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COSAS POR CONTAR... (Que le dicen)

Adrián N. Escudero

ARGENTINA



José Luis Pagés, bajo la bruma de su mágica personalidad creadora…
 
Salió abruptamente con portafolio en mano.
 
Tan urgido por un imprevisto familiar, que, a pocos metros de transponer el umbral de su oficina céntrica, la vereda oeste de calle San Martín al 1700 vio derramarse como un abanico de documentación contra la impávida vidriera de exposición de ropa femenina que, contigua al hecho, le serviría sin embargo de respaldo para acomodar aquellos útiles despedidos -de modo imprevisto- por una falla en el código de cerradura de su negro maletín de profesional contable.
 
Notó que la noche había avanzado y ennegrecido el tono crepuscular del ocaso veraniego, con una estación estival recién estrenada en esos últimos diez días del año.
 
Y la noche era muy bella.
 
Un coro de luces multicolores disputaba sus tonos y reflejos, celebrando el ritmo frenético que, nocturnos y noctámbulos, ensayaban paso tras paso en la calle principal de la ciudad capital del litoral argentino.
 
Arrullado en la cálida brisa enfrentada de norte a sur, y con el rostro todavía refrescado por la aclimatación artificial de su despacho, superó con rapidez aquella incómoda situación. Tenía 45 años pero su estado físico era el de un joven atleta, y la flexión de rodillas para recoger del suelo todos los papeles, duró apenas 30 segundos.
 
Y aunque debía llegar a su casa esta vez -¡ah, los hijos y la disputa por el coche de papá!- por transporte público, estimó con probada precisión de auditor, que estaría a tiempo para resolver la cuestión que su esposa le había advertido celular en mano... Su hijo menor, un joven arquitecto, había dispuesto aquel día del auto familiar para realizar una verificación de obra, y no regresaría sino hasta el otro día a Santa Fe.
 
Así que, paciencia, y a esperar la línea 5 o cualquiera que pudiera acercarlo hasta la zona recoleta. Y, si no lograba bajarse en 4 de Enero y Santiago del Estero, lo haría en 9 de Julio y Obispo Gelabert, obligándose a caminar las dos o tres cuadras que mediaban hasta su domicilio. Igual había computado esa posibilidad; pero ojalá viniera un colectivo de la 5.
 
De pronto, cuando acomodaba su postura para seguir el camino, sonó el celular nuevamente. Su esposa le llamaba y le proponía venir juntos caminando hasta la casa, aprovechando lo agradable de esa jornada nocturna. Ella se adelantaría y, a una altura de San Martín se encontrarían para seguir juntos la marcha y conversar del tema que, a ella, como abogada, le había estado preocupando aquella tarde...
 
Dejó, pues, atrás su trabajo, su oficina de contralor público, su inefable computadora (una suerte de prolongación de su cerebro, brazos y dedos), y sólo anheló encontrarse entonces con ella algunas cuadras por delante.
 
Hablarían del asunto de la herencia, de cómo veía ella la cuestión desde el punto de vista de su cliente, pero entre tanto movería los músculos bastante entumecidos por la rutina de una prestigiosa pero sedentaria profesión, ya no compensada como antes merced al obligado retiro consumado tras 25 años de servicio a la Universidad, motivado por un complejo de circunstancias que no venía al caso recordar, y que habían terminado abortando la ardorosa actividad académica y docente desarrollada hasta entonces, desde la inmejorable herramienta y perspectivas que, una buena educación, brinda sin discusión a los hombres para forjarse un conocimiento crítico del mundo, la vida o un oficio o profesión...
 
Desalentó esos nostálgicos pensamientos, y cuando procuraba emprender con decisión su marcha antiestrés, escuchó una voz que, con un dejo de ironía, le espetaba a sus espaldas...
 
—¡Contador! ¿Ya no saluda?
—¡Hola, don José Luis! ¡Tanto tiempo! Disculpe, por favor. Acabo de levantar unos papeles voladores –y no precisamente cheques- del suelo, y no advertí su presencia...
—¿Qué hacés, che?
—Salgo de la oficina. Voy para casa. ¿Y usted?
—Yo vengo de la corresponsalía de La Capital de Rosario. Un enlace para Diario El Litoral donde trabajo. Sabés que hace tiempo hago la parte policial, y coordino con la gente de Rosario también. Falta poco para que me jubile... Ahora me voy por San Martín para despejarme un poco.
—¡Qué bien! ¿Y sigue escribiendo? Después de su famoso libro de relatos publicado, a quien envidiara el propio Fernando Sorrentino de “Plus Ultra”... ¿“Fidelia” se llamaba, no es cierto? ¡Un contario fantástico! Digo, después de eso, no tuve más noticias suyas.
—Es que hay tan pocas cosas nuevas por contar...
—¿Entonces, había dejado de escribir? ¿Y el tema policíaco que registra, no le motiva para sondear en la novela negra? Yo creo que...
—¿Caminamos juntos y nos ponemos al día, che?
—Eh; no... Mire, don José Luis, se me hizo un poco tarde. Ando sin el coche, mi señora rastreándome por un quilombo de su bufete de abogada, y, encima, hasta que venga el colectivo... ¡pueden pasar horas! Pero otra vez será... ¿Vio que trabajamos bastante cerca? Así que cuando quiera, un cafecito y...
—Bueno, Jorgito. Te agradezco y te tomo la palabra. Chau. Saludos a tu esposa.
—Gracias. Un abrazo... Ah, don José Luis... Total, según usted, hoy por hoy, tiene tan pocas cosas nuevas por contar... Aunque, pensándolo...
—(...)
 
¿Qué no había nada por contar? Caramba, se dijo. Y las ideas le bullían –casi con bronca-en la cabeza... ¿Qué Don José Luis dejó de escribir? ¿Entendí bien?, protestó. Cierto que ronda los sesenta y pico; pero, se lo ve tan lúcido, opinó a modo de consuelo. Y, fijando la mirada en los mosaicos desdibujados de la vereda, caminó por detrás de su amigo y antiguo maestro en el oficio de la Palabra, con la decepción poniéndole plomo a sus zapatos negros y brillantes... 
 
Pero –susurró el otro-; ¿se lo habrá creído? Aunque sí, todavía no armaré ningún relato sobre la fantástica imagen que, sobre el portal de la Basílica de San Marco, en Venecia, provocan al visitante –reluciendo al sol- los cuatro caballos griegos de Lisipo...
 
Tampoco sobre la vivencia sobrenatural aquella que sostuve entre calambures y crucigramas, en mi última tarde dominguera otoñal esfumada por una fina llovizna que caía, y caía...
 
Ni esbozaré una letra sobre la estupenda sorpresa que me deparó el bar de la esquina, sirviéndome un sandwich –o emparedado: español dixit- cuyas proporciones eran tan grandes que venía con ascensor...
 
Ni de la trama argumental que podría sobrevenir poniendo en discusión –500 años después- sobre la materia jurídica del derecho de autor, al inconsciente pero entrañable descubridor de América, el pluri natal Cristóbal Colón (genovés, portugués, veneciano, corso, gallego, mallorquín o catalán, qui lo sá) con platea y tribuna franciscana de La Rábida (Puerto de Palos) a favor, frente a su consciente rival y navegante, el florentino Américo Vespucio, con platea y tribuna del convento de Saint Dié (Lorena) azuzada por Fray Juan Pérez, y referato parcial de Martín Waldseemüller cuyo balón de juego o Geografía de Tolomeo, llevaba impresa la ofensiva marca de América para el Nuevo Mundo en disputa...
 
Ni de la novelesca aventura que sería encarar en forma biunívoca las trilogías del Poder que escribieron Agripina, Claudio y Nerón: o la ruina de Roma, junto a la hermosa Elena de Troya, amada de Paris y deseada del tirano Argamenón, o la devastación ateniense... (por nombrar sólo a dos mujeres de las tantas que armaron y desarmaron la historia de la Humanidad, a ejemplo de la egipcia Cleopatra o a la greca madre de Alejandro Magno)...
 
Tampoco acudiré al discurrir de las leyendas celtas, británicas o asturianas, para cruzar a elfos con dragones y cuélebres, y acuñar el antecedente imaginario de un dinosaurio…
 
Ni hablaré de la crueldad de Felipe El Bello sacrificando a valerosos templarios enigmáticos, para hacerse infructuosamente del Santo Grial, combinando su ambición desmedida con la herética argumentación dada a la Copa Divina, y que ligara a la sangre del Cordero Inmaculado vertida en ella, para significar al linaje espurio de un Jesucristo Impoluto pero mortalmente concubinado -¿sólo en la actualidad?- con el devoto útero de María Magdalena…
 
Tampoco haré uso ni me remitiré a la contemporánea erudición del filólogo español Camilo Valverde Mudarra y sus certeros alegatos sobre el crecido número de Apocalipsis que conforman un tipo de literatura de la resistencia judaica, ignorada por estos tiempos, y que yacen sólo en los baúles de unos pocos sabios opacando los secretos de Henoc, el Testamento de los Doce Patriarcas, el cuarto libro de Esdras, el segundo de Baruc, la Asunción de Moisés y otros libros proféticos, como el de San Juan, con revelaciones (fingidas o reales), hechas por Dios o el Demonio a sus protagonistas, es decir a aquellos personajes de figuras veneradas de antiguo y precedentes al Esdras que encriptaban el nombre de sus verdaderos autores tras la milenaria astucia de la seudonimia...
 
Será algo distinto. Y simple. Algo tan simple como recordar a don Angelito Giúdice memorando a su vez y con noventa y dos años, lo que a los treinta y pico había vivido cuando, con su amigo Raúl y cerbatana casera en mano, terminaron presos una semana –para escándalo de familiares y amigos-, no precisamente por disparar certeras flechas de papel -cual remedo de Cupido-, a las movedizas nalgas de las mozas del barrio santafesino que asolaban con sus andanzas inmaduras, allá por la década del cuarenta en la Argentina del General..., sino por aterrorizar –burlones- al sordo de la esquina precisamente cuando, uno de aquellos misiles de maqueta que dirigían con tanta destreza, terminó golpeando con destreza y picardía al minusválido aquél en su rostro moreno de marginado económico y social –racial-, ahora morado –azorado- y herido levemente en uno de sus párpados, y derribado del susto como un totem de barro, harto temeroso frente a la posibilidad de incrementar su discapacidad actual con la otrora pérdida de un ojo, y violentado -por ende- a exigir, abogado mediante, la inmediata y dineraria indemnización de estilo... Pero felices el Angelito y el Raúl de abortar dicha multa, con algo tan simple como optar por quedarse los dos en el calabozo, hasta agotar el vicio por el juego al truco que, providencia mediante, acuciara al pariente comisario que oficiaba de conserje en ese hotel de mala muerte, pero propicio a tipos simpáticos como ellos o de mala vida como otros...
 
Y congeló el pensamiento: vio como su querido discípulo de taller literario, allá por los 70’ no había ido a tomar el colectivo, sino que venía caminando sin prisa a sus espaldas -como él antes. Iba al encuentro de aquella señora insinuada a unos cien metros de distancia y que él reconocía a pesar de la diferencia de años por su familiar y elegante silueta. Fue ahí cuando imaginó también que el metodológico escarceo intelectual propiciado a instancias del Código Civil que distinguía a sus jóvenes amigos como pareja, se mecería otrora burlón contra sus arquetípicos sueños reprimidos en cada curva de la jovial e inquietante figura femenina. Ella, Abogada y “periodista”, como él. Su amigo, Contador Público, y aspirante toda su vida a “escritor”, como él. O la simbólica –científica- expresión de un macabro casamiento entre primos. Digo, sería, quizá exagerando... Y tantas cosas por contar, que le dicen... Eso sí, nobleza obliga: otro día se lo aclaro, cafecito por medio prometido: es que, ¡claro que sigo escribiendo! ¡Si yo mismo, José Luis Pagés, autor de “Fidelia y otros cuentos”, soy un cuento viviente!
 
Al menos para Jorge y su mente afiebrada de escritor vocacional que, esa misma noche, resignando todo agobio administrativo, imaginó y boceteó este borrador, titulándolo –sin más remedio: cosas por contar (que le dicen).-

P.-S.

ADRIAN N. ESCUDERO - Santa Fe (Argentina). Breviario curricular

: Nacido en SANTA FE (ARGENTINA) (1951) - Autor de los libros de cuentos editados: “LOS ULTIMOS DIAS” (1977); “BREVE SINFONIA Y OTROS CUENTOS” (1990) y “Doctor de Mundos I - EL SILLON DE LOS SUEÑOS” (2000); continuado en saga con “Doctor de Mundos II - VISIONES EXTRAÑAS” (Inédito, 2005-2006) y “Doctor de Mundos III” - LOS ESPACIALES (2005-2006, en desarrollo); así como, entre otros, de los libros de cuentos inéditos: “NOSTALGIAS DEL FUTURO” - Antología Fantástica (Ficción científica) (La Botica del Autor, 2005); “MUNDOS PARALELOS y Otros Cuentos para un Semáforo” - Colección de Realismo Mágico (La Botica del Autor, 2004-2006); “DESDE EL UMBRAL - Terrores Cotidianos y de los otros” - Colección de Horror (La Botica del Autor, 2005-2006); LA TORRE DE LOS SUEÑOS (Y LOS SUEÑOS DE LA TORRE) (La Botica del Autor, 2005, en desarrollo), y “EL EMPERADOR HA MUERTO y Otros Relatos” - Colección de Realismo Mágico (La Botica del Autor, 2005-2006); todo sobre relatos inscriptos bajo registro en la Dirección Nacional del Derecho de Autor (Ministerio de Justicia y Culto de la Nación). Domicilio particular: Obispo Gelabert 3073 - (3000) Santa Fe (Argentina) - Te.: (0342) 455-4811 - E.mails: adrianesc@fibertel.com.ar y adrianesc@hotmail.com}.-

Este artículo tiene © del autor.

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