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calma, tiempo y tonos

José María Alfaro Roca



Aquí, la ponderación del tiempo, el cómputo sin pausa, el paso del tiempo, la suprema densidad, aquí, del tiempo.

El choque inmediato de la contemplación, de cara a una obra de Antonio López-García, es el choque súbito con la faz, con la materia misma del tiempo.

Una sustancia densa y diacrónica (no la pátina amarillenta del arcaísmo) inunda, sustenta y aclimata el lugar común, el suceso diario, la temperatura hodierna — diremos con Heidegger — de estas escenas cotidianas, próximas a las cosas de la costumbre, desprovistas aparentemente de onticidad fugazmente convertidas en entidades absolutas.

Cosas son, como las cosas, elegidas de entre las cosas, cuyo conocimiento y elaboración costaron a su hacedor tiempo indecible y paciente empeño, y ahora se consolidan, plenas de concreción, ante los ojos y se nos ofrecen como un instante absoluto, como duración eternizada y detenida.

La capacidad contemplativa y operativa exceden, en el proceso instaurador de Antonio López-García, toda medida, todo límite.

No hay lapso temporal capaz de interrumpir o distraer la obstinación en hacer suya (átomo por átomo) la presencia desnuda de las cosas.

Ningún reclamo haría decrecer o demorar su cauteloso acercamiento a ellas o sustraerlo de su conciencia embargante, de su posesión.

¿Cuánto tiempo emplea Antonio López-García en la consumación de una. de cada una de sus obras ? La verdad absoluta que, impregnada en el poso del tiempo, suscita ahora o maravilla, cual insólita revelación, nuestro mirar, ahorra por si misma el recuento del calendario.

Una de sus últimas creaciones (sea ejemplo) llevaba, bajo la firma, esta significativa datación : 1961-1970. Nueve años de íntima concentración, de propósitos y renuncias, de idas y venidas en tomo a un mismo quehacer..., son más que suficientes a la hora de ejemplificar la tenacidad, la incidencia, el grado incoativo, durativo y perfectivo de los trabajos y los días de nuestro hombre.

Esta verdad absoluta, decantada en la interdistancia de una duración esencial y detenida en el asombro de nuestra mirada, es el fruto sazonado por una lenta palpación : un supremo acto de fe pronunciado por Antonio López-García de cara a las cosas y de espaldas al tiempo.

¿A quién no ha cautivado el rasgo furtivo y subyacente que en tantas y tantas obras de Velázquez (traiga el lector a su memoria el Felipe IV enlutado o el ecuestre del Museo del Prado) descubren, bajo la composición definitiva, el trasunto de otros aconteceres soterrados, velados, desvaídos, pero indelebles en la intersección de diversas temporalidades, a manera de estratos en que su funde una misma realidad ?

Más complejo es aún el proceder de Antonio López-García, más tensa y palpitante su pugna con el tiempo (¡eterna lucha entre el tiempo y la memoria !) y más profundas las huellas que el tránsito de la edad va imprimiendo sobre la faz definitiva de cada una de sus obras.

Porque aquí el acaecerse interrumpe con la luz de la estación que fenece, para reanudarse en otro amanecer o amaneceres que anuncian o contienen o exigen formas nuevas. incluso insospechadas, de la conciencia y de la manifestación.

Esta afluencia de aconteceres distintos, aunque convergentes en el suelo de una misma realidad, de distintas circunstancias, luces, objetos, datos, perspectivas, relaciones.... va sedimentando y acreciendo un argumento interminable, en el que late al vivo la pulsación sonora del tiempo.

El paso y el retomo de las luces, los días, las estaciones..., contemplan el paciente empeño de Antonio López-García tras la aprehensión (calma, continua, minuciosa) de aquel fragmento de la realidad que, cayendo epifánicamente bajo sus ojos, como el zig-zag del relámpago, ha de concretarse en obra consumada y bien consumada.

Deseche el lector todo acento metafórico o hiperbólico en la alusión al paso y retorno de las estaciones- Antonio López-García es muy capaz de esperar el otoño venidero, para concluir un perfil, un contorno, una luz, una tonalidad, con el mismo verismo que tuvieran en el otoño ido.

Aquí yace el secreto de las cosas (cosas entre las cosas), reveladas por Antonio López García. Un acto de fe, una antigua creencia, cuya raíz penetra la raíz del tiempo, ha brotado del trasfondo de su sentir; sus ojos asiduamente clarificados en la contemplación de la naturaleza embargante, en la pulsación de la realidad, (ceñida por las márgenes de la temporalidad, de la diacronía) han divisado la belleza del mundo y su mano la trasmite, estrato tras estrato temporal, a la contemplación de los hombres.

Un proceso equivalente e inverso, amasado por el tránsito del tiempo, se origina ahora en la sensibilidad del contemplador, hasota acercarle a los afluentes de la genuinidad. de su misma memoria. Y estas cosas cotidianas, este lugar común, esta temperatura hodierna, suscitan en el recuerdo remoto de quien las mira. una mezcla de familiaridad y de asombro, un inmenso paréntesis de evocación, en el que se esclarece y vivifica la plenitud proustiana del tiempo perdido.

Ver en línea : http://antoniolopezgarcia.blogspot....

Este artículo tiene © del autor.

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