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EL OTRO

Pedro Fuentes-Guío

España



Ya está ahí, como cada día, ese intruso, esperándome en la esquina, como un perro guardián, para seguirme a todas partes. Le llamo el otro, por llamarle algo, porque no le conozco, no sé quién es, de dónde ha salido, ni siquiera lo que pretende de mí. Me acompaña en mi paseo, robándome las esquinas, la brisa y hasta los pensamientos. Me quita la sombra, la risa, el vuelo de las gaviotas, el zureo de la paloma y hasta el paso me quita, como un salteador sin escrúpulos. Intento esquivarle, pero no puedo, pues se pega a mí, en silencio, inquisitivo silencio, y no le importan mis desprecios, mis insultos, ni mis ruegos amables para que me abandone.

Lo peor de todo es que me roba mi soledad, mi tesoro más preciado, del que me gusta incluso abusar, absorberla con deleite, porque un un hombre solo no es un hombre, es un dios. Por eso, el otro aniquila mi divinidad, hecho sombra de mis pasos, con el cuchillo de su seguimiento. Si camino, el camina a mi lado, da la vuelta a la esquina cuando yo la doy; si me paro, él se para también, como dócil corderillo amaestrado por el sol, o por la luna, si es que caminamos de noche. A veces me revuelvo inquieto, pues hasta su ausencia momentánea me sobresalta, si no le veo junto a mí. Al no sentir su presencia, ese sinapismo pegado a mi ánimo, respiro liberado, dueño de mis pasos, de mis miradas, del movimiento de mis manos, de mi cabeza, y hasta de mi respiración.

Poco dura la alegría, el regocijo de la liberación, pues en segundos aparece, me acosa, más que como un dueño posesivo, como una conciencia en pleno ejercicio, hasta llegar a irritarme: ¡Vete, cabrón, déjame solo! Ni se inmuta, ni un gesto, ni una sonrisa, ni una palabra, pegado a mí como una sombra, como si lo llevase cosido a la entretela de mis pasos, de mis actos, de todos mis movimientos. Sueño con el día que no le vea, que pueda caminar, recrearme en las olas del mar, en las sombras de las esquinas, en el vuelo de las gaviotas, y hasta en el molesto ruido de las motos, sin tener que compartirlo con él.

Hay días que, acostumbrado ya a su presencia, no le presto atención, vivo como si el otro no existiera, a mi aire. Pero en otras ocasiones se me hace insufrible, pues lo siento como un dolor, como una pena honda y recalcitrante, y me desespero. Hoy ha sido uno de esos días, no podía soportar la presencia del otro junto a mí, pues no disfrutaba de mi paseo, de mi soledad, y he decido volverme a casa, a refugiarme en la televisión, como mal menor, para olvidarme de él. Ha subido la escalera pegado a mí, -vivo en un primer piso-, junto a mí al meter la llave en la cerradura, tropezando conmigo al pasar por la puerta, como una tortura. He entrado en el cuarto de baño a lavarme la cara, pues me sentía sudoroso, me he mirado al espejo y, al hacerlo, he descubierto el misterio: el otro soy yo.

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