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El maestro tijeras y la horma de su zapato

(cuento de tradición oral nº12)

Carmen María Camacho Adarve

España



A primeros del siglo pasado, cuando algún afortunado tenía una “aventurilla” había de ingeniárselas para hacer las cosas a escondidas y “soto vocee”, ya que el escándalo era peor que el pecado. Una práctica que solía dar resultados, en complicidad con el anonimato, la ignorancia, el alumbrado callejero, y el viento ese tan nuestro. Era la manera de hacer el fantasma, para lo cual se preparaba una buena calabaza a la que se le horadaban varios agujeros que simularían ojos y boca, se te metía dentro un trozo de tela encendida y se colocaba en la cabeza del pillastre, todo ello cubierto con una sábana; y, en la noche, daba mucho de sí para visiteos clandestinos. En tal atuendo y si se tenía a mano la cadena del perro para arrastrarla, mejor que mejor, el amador se echaba a la calle sembrando el temor en el vecindario, lo que dejaba expedito el camino a la casa de la amada. Claro que había el peligro de tropezar con algún bravucón de oficio, de los que hacen alarde de valientes, que deshiciera el encantamiento; pero el recurso consistía en ir armado con una retranca, y si alguien quería acabar con el fantasma por las bravas, descargarle un garrotazo y dejarlo fuera de juego para el resto de noche. La luz eléctrica fue mucho más eficaz contra estos desmanes, pues en combinación con el noctámbulo cuerpo de serenos, despejaron de fantasmas los barrios de la ciudad, para tranquilidad de maridos confiados o conformistas, que de todo hay en el mundo. Así las cosas, y ya en la tercera década del siglo pasado. Sucedió lo más que abajo les narro.

La horma de su zapato

Erase que se era... Un Don Juan local tuvo la suerte de dar con la horma de su, llamémosle zapato, en evitación de censuras. Vivía ella, la horma, en una calle sin salida del barrio de la Catedral, relativamente cercana a la Merced.

El hombre era tan prudente, o quizá estuviese dotado de “freno contra pedal”, que, habiendo calculado las horas más idóneas para no llamar la atención, mantuvo varios años su “ronco” sin que trascendiera lo más mínimo. Pero, como dice el refrán: “No hay bien ni mal que cien años dure”.

Había en Jaén un sastre muy conocido y trabajador, solterón y devotísimo de Nuestro Padre Jesús Nazareno, cuya imagen visitaba diariamente, bien temprano y antes de agarrarse al trabajo.

En su taller se hacía tertulia casi permanente por clientes y amigos incondicionales.

Manejaba unas descomunales tijeras, las mayores que yo he visto, y como era muy dado a criticar al prójimo, mientras trazaba y cortaba con el tijerón, le daba a la “sinhueso”, que era su tijera espiritual, de forma despiadada.

Por ello le apodaban “El Maestro Tijeras” y contaba con un coro que le alentaba y se encargaba de propalar a los cuatro vientos (más el particular de Jaén) lo que el sastre hubiese “cortado” en su mentidero particular.

No había secreto ni secretillo, sobre todo si era de faldas, del que el “Maestro Tijeras” no supiese hasta los más recónditos arcanos. Ello redundaba en que, pasados unos días, la cosa era de dominio público.
Las circunstancias son inescrutables. (Permítanme filosofar un poco).

El hado anda suelto haciendo fechorías y una fuerza magnética sutil, pero potente, influye en la vida de los humanos superando las previsiones más acertadas, las inmejorables y planeadas estrategias.

Así, nuestro Don Juan prudente, del que hablábamos más arriba, una madrugada en la que salía de pasar la noche en la “horma”, disfrutando no sólo de la pareja, que es una baza, sino también del secreto, que es ya mayor, se topó con el “Maestro Tijeras”, que, en aras de su devoción, y según había por norma, se dirigía a la Merced, pero no por su camino habitual, sino dando un rodeo que le obligaba a pasar por la bocacalle en que anidaba el pecado.

Cuando el empecatado quiso apercibirse, ya era tarde. Desolado y sin capa, pues era verano, miró al fondo, a derecha e izquierda, tratando de disimularse en algún hueco, de puerta o ventana.

Hubiera dado lo que le pidiesen por que la tierra le tragara, como se dice en estos casos. Don Juan y despellejador quedaron frente a frente; y mientras éste daba con retintín los buenos días, aquél sólo acertó a decir horrorizado: “¡Atiza, el sastre!” Manuel.

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