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14: La censura afecta a todos

Carlos O. Antognazzi

Argentina



Contra el reiterado argumento de que ciertas censuras «son un problema interno de los medios, entre quien censura y el censurado», cabe acotar que no siempre es así. Cuando, por ejemplo, se censura una columna de opinión, firmada, que posee una sección fija con su correspondiente espacio predeterminado, y tiene por destinatarios a los lectores del medio en el cual debía publicarse, se está cercenando la posibilidad de lectura de esos lectores. Es decir: la censura puede surgir de una desavenencia interna, pero siempre quien se perjudica es la sociedad, porque se le impide leer algo que, desde su misma génesis, estaba destinado a ella. Todo artículo de opinión tiene por destinataria a la comunidad, a diferencia de algún poema, cuento o novela, que el autor puede escribir para su propio placer, sin pensar en publicarlo algún día.

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La censura afecta a todos

Contra el reiterado argumento de que ciertas censuras «son un problema interno de los medios, entre quien censura y el censurado», cabe acotar que no siempre es así. Cuando, por ejemplo, se censura una columna de opinión, firmada, que posee una sección fija con su correspondiente espacio predeterminado, y tiene por destinatarios a los lectores del medio en el cual debía publicarse, se está cercenando la posibilidad de lectura de esos lectores. Es decir: la censura puede surgir de una desavenencia interna, pero siempre quien se perjudica es la sociedad, porque se le impide leer algo que, desde su misma génesis, estaba destinado a ella. Todo artículo de opinión tiene por destinataria a la comunidad, a diferencia de algún poema, cuento o novela, que el autor puede escribir para su propio placer, sin pensar en publicarlo algún día.

En el caso que me ocupa, que trata de la censura ejercida por Mariano Zmutt, director editor responsable del periódico “El Santotomesino” (de Santo Tomé, Santa Fe, Argentina), a dos artículos de mi autoría que debían publicarse en el número 101 del periódico, correspondiente a octubre de 2006, las comunidades a las que llega el periódico fueron privadas, por decisión unilateral e improcedente de Zmutt, de leer los artículos habituales que publicaba en contratapa y página 4, como editorial. Nada ha explicado Zmutt desde que apareció el periódico el lunes 23/10/06, pese a la cadena de mails distribuyendo el artículo mutilado y una nota alusiva que escribí (Apostilla sobre los artículos censurados), y pese a que tanto esta nota como los dos artículos de octubre fueron publicados, íntegramente, en la página web de Mundo Cultural Hispano, donde edito mis notas de opinión desde hace varios años. En el número 102 de “El Santotomesino”, correspondiente a noviembre de 2006, no hay alusión alguna a este tema. El silencio, como se asegura públicamente, otorga. Al igual que la censura, que no sólo dice más del censor que del censurado, sino que muestra la calaña de algunas personas que, amparadas en cierto poder de coyuntura, se dan el lujo de determinar qué puede o no leer la sociedad.

Como sospechaba, la comunidad no sabía ni de la censura ni de la gratuidad (en el sentido no remunerativo) de las colaboraciones en “El Santotomesino”. Los presidentes comunales e intendentes a los que comuniqué estos hechos se mostraron sorprendidos y solidarios, y en varias oportunidades, incluso, comentaron que había otras cosas que los preocupaban del periódico, como un ostensible afán por lucrar, presionando a las comunas para que pautaran publicidad si querían que se les publicara alguna nota, cuando todo periodista serio sabe, desde el vamos, que el mecanismo es exactamente a la inversa: el periodismo informa y, por separado, si la comuna o la intendencia quiere pautar publicidad, lo hace. Pero una cosa no puede estar supeditada a la otra, porque se bastardea el oficio y el medio se vuelve poco creíble, ya que sólo informa cuando cobra y, por ende, sólo se informa lo que ciertos sectores de poder económico desean que se informe. Si ya es difícil encontrar la “objetividad” en el oficio, es mucho más volátil la “objetividad” teñida por el dinero que se recibe a cambio. En este caso, antes que oficiar de periodistas, alentando un periodismo responsable, se está oficiando de mercenario, dando espacio a las noticias que vienen convenientemente aderezadas por algún dinerillo.

El tema del oficio es importante, porque en el staff de “El Santotomesino” sólo hay un periodista. Ni siquiera Zmutt (que posee serias dificultades para articular alguna frase por escrito) ha estudiado periodismo. De hecho, en la tarjeta invitación para la cena del 13/10/2006, donde se festejaban los nueve años del periódico y los 100 primeros números, Zmutt no vaciló en mencionar a «aquella primera editorial» (sic), cuando debió referirse a «aquel primer editorial», porque no aludía a la empresa que edita sino a la opinión del editor. El yerro es elocuente en alguien que, por esas rarezas del azar, ejerce como director del periódico. No es el único yerro, claro (ni el único que yerra en el staff, lamentablemente), pero no es este el espacio previsto para ventilar carencias. De todas maneras, hago notar una luminosa paradoja: en esa tarjeta de invitación hay un collage de fotos y textos. Los textos corresponden a un artículo mío: “Nuestro lugar en el mundo”, publicado en el diario “Castellanos” (Rafaela, Santa Fe, 27/01/2006) y en la contratapa de “El Santotomesino” de febrero de 2006. Fue editado en Mundo Cultural Hispano el 04/02/2006.

Con el falaz argumento planteado al comienzo de esta nota se está sugiriendo que la censura es un problema interno que debe, por ende, resolverse a puertas cerradas del medio que ha censurado. De esa manera cierto sector “bien pensante” se lava las manos, considerando que no puede intervenir en asuntos ajenos. El dislate recuerda aquella sentencia en boga durante la dictadura militar: por algo será. Quien la decía se atajaba ante eventuales tomas de partido, sin darse cuenta de que al repetirla estaba tomando partido de la peor de las formas, al culpabilizar a la víctima y extirpar de la ecuación al evidente victimario. Por lo demás, quien profería la sentencia parecía ignorar que todas las cosas son por algo. Hasta el nacimiento de ciertos hijos/as de puta es producto de alguna relación, consentida o no, entre un padre y una madre, por más liviana de cascos que sea la madre.

El cinismo de esta actitud sigue vigente en la Argentina del Siglo XXI. Cuando Hebe de Bonafini manifestó hace pocos días que había que investigar el pasado del albañil Julio López, poniendo en duda su desaparición, no hizo otra cosa que victimizar por segunda vez a una víctima evidente, que acababa de denunciar ante el juez a Miguel Etchecolatz como su torturador. El razonamiento de Bonafini, presuntamente una persona de “izquierda”, y en realidad encuadrada en la “izquierda tilinga” que prolifera en América Latina, es que si López desapareció por segunda vez fue “por algo” de lo cual él mismo, y no el sistema retrógrado que apuntaló al régimen de facto, es culpable. Para Bonafini, aliada irracional de Kirchner y su demagogia de barricada, López es responsable de su propia desaparición, y no la barbarie que aún pulula en el país y que ningún gobierno de la democracia ha sabido desmantelar. Cabría esperar más cautela de Bonafini, al menos hasta que el drama se clarifique y aparezca López o lo que quede de él.

Demás está decir que esta “tesitura”, por elevar la charamusca a un sitial que no le corresponde, es lo que enloda a la política y a la vida democrática. La censura se inserta en esta actitud. Y cuando los ciudadanos y el poder político no intervienen activamente, posicionándose contra la censura, la están avalando. Es decir: están sembrando el camino más efectivo para que la democracia siga siendo un deseo de pocos antes que una realidad para todos.

© Carlos O. Antognazzi

Escritor.

Santo Tomé, noviembre de 2006.

Publicado en el mensuario “El Tábano” Nº 5 (Rafaela, Santa Fe), de noviembre de 2006.

Este artículo tiene © del autor.

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