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12: Cierre de un ciclo positivo

El artículo que fue censurado por Mariano Zmutt, director editor responsable del periódico "El Santotomesino" (de Santo Tomé, Santa Fe, Argentina), al cortarle sin autorización ni aviso un párrafo fundamental, en donde aclaro las razones de mi alejamiento del periódico.

Carlos O. Antognazzi

Argentina



El párrafo siguiente, que va directamente después del subtítulo "Dignificar", es el que fue cortado:
"No cierro este ciclo por resignación o hartura sino por razones que tienen más que ver con la dignidad por el oficio elegido, y por la imposibilidad (así me lo han manifestado repetidas veces), de que este oficio pueda ser rentado. La decisión ha sido meditada con calma. Si he decidido trabajar dignamente, soy quien primero debe dignificar el oficio. Para que no queden dudas o se despierten inútiles suspicacias: a lo largo de estos tres años he estado escribiendo estas columnas en forma gratuita, sin cobrar un solo peso como contraprestación".

Cierre de un ciclo positivo
 

En octubre de 2003 publiqué mi primer artículo en El Santotomesino (Cultura oficial en Santo Tomé). Hoy, justo a tres años, publico el último. Coincidentemente este mes el periódico cumple nueve años. No es poco, como hice notar desde estas páginas en los dos últimos aniversarios. Sería vano repetir ahora conceptos ya expresados en esas notas; el espíritu se mantiene, las notas siguen teniendo vigencia 24 o 12 meses después. Lamentablemente, porque eso supone, también, que no ha habido cambios substanciales en el gobierno de la ciudad, y que las críticas de entonces son también las de hoy. Nada cambia, y ni siquiera se transforma. Lavoisier no previó en su célebre sentencia que Argentina escapaba a las reglas, y que la (in) conducta de sus gobernantes son un ejemplo de ubicuidad perpetua. Sólo la ciencia ficción podría intentar un acercamiento crítico, pero desde el terreno de la ficción, como su nombre lo indica. El periodismo, en ciertas latitudes, no alcanza.

 

Pensar

 

Santo Tomé sigue debatiéndose en un caos de inseguridad creciente, los representantes políticos mantienen su autismo de cueros curtidos y caras duras, la gran mayoría de la sociedad observa, displicente, cómo son desvirtuados sus derechos y vituperada su más elemental dignidad. Hasta la Feria del Libro, que comenzaba a perfilarse como un logro de la ciudad, cayó este año a su nivel más bajo desde que se creara. A la sociedad no le interesa mucho la cultura. Al Gobierno, nada. Pasan los años y cambian los directores de política cultural, pero todos se equiparan en el uso y abuso de los silencios, cómplices en la ignorancia desmesurada que profesan: nadie habla del Fondo de Promoción de la Cultura, por ejemplo, o en crear las condiciones para que quienes saben de cultura puedan expresarse y hacer crecer la ciudad de todos y no de unos pocos inescrupulosos que lucran, con oscuros fines, con el nombre de algunas instituciones.

La ciudad es otra cosa. O debería serlo, en todo caso. Pero nadie la piensa. Menos las autoridades, más (pre) ocupadas en justificar que la traza del nuevo puente debe ser al sur y no al norte, por ejemplo, como establecieron originalmente los informes técnicos de la Universidad Nacional del Litoral, o en no responder las reiteradas requisitorias para dar a conocer a la ciudadanía cómo será el nuevo sistema de defensa. Algo falla, entonces, para que lo importante pase a ser una pulseada de intereses aviesos a espaldas de la sociedad. Aunque esto también es discutible: es la sociedad la que se ubica de espaldas, eligiendo voluntariamente no ver lo que algunos realizan a plena luz del día y con cínico desparpajo, y votando por estos señores que se aúpan al poder con espíritu de patrón de estancia. ¿Cómo sorprenderse después, entonces? Es claro que la oposición partidista en la ciudad brilla por su ausencia. Sólo el periodismo, y me refiero a contados casos, se ha erigido en una oposición más o menos creíble. El resto ha sido fagocitado por el régimen prebendario, y se plegó, dócil, al poder de turno. Ciertos medios dan vergüenza ajena, y algunos “periodistas” se han vuelto impresentables, tristes fusibles que viven como mercenarios, alabando al mejor postor. El periodismo, claro, es otra cosa.

Lo más importante de los últimos años en la Argentina es la decisión que una parte de la ciudadanía ha tenido para con el periodismo independiente. El diario Perfil creó un fideicomiso, por sugerencia de un lector, y ahora son los ciudadanos quienes revierten la obscena maniobra del Gobierno nacional de manipular la publicidad oficial para comprar voluntades. Sería deseable que ese compromiso cívico se generalice y los ciudadanos vayan apoyando otras muestras de periodismo independiente. Perfil no es el único medio que sufre el ninguneo caprichoso del Gobierno.

 

Dignificar

 

No cierro este ciclo por resignación o hartura sino por razones que tienen más que ver con la dignidad por el oficio elegido, y por la imposibilidad (así me lo han manifestado repetidas veces), de que este oficio pueda ser rentado. La decisión ha sido meditada con calma. Si he decidido trabajar dignamente, soy quien primero debe dignificar el oficio. Para que no queden dudas o se despierten inútiles suspicacias: a lo largo de estos tres años he estado escribiendo estas columnas en forma gratuita, sin cobrar un solo peso como contraprestación.

De un escritor sólo se puede pedir que escriba bien, y yo lo he intentado argumentando, tomando posición, expresándome cuando otros callaban y “jugándome”, valga la expresión, en más de una oportunidad. Pueden no compartirse mis opiniones (toda nota de opinión es opinable), pero difícilmente se podrá argüir que los artículos fueran poco serios o faltos de rigor. Por lo demás, al no responder estos artículos, el poder avaló las denuncias. Se limitó a criticarlos verbalmente, como si los hechos pudieran modificarse por la sola voluntad de la palabra. Eso es incurrir en la literatura, y alejarse años luz de la política partidaria.

Si a algunos los sorprendió, como me lo hicieron saber, repito aquí lo que respondí en cada oportunidad: no debería sorprender lo que cualquier ciudadano debería hacer con naturalidad. El problema de esta ciudad y el país todo es que pocos asumen su responsabilidad cívica (muchas veces ni siquiera la asumen los políticos, que cobran un sueldo por ello), y lo que debiera ser una conducta habitual de la mayoría se convierte en actos “heroicos” de una minoría dispersa. En el mundo del revés seguimos siendo un país jardín de infantes, como apostrofó hace años María Elena Walsh. No aprender parece ser nuestro karma.

En varias ocasiones he señalado la hipocresía del que critica y después, a la primera oportunidad, apuntala lo criticado desde el micrófono oficial, buscando sus “quince minutos de fama”, como certeramente definió Andy Warhol, o la obsecuencia del que disfruta delegando al mejor estilo Sacher Masoch. El autor ucraniano no supo que su apellido definiría una patología, pero cuesta pensar que hoy, en el Siglo XXI, algunos ciudadanos se empecinen en ignorar lo más evidente, y confundan patología con cultura cívica. Como no comparto la inexactitud del eufemismo, parodio el aún vigente concepto de Lenin: que los idiotas útiles se hagan cargo de su propia idiotez. Ya bastante estorban para que otros, encima, le tengan consideración o rindan pleitesía.

 

Comunicar

 

Este espacio, editorial o contratapa del periódico, ha sido un ámbito de construcción crítica destinado a señalar errores y, per negationen, posibles soluciones. Desde el primer artículo, publicado cuando ya habían sido elegidas las actuales autoridades, procuré aportar con la esperanza de que algunos errores se rectificaran. Ese primer artículo no criticaba la actual gestión, que aún no había asumido, sino la anterior. Pero la actual gestión repitió yerros como si tratara de equipararse en lo más grosero y chabacano y no en lo mejor o más tolerable, en todo caso.

El título de esta nota puede llevar a engaño: estoy criticando y sin embargo uso la palabra «positivo». No hay contradicción. El ciclo ha sido positivo en lo personal, como etapa de madurez, y por algunas opiniones me atrevo a creer que, también, ha sido positivo en lo social. Escribir es un acto solitario, pero nunca se cierra en forma solipsista, sino que avanza hacia un Otro ignoto. En ocasiones, ese Otro responde y el acto creativo consigue su finalidad y comunica. La comunicación de una idea es el primer requisito para que algo ocurra.

Aprovecharé ahora el tiempo destinado a elaborar estos artículos para mis alumnos, mis libros, mis lecturas, mi familia. Al menos hasta el próximo ciclo.

 

©  Carlos O. Antognazzi

Escritor.

Santo Tomé, agosto/ octubre de 2006.

 

Publicado (parcialmente, gracias a la censura) en el periódico “El Santotomesino” (Santo Tomé, Santa Fe) de octubre de 2006. Copyright: Carlos O. Antognazzi, 2006.

 

Este artículo tiene © del autor.

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