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"La mirada interna"

César Rubio (Augustus)

César Rubio Aracil

España



LA MIRADA INTERNA

¡Atención!: Miremos con cautela. A través de la imagen se nos presenta un fabuloso, infinito mundo de posibilidades admirativas, de mensajes subliminales y de variadísimas maneras de interpretar la información. El poder de "mass media" no tiene límites, y el examen puede quedar condicionado al espacio de los intereses minoritarios. En contraposición, la fuerza de la mirada interna favorece el dominio que necesitamos para sentirnos libres de la tiranía expresiva. El "voyeur" -mirón cuya visión de la realidad total queda plasmada entre las lindes de sus deseos restringidos- constriñe la posibilidad (contingencia), despreciando el dato revelador que podría abrirle de par en par las puertas del auténtico conocimiento. Al admirar en una escena amorosa únicamente el detalle erótico -cuando no pornográfico-, ¿cuál es el enriquecimiento ganado para acrecentar la propia cultura, los valores humanos individuales y el engrandecimiento personal? Mas si la mirada es dirigida al núcleo de la realidad total, la perspectiva queda entonces ampliada, alejando los límites fronterizos de la contemplación. ¡Cuántos detalles y bellos matices encierra el silencio de la muda caricia! Y el lenguaje sutil de la mirada en la pausa de las instintivas acometidas sexuales. ¡Cuánto desperdicio de tiempo y de conciencia al dejarnos llevar por la trama de una novela, dejando marginada la comunicación entre líneas! Y en la visión de la tragedia, qué distanciamiento del contenido dramático al fijar la mirada morbosa en la sangre, y no la mirada interna en la herida del alma. Secuencia tras secuencia, los ojos del mirón conducen el poder mágico de la vida al camposanto de las rosas agostadas.
De ninguna de estas formas contemplativas quedo exento. Soy, fundido en la mayoría, carne de la carne que alberga al espíritu. Sin embargo, tengo consciencia de mi desventura y trato -sin dejarme arrastrar por la moral pazguata- de complementar la mirada física con la otra, interior, para siquiera vislumbrar en mi horizonte el manejo de los dioses, que me obligaron a ser cobaya de sus experimentos. Porque la naturaleza sólo quiere de la criatura su perpetuidad. Por eso el sexo domina al hombre, reduce al máximo sus escasos límites de libertad, y condena al ignorante a ser mirón, dejando abierta la posibilidad de que la sabiduría anide en los seres que, por su sacrificio, son merecedores de apoyar la evolución.
Miradas objetivas, subjetivas y omnijetivas. Me quedo con estas últimas ya que, al contemplar un árbol, no sólo deseo saber si las hojas de sus ramas son lanceoladas o aciculares. También quiero convertirme en la savia que lo anima para conocerlo sin palabras. Es en el silencio de la soledad donde la realidad es tal y no un espejismo. Vivimos en un denominado mundo virtual -¡ojo con la semántica!- donde la imagen cobra el valor que el mirón quiere darle. Mas la representación de la vida condicionada por los intereses humanos no es la fiel estampa del microuniverso omnijetivo. Mirar el mundo desde todos sus ángulos es interiorizar la imagen para, conociéndose uno a sí mismo, saber que todo lo demás es idéntico, con la sola diferencia de que la conciencia Una se manifiesta por grados. A mayor complejidad, mayor conciencia. ¿Y qué hace el mirón sino reducirse a mero vegetal, o a simple piedra, desperdiciando las infinitas posibilidades que la existencia le ofrece de alcanzar la categoría de aprendiz de demiurgo?
Unos bellos pechos ensalzan la imagen de la mujer o la denigran. ¿Cómo mirarlos para poder ver? Que me lo explique el sabio para no caer en el error de equivocarme de senda. Porque no basta con la voluntad; también es preciso ejercitarse en el arte de interpretar correctamente lo que miramos. El acto volitivo es indispensable para evitar la distracción con que nos ata el demonio del dinero a la mirada del mirón. Mas es imprescindible liberarnos de los negros apegos. Ésa es la gran dificultad.
La mirada interna posibilita la comprensión de la vida partiendo de una realidad que nos es común, aunque diferenciada por la diversidad interpretativa. Diversidad ésta que enriquece al todo que nos habita y habitamos. Y ese todo se puede contemplar -lo intuyo- viéndose uno mismo por dentro; sin prismáticos ni microscopio. Más que mirar conviene ver. Y, más que ver, sentir la consustancialidad que nos impregna. Soy un ser connatural y por tal motivo necesito, para liberarme de cualquier dictadura, apartar de mis ojos la mirada del mirón y borrar toda huella de mi perverso pasado. Por eso necesito la ayuda del sabio y el favor de la templanza. Y porque todavía confío en el hombre, voy dejando atrás la dulce llamada de la voluntaria extinción. Es en el dolor donde hallo la riqueza de mi propia vida. La felicidad no existe: es el reflejo del anhelo cuando creemos haberlo superado. Únicamente seré dichoso cuando, por encima del bien y del mal, sepa por fin quién soy: un mirón que ya no quiere mirar, sino ver, en la belleza de la creación, el maravilloso orden universal, del que sólo somos una espora a merced de su bienaventurada brisa.

Artículo publicado en la revista "La mácula del tiempo", en julio de 2003.

Este artículo tiene © del autor.

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