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EL HAMBRE Y LA POBREZA.

Camilo Valverde Mudarra



“Las hambrunas matan a millones de personas
en diferentes países,pero nunca a los gobernantes”.

Amartya Sen.

Es terrible la situación. La injusticia se hace habitual y atenaza al mundo. «Más de 30 niños morirán de inanición en lo que el lector puede tardar en leer este artículo. Nueve millones de personas mueren cada año». Ayer fue Timor y Ruanda, Brasil y Colombia; terremotos, ciclones y desastres, hoy, más inundaciones, enfrentamientos plagados de brutalidad, el terrible impacto del virus del sida en territorios en vías de desarrollo.... y el terrible zarpazo del terror por fanatismo religioso.

El planeta precisa un compromiso positivo de los gobernantes del mundo para solucionar el hambre y la pobreza, dos enormes escollos que acarrea el siglo XXI. Se desentienden o se entretienen y se alargan en el debate sobre el modo de solucionar y acabar con ello. Numerosas ideas se han aportado, discutido, enmendado, votado, aprobado y revisado. Y mientras tanto, los pobres siguen en su pobreza y los hambrientos siguen comiendo del hambre. La pobreza aumenta, hasta 1960, en el mundo, había un rico por cada 30 pobres; hoy la proporción es de un rico por cada 80 pobres. Tristemente es un hecho indiscutible; se está perdiendo la lucha contra el hambre. Excepto el caso de China -que ha logrado resultados notables en la lucha contra la escasez-, el número de pueblos crónicamente desnutridos ha crecido hasta 840 millones de personas en todo el planeta. De esa cifra, solamente una pequeña proporción es víctima de las catástrofes naturales que se suceden en el tiempo o de conflictos como el de Darfur. Más del 90% de esta gente son criaturas de la miseria y del olvido; sencillamente demasiados pobres para producir o adquirir el alimento mínimo y necesario para su supervivencia. Y muchos de ellos se están muriendo. Cada año en todo el mundo, más de nueve millones de personas mueren de hambre; son muchos muertos, los muertos son siempre demasiados. Y una de cada tres víctimas es un niño. En su último Informe, la FAO (Organización para la Agricultura y la Alimentación) denuncia que cada año mueren de hambre más de cinco millones de niños sin llegar a los cinco años y siempre los niños, siempre ronda sus ojitos la muerte y el hambre, siempre a los niños.

Mientras se piensa y se discute sobre el modo de erradicar el hambre, ¿cuántos millones de seres han muerto en el mundo? El hambre de los niños no puede esperar que las fuerzas políticas discutan sobre qué impuesto crear, qué mecanismo de financiación implantar, o qué instituciones deben contribuir a la lucha contra el hambre. Éticamente es inhumano pedir a una madre subalimentada en Honduras o Malawi, que, en este momento, se afana y lucha por mantener vivo a su hijo, que ha de esperar un poco, mientras se decide un reparto justo del producto internacional. El Banco Mundial ha señalado que Iberoamérica y el Caribe son regiones trituradas por desigualdades profundas desde hace muchos años. Los grupos indígenas sumidos en la pobreza crónica en el continente americano necesitan desesperadamente ayuda alimentaría. Claman desde la pobreza, necesitan los fondos ahora. Faltan medios y recursos. Es preciso un compromiso político y social en el marco de la iniciativa contra el hambre y la pobreza. Hay que implicar a los mandatarios de este mundo en estos perentorios problemas; han de tomar cada vez más conciencia y disponer las medidas concretas para resolverlos.

Los enormes espacios de hambruna y las grandes masas de miseria no tienen espera. La sociedad ha entrado en la vorágine del materialismo y del consumismo; el egoísmo y el hedonismo reducen la vida a la búsqueda del bienestar y la falsa felicidad; ha olvidado al otro, sólo se mira a sí mismo, centro umbilical que conlleva al feroz y sistemático individualismo, lo que le impide ver y oír la colectividad que malvive y padece la injusticia, la acumulación de riqueza en las cajas de unos pocos y el desproporcionado reparto de los bienes de la tierra. Es vital darle un giro radical a la configuración de las estructuras actuales y entablar la distribución y participación de los frutos de esta tierra, que pertenece a todos los nacidos bajo el sol, no a unos cuantos vivos, vividores de alpaca y oro, gentuza sin conciencia, hacedora de acuciante injusticia.

Camilo VALVERDE MUDARRA


Catedrático de Lengua y Literatura Españolas,

Diplomado en Ciencias Bíblicas y poeta.

Este artículo tiene © del autor.

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