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Ausencia (Oscar Deigonet López Posas)

Oscar Deigonet López Posas




Una carta insospechada
 No tenía a quien escribirle. Por esos días, la costra de los años ya era perpetua. 

 

 
Así que rascándole un poco a los resquicios de la memoria, uno que otro recuerdo, me di cuenta que hacía ya veintitrés años de mi partida; que lo único que quedaba en mis neuronas, era un extraño eco de tu voz. De aquella voz ardiente y decidida, que cuando decía te quiero; era eso; te quiero y nada más.




A través de las dudas

Si, era virgen, lo sé. Era virgen por que en lo  frenético, quise entrar profundo en su cuerpo de amapola dormida, y palpé su sexo, húmedo y tibio como el rocío de la madrugada, sentí su himen sempiterno y callado. Miré sus ojos casi tristes, vi que los cerró para no delatar su infamia, entonces tragó fuerte su espuma y dejó escapar un suspiro infernal. Casi ya en la madrugada acaricié sus nalgas de oro incandescente  y así como entré en aquel templo delicado, me alejé despacio y triste.
 La espera
 Una mañana cualquiera, el día te envuelve en su monótono ruido de zanates desbocados, pierdes entonces la palidez que deja la noche cansina. En otras, cruzas la calle tan decidida y perpetua, incluso aún más, que cuando estás despierta. Esquiva y pertinaz te alejas cuando intento describirte debajo de la tenue lluvia de octubre. Es eso, una imagen inexacta de este cansado espíritu de años de espera

 Estima
 Nuestra casa, sufre el letargo perfecto. Desde hace años perdió el color de sus trinos y no ha vuelto a sonreír, como si le hubieran contado una historia con un final triste. Sus ojos, ayer risueños y golosos, lucen desencajados, y han perdido la luz y la música de nuestros días. Últimamente, se asoma por la puerta de sus recuerdos intentando recobrar los pájaros perdidos. Cuando abro sus puertas y ventanas se reclina complacida como si fuera amada.

 Mi hija
Hay días, que simplemente, no se me ocurre nada. Veo a mi hija; un duende insospechado, con juegos milenarios; construyendo mundos nuevos, que luego se hacen viejos, e inventa otros en su lugar con un poco más de pensamiento. Yo realmente a esta hora no se que hacer. Creo firmemente y ciegamente, que me gana. Es claro, han pasado ya casi cinco minutos y ya inventó el universo. Yo a penas he escrito cinco líneas. Esta criatura, tiene las agallas de un tiburón blanco; las alas de un halcón y corazón de cenicienta.

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