutua y de educación de los hijos en virtud del sacramento del matrimonio. Ya lo expresaba el Vaticano II: “los cónyuges se ayudan mutuamente a erigir su amor fecundo y a fortalecer la educación de los hijos en la unidad, consorcio del cual procede la familia (LG 11). Es la fuente principal de transmisión de la fe, de los valores morales y más nobles del ser humano, l centro de formación y de la paulatina creación de hábitos en el fortalecimiento de la voluntad del niño. La atención constante de los padres que, con mimo, le transmiten los fundamentos de sus creencias en la experiencia religiosa de la presencia de Dios, de su misericordia, de su amor y providencia, siempre en el respeto exacto a la libertad con que dotó a la criatura; en la enseñanza continua de la casa, aprende la honradez, la nobleza y la responsabilidad del cumplimiento del deber; en familia, a diario, ve y respira el ambiente de amor, de disciplina y de renuncia, de paciencia y entrega sin concesiones a veleidades, a diversiones fáciles, a entradas y salidas que distraen de la obligación; y el mejor instrumento consiste en el ejemplo, en ese permanente estar con ellos, solícitos y preocupados de sus quehaceres, de la lectura, del estudio, de su pensamiento y de sus afecciones. Pendientes siempre de ellos, sin abandonos, sin olvidos, en la disciplina, el orden y el respeto esenciales. Es el tronco nuclear de consolidación ética y de la educación de la libertad y para la libertad.

La verdadera familia se fundamenta en oír la palabra de Dios y cumplirla en la práctica del día a día. Ha de fundamentar la unión, huir de estorbos y desvíos, prever los peligros y rupturas; y poner amor, donde no haya amor, en la entrega diaria. La familia se constituye a través del matrimonio que tiene sus raíces en la creación. “Desde el principio, el Creador los hizo macho y hembra y dijo: ‘Por esto, el hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne’ (Gn 2,24). De forma que ya no son dos, sino uno solo” (Mt 19,4). Y, de tal unión amorosa y responsable, nacen los hijos, bendición y alegría enriquecedora de la vida familiar: “id, creced y multiplicaos” (Gn 2,28).

Pero, "Moisés permitió el repudio y el libelo de divorcio", le dijeron, a Jesús y Él contestó: Ello se debe a la “dureza del corazón humano”. La rudeza que lleva a la violencia. La impiedad, la obstinación en el egoísmo y el hedonismo personal y social crean situaciones irreversibles y tan difíciles para la convivencia, que hacen precisa la separación y el divorcio; que siempre será mejor que mantener el insulto, la vejación, la rabia enquistada y, al final, el triste desenlace de la sangre y el asesinato.

Por ello, se ha de estudiar muy detenidamente la elección y no dejarse cegar por los halagos y entusiasmos enamoradizos del principio. Aquel que, olvidó sus palabras de amor o engañó, a la mujer, con falsos requiebros y quemó su amor en el odio y en el desprecio, es mejor separarlo y detenerlo. Hay hábitos y rasgos del carácter que, con la observación, se detectan y muestran los posibles problemas que seguro vendrán. Y, en ese primer momento, que es más fácil y menos doloroso, se debe cortar y marchar cada uno hacia otros horizontes y caminos. Es mejor estar sólo, que en mala compañía. Es mejor la soledad y la espera a otros encuentros, que dejarse caer en el desamor, en la desavenencia, la vejación, la agresión y el asesinato. Es conveniente estudiar, con detenimiento y sin obnubilación enamoradiza, las reacciones y los impulsos, descubrir las condiciones en que se crió, la educación que mamó y los traumas que recibió; aquellas primeras papillas que tomó en su infancia y adolescencia fundamentan el temperamento para toda la vida; muchos desvíos, desórdenes y violencias tienen su origen en esas etapas infantiles.

La familia es una columna consistente, un bien común del cuerpo social, anterior y superior al Estado, como ya señaló la filosofía griega. El Estado debe respetarla y ayudarle en su permanencia y arraigo. Los padres no son víctimas ni mártires del matrimonio que es fuente de felicidad, así como lo son los hijos que llenan de juventud, alegría e ilusión la familia, y no sólo de sufrimientos, inquietudes y esfuerzos; esta concepción es un evangelio hermoso.

Las condiciones sociales han cambiado; las mujeres se han incorporado al mundo laboral, y, muchas veces los dos cónyuges han de salir a trabajar; los niveles de vida han subido de modo que el coste económico de un niño y de su educación es mucho mayor. Muchas naciones, incluso, con graves problemas demográficos, no invierten lo que deberían en la familia; son problemas graves que ya abordaba la encíclica “Laborem exercens”. El trabajo profesional no es óbice para la mujer, ejercido con vocación, sin opresiones, en un ambiente de sana libertad, la dignifica y enriquece colmando sus aspiraciones y capacidades. Por el contrario, el ejercicio laboral forzoso y obligatorio la somete y la incapacita.

Los esposos, tanto el padre como la madre, han de ordenar su vida fuera de ataduras e impedimentos que obstaculicen su dedicación a la familia; tienen que zafarse del trabajo absorbente, de amistades asfixiantes y nocivas, de las frecuentes salidas a las diversiones; su cometido primero está en cuidar y atender el calor de su familia en el continuo amor que expresa San Pablo: “El amor es paciente, es amable; el amor no se engríe, no envidia, no se irrita, se goza en la justicia, está en la verdad; todo lo sufre, todo lo espera, todo lo tolera” (1 Cor 13, 4-7).

La familia es el corazón de la fuente del amor, la ciudad del amor que mana y da amor. La familia requiere el nido mullido, para crecer y desarrollarse, un hogar de paz y comprensión, de renuncia y esfuerzo educativo, en un clima de cercanía y en un tiempo de comunicación y de convivencia amorosa y atenta; una constante dedicación que ahuyente los elementos intrusos, manipuladores y deformantes al servicio de intereses tendenciosos. Es la escuela de las virtudes cristianas y humanas, fundamentales, para hacer unos hombres honrados, responsables y amantes de la paz.

Camilo Valverde Mudarra


Catedrático de Lengua y Literatura Españolas,
Diplomado en Ciencias Bíblicas y poeta.

Este artículo tiene © del autor.

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