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EL SÉPTIMO, DESCANSÓ

POR LA MUERTE DE UN POETA

Pedro Fuentes-Guío

España



Pequeño dios, por creador, que el mismo Dios le regaló las facultades de crear, de Fabricar sueños y quimeras, deshacer palabras entre soles y lunas, entre albas y ocasos, y su nombre, Robert Gómez i Pérez, se izó en el aire de la poesía.
Sabedor de sus poderes, quiso hacer su propio mundo y, con una lanza de voluntad en ristre, se propuso crear su mundo en siete días:

PRIMER DÍA: CREÓ EL SILENCIO.

O estaba ya, nunca supo bien, eso que llaman silencio, abismo de nada, de aire que no llega a ser viento, pero él intentó moldearlo, hacerlo suyo, su silencio, candelabro sin encender.
Se hizo haz de su ansia, brillo de oro, órdago de piedra, y a romperlo, a violarlo con dardos y pezuñas, romper el olfato de humo. Era un tapiz virgen, madreselva del cielo, y supo que era un laberinto por donde la nada asoma, un embarazo que espera su tiempo, su palabra, esa espada rubia, de cabellos de sol, capaz de rajar el tapiz, abrir la ventana para que salga luz.
Ya era suyo el silencio, pero no le bastaba, había que romperlo, rajar el odre, que salga todo lo que el silencio encierra. ¿Cómo violar el silencio, cómo desvirgarlo como a una virgen dormida? buscar premisas, cuchillos ensartados en cuchillas, piedras y pirámides de lo puro, o una faz divina de la circunstancia, para poder cantar y sorber con los dedos, con la mirada aterida, simiente de brotes... Había que descerrajar el silencio, ¿con qué?, ¿con pólvora que haga temblar los cimientos?, ¿con geranios en flor?, ¿con un luto de lábaros ensangrentados? No, con un hacha de palabras.

SEGUNDO DÍA: CREÓ LA PALABRA.- 

Surgió la palabra en su mente, en su boca, en su voz, en su pluma, rota la aventura fangonosa de la nada. Un escrito, una línea, un párrafo ¿como usar la palabra? Podía ser pesada, lúgubre, sin cristal, o podía ser lúcida, transparente. Sí, claro, la metáfora, ese aliento que rompe los tragaluces, que se enseñorea de mentira luminosa, decir Io que no se dice. Decir que los árboles duermen en cunas de viento, que sus ramas aspiran a ser cielo, como un muerto velado por centauros, con curvas de Io simbólico.
Y la palabra, roto ya el silencio, se hizo poesía, agua voluptuosa que no quiere ser fuente, y la metáfora empezó a quemarle los ojos y los dedos, a morderle los cojones, a estrangularle el sueño, la metáfora, peso iluminado en su existencia, antífona que duele y reconforta, que llena el aire de cristalitos de silencio, de ese silencio roto y machacado, ilustre antepasado. Ya no sabía si fue antes la palabra, y después la metáfora, o viceversa, o ambas se sentían asesinas una de otra, o suicidas en piedra, o habían comprado un reloj parado para ponerlo en marcha con manos de besos, con labios de noche.
Quiso saber la duración de una palabra, la longitud de una metáfora, pero ¿cómo? Algo le faltaba para sentir que él y la voz, su voz, estaban vivos, aleteaban en el cuerpo, como sueños de un dulce despertar. Había que crear algo más.

TERCER DÍA: CREÓ El TIEMPO.

Se puso en marcha el sol, amanecer y noche, alba y ocaso: el tiempo. Saber cómo la metáfora nace y duerme, sale de la idea y se hace línea, escritos, y en medio un tiempo, ese latigazo de vida y esperanza, corderillo sonámbulo, enloquecido, que nos mide los pasos y el aliento. Y ya Robert supo la diferencia existente entre un niño dormido y un niño muerto, porque eso era el tiempo.
Era como un cielo enorme, un mapa sin fronteras, ¿cómo llenarlo? Mejor no pensar, hilvanar las palabras, como si el tiempo fuera algo nacido y eterno desafiando el polvo de la tierra, rastro de siglos que se hilvanan en los siglos dolidos.
El tiempo arrastra las hojas de la música, se lleva el verso, en un vuelo, bajo su túnica tornasolada, o la bóveda de los atardeceres certifica su esencia de lágrima, de borrachera de lo eterno, aventura primera de la muerte. Se trasluce el gran ritual de los destinos, de las vanidades vencidas en un murmullo de tiempo, al descubrir la vacua realidad que va muerteando, palabra que le hiere en un gozo de geometría, ese lugar común donde un ser puede dejar de ser.
Ahí sigue la palabra ya creada, haciendo veladuras de cuadros en el tiempo, rotunda afirmación, te has ido, has venido, y una sombra que va escalando muros, y un reloj que se puso en marcha en el lado izquierdo del pecho, y te dice eres un cabrón más entre vivientes, aunque escribas metáforas como luminarias, y te tiene controlado, atado a su ventilador que no cesa de girar y girar, como un silencio loco. Por eso hay que crear algo nuevo, distinto, luminoso e ilusionante.

CUARTO DÍA: CREÓ El AMOR.

Podría llamarlo deseo barnizado por la piel de unos labios, o luz que viene a derribar los templos, todos los templos, que ya no sirven para ponerse a su sombra, que no hay sombras, sólo incendios, pálpitos en los atrios de las catedrales, galopes de pechos buscando vírgenes, o desvirgadas, carne efervescente en besos. Ha sonado la hora en que la palabra, la metáfora luminosa, se torne pasión, candil incansable, mano sobre mano, y que los Ojos no tengan miradas, sino versos, soles que bailan como ratones enloquecidos, y un ahogo en el terciopelo de la garganta.
Ha nacido en su alma el amor, en medio de la teología de silencios, dardo de la duda y la esperanza, esperanza carcomida de carnal laxitud, otra presencia, alguien distinto, nuevo, al que ponerle nombre en su palabra, y que algo lleva en el jardín de su vientre, que se hará luz con el último arrebato del deseo. Controlar, labio contra labio, latido contra latido, el aire que hace aras con los pasodobles. Demasiado hermoso para dejarlo anónimo. Había que contarlo.

QUINTO DÍA: CREÓ LA ESCRITURA.

Palabra, tiempo, amor, y a escribir. Incendiar palabras sobre papel, para ella, para él, para todos, tropel de gritos azorados, testigos de la metáfora, del verso. Alguien aprende a leer el dulce aroma de la rosa, que ayer sólo era aire, a poner la mirada en un latir de líneas que ignoran a su padre, aunque los demás le llamen Robert. El tiempo se hace libro, un pequeño odre lleno de palabras, selvas que palpitan, savias de sueño. Ya tiene un significado el tiempo, y el amor, y ese latir hondo que zigzaguea en el alma como un ascua, la idea, y alrededor el buitre de la sangre, el aroma del viento que zarandea los odios, con la palabra derramada, escuchada o leída, hecha de marfiles y silencios, palabra-amor, palabra-risa, palabra-beso, que proclaman el oro de la boca, o de la mente, que es esa enajenada de liturgia, bella y soñolienta.
Entre las frases, un claro de arboleda, un espacio en la mirada, la búsqueda de una nube que sea lluvia, que sea espada de plata clavada en el respirar, hacia la paz de los bosques en declive, en delirio que gotea palabras sobre la hoja en blanco. Todo dicho, todo escrito, o sólo un inicio, porque el tiempo manda.  !Si no hubiera creado el tiempo!

SEXTO DÍA: CREÓ EL ADIÓS.

Los ojos níveos de harina, acorralado en el viento sur, como una dulce danza, arriar banderas de noviembre, por un mandato no escrito, o garrapateado en sangre. Hay que decir adiós, esa palabra no inventada, escrita sólo en las estrellas, con pluma  de luz y sombra, como penumbra que golpea. Los ojos enajenan su color, su arco iris, perdida la memoria de que fue Adán, sinapismo de luz en la carne de otro tiempo.
Se pregunta si el adiós lo ha creado él o se lo han dado hecho, que él no quería, alguien le preparó la hecatombe perfecta de los inmortales: " mastico la dragonita de mi propia devoración, devoción, salvación, resurrección y muerte, si acaso muerte como quien por fin perfila un sueño que vagaba escondiéndose entre cavernas- lagos en la matriz de las montañas, los helechos arbóreos que cubren el cráter de las cumbres, islas perdidas por las que acceder a una planta umbilical- si acaso muerte, oh amigo, cuánto desearía contarte lo que jamás de mis labios, de mis heliotrópicos suspiros, de mis soeces eructos divinales, si acaso muerte si vivir era esto: buscar debajo de la piedra sobre la piedra, bajo la palabra sobre la palabra, buscar el nombre del innombrado y su mancilla- la gestualidad de Proust, el octavo cielo de Ptolomeo, la circunferencia de Pascal-, si vivir era y acaso es esta disposición de la mesa con sus manteles brocados..."

El SÉPTIMO, DESCANSÓ.-

Llegaste al séptimo día, como el Dios creador, para descansar, dejar la palabra herida de silencio -en principio fue el silencio- y mirarnos a través de los espejos azules, esos trozos de cielo donde enseñoreas tu sosiego. Ya sabes que la rueca de las luces tiene vida propia, que antes ignorabas, sabes como la luna enciende sus velas en la noche, como llega la luz a los ojos mortales, sabes que el cristal se empaña  con poemas, Con metáforas, Con el eterno poder del tiempo. Sabes como el mar se besa con sus aguas, como la espuma la crea el plenilunio para abrazar la mirada de los enamorados, sabes que las puertas se abren hacia afuera, que nosotros ignoramos e, incluso, sabes que no fuiste Robert Gómez i Pérez, sino un rayo de luz.

Pedro FUENTES-GUIÓ

Este artículo tiene © del autor.

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1 Mensaje

  • > EL SÉPTIMO, DESCANSÓ 23 de octubre de 2006 00:10, por César Rubio Aracil

    Después de haber releído tu homenaje a Robert, he sentido lo que es un rayo de luz atravesando los cristales del alma. Nunca mejor ofrenda al adiós que la tuya, amigo Pedro, tú que acaricias la temporalidad con los aterciopelados jazmines del Amor. Robert se fue sin decirnos adiós, porque su despedida estaba implícita en la alada sinfonía de sus versos. Versos éstos que acabas de exhumar de nuestra dolida tierra, para que el orbe que nos anima y habitamos respire los átomos de la sombre invertida.

    Augustus.

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