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LA PALABRA (III)

Pedro Fuentes-Guío

España



     El hombre tiene en su poder la palabra, pero también es suyo el silencio, y en su voluntad esta la determinaclón de usar la una o el otro. Sabido es que la palabra tiene un significado, un mensaje, por lo que su uso es "una verdadera tentación; pero en el silencio se encierran todas las palabras, que es lo mismo que afirmar que guarda en sí todos los significados y todos los mensajes. Por eso, el hombre que usa la palabra, y según la vida que le dé a ésta, puede parecernos una persona inteligente o un tonto. Sin embargo, el que opta por el silencio, guardando en él todas las palabras posibles, siempre nos parece un ser inteligente.

     Ante esta disyuntiva, de la que todos somos conscientes, cabe preguntarnos: ¿Qué hacer, hablar o callar? No lo duden, hay un tiempo para cada cosa. Lo difícil es descubrir cuál es el tiempo que le corresponde a cada una. Los inteligentes lo saben; los tontos, coma forma de acreditar su condición, lo ignoran. De ahí que nos encontremos con personas a las que nos complace escuchar, lo mismo que las hay que lucen un silencio admirable.

     Yo, que amo con igual pasión el silencio y la palabra, según dispongan el tiempo y los astros, me inclino por el uso, aunque con límites que impidan caer en el abuso, de la palabra, a la que me gusta hacer florecer, engalanándola, poniéndola velos y florituras. Si no fuera así, no podría considerarme poeta, y ni siquiera escritor. Sin embargo, y degustando un gramo de sensatez, comparto con Cela su afirmación': " La palabra, es herramienta que a veces nos traiciona". Y añade el escritor gallego: "Amo siempre la palabra como a veces se ama a una mujer, con pasión, frenesí o inconveniencia". Yo amo la palabra de igual forma, además de con alevosía, nocturnidad y premeditación, por lo que tendría que ser condenado a la máxima pena.

     Y es que, como todos sabéis, hay palabras mágicas que, al pronunciarlas, nos llenan la boca de espuma; otras palabras, en cambio, nos llenan la boca de sangre. Así cumple la palabra con su cometido, el de no dejar indiferente a nadie. Sólo las palabras pronunciadas por los tontos de baba, esos que ríen continuamente, aunque ni ellos mismos sepan la razón, sólo esas palabras pasan ante nuestra consideración sin pena ni gloria. Son palabras que nos rozan, pero no nos marcan; nos acarician, pero no sentimos ni frío ni calor. Para ese individuo, que suele pronunciar palabras inanes, Cela tiene su comentario apropiado: "El tonto metafísico, el tonto de los pies a la cabeza a quien la gente, en su falta de caridad, llama tonto del culo, lleva la característica pintada en la cara".

(Continuará)

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