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III. EL SUFRIMIENTO

Camilo Valverde Mudarra

España



Cristo, en el coloquio con Nicodemo, dice: «Porque tanto amó Dios al mundo, que le dio su Unigénito Hijo, para que todo el que crea en El no perezca, sino que tenga la vida eterna» (Jn 3,16). Estas palabras van al centro mismo de la acción salvífica de Dios; manifiestan la esencia misma de la soterología cristiana, es decir, de la teología de la salvación. Salvación significa liberación del mal, y por ello del sufrimiento. Dios da su Hijo al «mundo» para librar al hombre del mal, que lleva en sí la definitiva y absoluta perspectiva del sufrimiento y necesita su redención. Las palabras de Jesús se refieren al sufrimiento en su sentido fundamental y definitivo. Dios da su Hijo, para que el hombre «no muera»; y el significado del «no muera» está precisado claramente en la frase: «sino que tenga la vida eterna». El hombre «muere», cuando pierde «la vida eterna». Lo contrario de la salvación no es solamente el sufrimiento temporal, cualquier sufrimiento, sino el sufrimiento definitivo: la pérdida de la vida eterna, el ser rechazados por Dios, la condenación. El Hijo Unigénito ha sido dado a la humanidad para proteger al hombre, ante todo, de este mal definitivo y del sufrimiento definitivo. En su misión salvífica El debe, por tanto, tocar el mal en sus mismas raíces transcendentales, en las que éste se desarrolla en la historia del hombre. Estas raíces transcendentales del mal están fijadas en el pecado y en la muerte: en efecto, se encuentran en la base de la pérdida de la vida eterna. La misión del Hijo Unigénito consiste en vencer el pecado y la muerte. El vence el pecado con su obediencia hasta la muerte, y vence la muerte con su resurrección» (Salvifici doloris, J. Pablo II).

El cristianismo, partiendo de los textos veterotestamentarios, ha asimilado las ideas de sacrificio y expiación por los pecados a la pasión y la crucifixión de Jesucristo; los estudiosos y teólogos cristianos aceptaron esas nociones de las creencias y prácticas judaicas; recurrieron a tales razones, porque el sacrificio y la expiación en el judaísmo, eran actos religiosos y sagrados, propios del culto sacerdotal, acorde a un ritual. Pero, la sangre de Jesús no cayó por rito piadoso. Jesús fue condenado a la cruz por los romanos y el Sanedrín, no religiosamente, sino del modo más cruel destinado a los proscritos y delicuentes; y no entre dos ‘ladrones’, sino entre dos lestai (Mc 15,27), que, significa; rebeldes políticos.

Esta constatación conduce a la razón que forzó al primitivo cristianismo a cargar la crucifixión de Cristo con el significado bíblico de sacrificio expiatorio; la muerte de cruz, la condena de innominia e infamia, se hace signo de redención, de purificación, ofrenda propiciatoria del cordero pascual. En aquel tiempo y en un pueblo semita de mentalidad tan particular, no era entendible la creencia en un Dios Crucificado; tal aserto se consideraba demencial e incongruente, de modo que venía a ratificar la suposición y la acusación de ateímo que achacaban a los cristianos, por lo que hubieron de acudir en su defensa los apologistas de la época; tratando de paliar tal imputación, se adujo el argumento de que la crucifixión pertenece al cumplimiento de los designios salvíficos marcados por Dios, usando los conceptos testamentarios de expiación. Con lo que, en apariencia, se puede pensar que Dios busca, quiere el sufrimiento. Pero, leyendo los textos del Evangelio, se concluye que Dios sólo exige y desea el dolor de luchar activamente contra el sufrimiento. Dios, por esencia, no puede querer el padecimiento, ni el mal. El Creador no puede malquerer a la criatura, ni querer el sufrimiento.

Y, porque Dios no quiere la muerte, Jesucristo pasó haciendo el bien; resucitó al joven de Naim, a la niña de Jairo, a Lázaro; curó de sus dolencias a los leprosos, ciegos, cojos, epilépticos y caídos; salvó a Zaqueo, perdonó a la adúltera, al ladrón y al que lo abofeteó; dio el agua viva a la Samaritana y la luz del renacer a Nicoemo; mostró el abrazo al Hijo Pródigo, la protección al samaritano y el perdón a sus crucificadores. Se colocó junto a los que sufren y contra los que hacen sufrir. Y eso le costó ir a la cruz. En esta vida de agresión y violencia, el que está con los que sufren y pelea contra el sufrimiento, cae derribado y pagando con sangre su batalla, no tendrá resquicio. Así pagó Jesús el Cristo, Gandhi, Luther King, Monseñor Romero y tantos otros muchos cristos repartidos por el mundo, en su lucha, contra el sufrimiento y la opresión.

El hombre ha de zafarse de la opresión y del sufrimiento en lucha contra el mal. Pero, solo no puede, son raíces transcendentales producto de la transgresión; su extracción y liberación requiere un Redentor de acción efectiva por medios infinitos y valor definitivo en el triunfo. De ahí, la palabra «da» que indica que esta liberación debe ser realizada por el Hijo, por el Mismo Dios, mediante su propio sufrimiento. Y, en ello, se manifiesta el amor, el amor infinito, tanto del Hijo como del Padre, que por eso «da» a su Hijo. Este es el amor hacia el hombre, el amor por el «mundo»: el amor salvífico y liberador.

Es una dimensión completamente nueva del tema, diversa de la que determina el significado del sufrimiento dentro de los límites de la justicia. Es la dimensión de la redención, a la que las palabras del justo Job en el Antiguo Testamento, como un preludio, parecen hacer referencia, según la Vulgata: «Porque yo sé que mi Redentor vive, y al fin... yo veré a Dios» (Job 19, 25 26). Ya desde antiguo la misericordia divina anuncia en su revelación, el envío de un poder que con fuerzas infinitas venza la transcendencia del mal y provea la salida del sufrimiento en su múltiple dimensión temporal.

La civilización occidental viene totalmente rotulada por el sello del sentido de culpa y víctima expiatoria, sin duda, inculcado con sanísimas intenciones. Sin embargo, con el dolorismo y la vistimización no se llega a la solución. El resorte que necesita el mundo es la frescura del Evangelio; introducir la enseñanza de Jesucristo en las conciencias, para que se establezca su Reino, el reino de la esperanza, de la justicia, del amor y la paz. Ante el cúmulo ingente de sufrimiento que aqueja al hombre, el bálsamo no está en aquella herencia, sino en implantar esta, la doctrina evangélica de Jesucristo.

Cada año, se celebra la fiesta, llamada Semana Santa, que es el recuerdo cristiano de la pasión y la muerte de Jesús. Pero, el pueblo sencillo la vive de modo elogioso y con un sentido apoteósico del sufrimiento, del suplicio y del infortunio humanos y procesiona signos de angustia, amargura, soledad, dolor, tortura, agonía y cruz; y, en su religiosidad, piensa convencido que eso es muestra de su piedad, en la sencillez de su fe expresa así su devoción. Este hecho popular puede aparecer como afirmación de que Dios quiere el sufrimiento. Pero, ese Dios no es el Dios de los cristianos.

Camilo Valverde Mudarra

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