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LA PALABRA (V)

Pedro Fuentes-Guío

España



La palabra nace, como un brote de luz, de las entrañas del silencio, que es la madre amantísima que la cubre con su manto, o la tiene en su vientre como un feto hasta que se produce el alumbramiento. Partiendo de esta ligazón, tan entrañable y esencial, entre el silencio y la palabra, lo incomprensible es que se produzcan choques o desavenencias entre una y otro, por lo que debemos considerar como algo intolerable una guerra entre madre e hija.

Este acontecer que apunto, y que a primera vista puede parecer incongruente, totalmente utópico, se produce con mayor frecuencia de la deseada. ¿Cómo podemos admitir que el silencio se plante, como un dictadorzuelo venido a menos, en jarras y de forma imperativa, impidiendo que la palabra salga a la luz? ¿Có-mo podremos consentir que la palabra, enloquecida, vana y prepotente, se una con sus semejantes para impedir el paso a un momento de silencio? Para evitar que estas cuestiones se produzcan, partamos del siguiente convencimiento: La palabra es mágica, pero el silencio es sublime.

Es posible que seamos los escribidores, aunque sea en momentos muy determinados, y como una forma de autoafirmación, los que más hagamos de la palabra una abundancia, en lugar de transformar su uso en un equilibrio. Tal vez buscamos nuestro enriquecimiento espiritual, por aquello que decía Eugenio D'Ors de que "cuando se escriben muchas palabras resulta inevitable que se forje un espíritu". Creo que el uso de muchas palabras, si estas se ofrecen escritas, lejos de enturbiar el silencio, o de mutilarlo, lo enriquecen. No pasa lo mismo con la palabra hablada, esa verborrea, o riada alucinante, que desdora la imagen del que habla, por mucha lucidez o sabiduría que encierre su parlamento, al tiempo que hiere, taladra y sepulta al silencio en un abismo de ceniza.

Visto cómo la palabra interfiere en el propio ser del silencio, hasta llegar a dañarlo, hemos de admitir que también a veces el silencio, con más sombras que luces, se interpone en el camino de la palabra. Lo vemos casi a diario, el silencio hecho un tapón, una valla, una puerta cerrada y hermética, reafirmado en su pedestal, ignorando preguntas o insinuaciones que demandan la salida de una palabra. Este entorpecer el fluir de la palabra, que es el arma de nuestra comunicación y entendimiento, puede conducirnos a empobrecer nuestras comunicaciones y, por ende, el desarrollo armónico de nuestra vida.

Conclusión: que la palabra, ocupando unicamente su propio campo, no impida la floración de un silencio; que el silencio, administrando debidamente su mutismo, no interfiera en el uso y brillo de la palabra. Y los escribidores, que tanto amamos al silencio como a la palabra, nos quedemos con aquello que decía Ernest Hemingway: "Escribe, si puedes, cosas que sean tan improbables como un sueño, tan absurdas como la luna de miel de un saltamontes y tan verdaderas como el sencillo corazón de un niño".

(Continará)

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