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II. EL SUFRIMIENTO

Camilo Valverde Mudarra

España



El sufrimiento, en su dimensión subjetiva parece casi inefable e intransferible; ahora bien, en su realidad objetiva, requiere ser tratado y concebido como un explícito problema e impone el planteamiento de preguntas de fondo y la búsqueda de respuestas. Una cierta idea del problema viene de la distinción entre sufrimiento físico y sufrimiento moral, fundada en la entidad psicofísica del hombre, «conjunto» de elemento corporal y espiritual, que es el inmediato sujeto del sufrimiento. Aunque se usan como sinónimos, el sufrimiento físico indica cualquier «dolor del cuerpo» y el sufrimiento moral, el «dolor del alma»; es este último, un dolor de tipo espiritual y no sólo la dimensión «psíquica» del dolor que acompaña tanto el sufrimiento moral como el físico. La extensión y la multiformidad del sufrimiento moral no son ciertamente menores que las del físico; pero, a la vez, aquél aparece como menos identificado y menos alcanzable por la terapéutica.

Ante lo profundo del sufrimiento humano, inevitablemente, surge la pregunta: ¿por qué? Se indaga la causa, la finalidad; en definitiva, el sentido; se busca determinar el contenido humano, la razón por la que el sufrimiento es propiamente sufrimiento humano; que es más profundo, si no encuentra una respuesta satisfactoria. Y, al lado, la otra, muy afín: ¿Por qué el mal? Esta, en cierta medida, incluye siempre, y engloba el sufrimiento. Son preguntas muy difíciles, ya dirigidas al hombre, ya a Dios. El hombre no le pregunta al mundo, aunque muchas veces el sufrimiento provenga de él, sino que lo hace a Dios, como Creador y Señor del mundo. Este interrogante entraña numerosas frustraciones y conflictos en la relación del hombre con Dios, e incluso, llega a la negación misma de Dios. En efecto, igual que la existencia del mundo abre la mirada del alma humana a la existencia de Dios, por su sabiduría, poder y magnificencia, el mal y el sufrimiento parecen ofuscar esta imagen, a veces de modo radical, en el drama diario de tantos sufrimientos sin culpa y de tantas culpas sin su adecuada pena.
El hombre puede preguntar a Dios con toda conmoción e inquietud; Dios espera la pregunta y la escucha, como expresa el A. T.; la pregunta ha encontrado su expresión más viva en el libro de Job. Dios, aparece al final y reconoce que Job no es culpable; el suyo es el sufrimiento de un inocente; debe ser aceptado, como un misterio que el hombre no puede comprender a fondo con su inteligencia. Dios reprocha a los amigos de Job que lo acusan y tratan de convencerlo de que, habiendo sido afectado por tantos y tan terribles sufrimientos, debe haber cometido alguna culpa grave. Job, sin embargo, contesta la verdad del principio, que identifica el sufrimiento con el castigo del pecado y lo hace en razón de su propia experiencia. En efecto, él es consciente de no haber merecido tal castigo, más aún, expone el bien que ha hecho a lo largo de su vida. El sufrimiento, para ellos, puede tener sentido exclusivamente, como pena por el pecado y, por tanto, sólo lo ven en el campo de la justicia de Dios. La referencia es la doctrina expresada en A.T., que muestra el sufrimiento, como pena infligida por Dios a causa del pecado de los hombres. Dios es Legislador y Juez y, ante todo, Creador, de quien, junto con la existencia, proviene el bien esencial de la creación. Por tanto, también la violación consciente y libre de este bien por el hombre es una transgresión de la ley, y una ofensa al Creador, y Primer Legislador.

Tal transgresión tiene carácter de pecado, según su sentido exacto, es decir, bíblico y teológico. Al mal moral del pecado corresponde el castigo, que garantiza el orden moral en el mismo sentido trascendente, en el que este orden es establecido por la voluntad del Creador y Supremo Legislador. De ahí deriva también la verdad fundamental de la fe, que Dios es un juez justo, que premia el bien y castiga el mal: «(Señor) eres justo en cuanto has hecho con nosotros, y con justicia, has traído todos estos males a causa de nuestros pecados» (Dan 3,27 s).

La opinión de los amigos de Job, expresa una convicción que se encuentra también en la conciencia moral de la humanidad: el orden moral objetivo requiere una pena por la transgresión, por el pecado y por el reato. El sufrimiento aparece, bajo este punto de vista, como un «mal justificado». La convicción de quienes explican el sufrimiento como castigo del pecado, halla su apoyo en el orden de la justicia.

El libro de Job no desvirtúa las bases del orden moral trascendente, fundado en la justicia; pero, si es verdad que el sufrimiento tiene un sentido como castigo, cuando está unido a la culpa, no es verdad, por el contrario, que todo sufrimiento sea consecuencia de la culpa y tenga carácter de castigo. La figura del justo Job pone con toda claridad el problema del sufrimiento del hombre inocente: el sufrimiento sin culpa. Job no ha sido castigado, no había razón para infligirle una pena, aunque haya sido sometido a una prueba durísima. Si el Señor consiente en probar a Job con el sufrimiento, lo hace para demostrar su justicia, pero tiene también carácter de prueba, prueba de la firmeza de su fe y de la restitución bondadosa de Dios.
El libro de Job no es la última palabra de la Revelación sobre este tema. En cierto modo, es un anuncio de la pasión de Cristo. Pero ya, en sí mismo, es un argumento suficiente, para que la respuesta a la pregunta sobre el sentido del sufrimiento no esté unida sin reservas al orden moral, basado sólo en la justicia. Tal respuesta tiene una fundamental y transcendente razón y validez, aunque, a la vez, se presenta como insatisfactoria en casos de sufrimiento inocente, y más bien parece rebajar y empobrecer el concepto de justicia. El libro de Job expone de modo perspicaz el sufrimiento y también, su alcance al inocente, pero no da todavía la solución al problema.

El A. T. ofrece también una orientación tendente a superar el concepto del sufrimiento únicamente, como castigo por el pecado, que subraya el valor educativo de la pena-sufrimiento. Así, en los sufrimientos del Pueblo Elegido late una invitación a la corrección, para llevar a la conversión: «Los castigos no vienen para la destrucción, sino para la corrección de nuestro pueblo» (2 Mac 6,12); se afirma la dimensión personal de la pena; la pena tiene el sentido de que sirve para pagar el mismo mal objetivo de la transgresión y de que crea la posibilidad de reconstruir el bien en el mismo sujeto que sufre. Es un aspecto importantísimo. El sufrimiento debe servir para la conversión, es decir, para la reconstrucción del bien en el sujeto, que puede reconocer la misericordia divina en esta llamada a la penitencia. La penitencia tiene la finalidad de superar el mal, que bajo diversas formas está latente en el hombre, y consolidar el bien en uno mismo, en su relación con los demás y, sobre todo, con Dios.

Pero la verdadera respuesta al «por qué» del sufrimiento, está en la revelación del amor divino. El amor es la fuente más rica sobre el sentido del sufrimiento, que es siempre un misterio; somos conscientes de la insuficiencia e inadecuación de nuestras explicaciones. Cristo nos hace entrar en el misterio y nos hace descubrir el «por qué» del sufrimiento, en cuanto somos capaces de comprender la sublimidad del amor divino. Para hallar el sentido profundo del sufrimiento, siguiendo la Palabra Revelada de Dios, hay que abrirse ampliamente al sujeto humano en sus múltiples potencialidades, sobre todo, hay que acoger la luz de la Revelación, no sólo en cuanto expresa el orden transcendente de la justicia, sino en cuanto ilumina este orden con el Amor, como fuente definitiva de todo lo que existe. El Amor es también la fuente más plena de la respuesta a la pregunta sobre el sentido del sufrimiento. La pregunta se la responde Dios al hombre en la cruz de Jesucristo. Dios da su Hijo al «mundo» para librar al hombre del mal, ese mal que lleva en sí la definitiva y absoluta perspectiva del sufrimiento. La Salvación significa liberación del mal, y, por ello, del sufrimiento (Salvifici doloris, J. Pablo II).

Camilo Valverde Mudarra

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