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TRIGAL
Unos ojos, extrañamente inquietos, simulaban el sigilo de un gato en medio de la oscuridad. Las personas en la estancia contigua, caminaban de un lado a otro, urdían una extraña danza de seres humanos. Unas piernas esbeltas, que lucían zapatos con puntas, sin duda, era lo que más producía miedo en aquellos ojos, que atentos observaban. Unas mallas negras, sinuosas y coquetas pasaron junto al escondite de aquellos.
 Al ver hacia arriba, con mucho cuidado, dos amantes extraños ataviados se besaban, apasionadamente. Una de las piernas se movió formando una cruz con la otra frente a ellos. Al fondo una danza de muerte hacía que la gente se moviera cadenciosamente, hasta el cansancio, otros se desplazaban por detrás de las sombras de la noche entre las enredaderas de un jardín interminable. Del fondo de aquella extraña querella de la noche, flotaba en el viento un olor cálido, sazonado y apetecible que salía de un recinto en el que se desplazaban de un lado a otro un grupo de humanos, con extraños uniformes blanco. Aquel extraño pero atractivo olor penetraba en lo excelso de unas entrañas que temblaban de necesidad y que hacía ya mucho tiempo no probaba alimento alguno. Los ojos laxos e impávidos comenzaron a emerger de las tinieblas e intentar llegar al otro extremo del recinto, origen de aquel apetecible olor. Ya no importaban las puntas que bailaban la danza de la muerte, ni los besos apasionados; el perro de la mansión, ni los guardias de seguridad; solo importaba el alimento, el que nutriría el felino y sigiloso cuerpo. Se pararon frente a una alacena central en medio de la cocina y sin esfuerzo saltaron sobre el horrible banquete, que sin remedio se extendía de un extremo a otro de aquella estancia.  Sin dejar de observar a los humanos, se alimentaron maravillosamente hasta hartarse. Al cabo de un rato, desprevenidos dejaron la guardia de la fiesta, fueron tomados por sorpresa, por unas delicadas manos, que de principio no causaron ningún temor. Acariciaron tiernamente el felino pelaje, sostenido, por su panza, sus patas quedaron en el aire, extasiados de placer y ternura. Manos blancas y cálidas. Los dejaron en su sitio, donde aún disfrutaba del festín. Dos suaves deslices por su larga cola y unos tiernos jalones en los bigotes concluyeron aquellas afectivas caricias. Extrañamente las mayas negras se alejaban y dejaban de tironear los bigotes, con emotiva ternura. Sintió un escalofrió recorrer su lomo y cola y empezaron a desplazarse por en medio de la extraña casa. En el ambiente empieza a subir el volumen de la danza, será lo que beben, lo que acalora los cuerpos de los humanos, lo que los hace perder el sentido de la realidad, y empiezan a tambalearse y a hablar fuerte como si no escucharan. Los ojos inquietos vuelven al rincón de donde pierde sentido todo y regresan a su extraño quehacer, de ronquidos y gurmeos y la fiesta extraña de los humanos desaparece en un cerrar de ojos.

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