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LA PALABRA (VI)

Pedro Fuentes-Guío

España



Se ha ido el año por la alcantarilla de su inercia, por el codo de la vida, y se ha llevado las luces que, al final, se tornaron sombras para poder marcharse. ¿Se ha llevado el año también las palabras, o las palabras quedan? "Se van, sí, las palabras, pero ya hay que pensar en las próximas, porque en el almanaque de lo venidero ya apunta, paladín de su causa, el día primero del año", escribía estos días el poeta Carlos Marzal. Quizá lo que se vaya no sean las palabras, sino su significado, su mensaje, todo aquello que nos dijeron, o quisieron decirnos, aunque en alguna ocasión no las prestáramos atención.

El año se lleva nuestras penas pasadas, aquellos latidos de sombra, de virtud rota, los escozores que nos hicieron sentirnos bajo el agua, sepultados en el líquido de la impotencia, los días en los que nunca salió el sol. Pero nos queda para ser usada de nuevo en el año que empieza la palabra "pena", que se revitaliza con el nuevo sol, se enarbola en el aire, en la mirada y hasta en el vuelo de las mariposas.

Desaparecen las viejas alegrías, aquellos andamios de luz en los que estuvimos subidos, estertores en la sangre caliente, cascabeles del silencio, enigmas de pasión, borbotones de suspiros, días de miel y rosas. Pero se queda con nosotros la palabra "alegría", que tira sus ropajes de luto, envejecidas ropas, para adornarse con nuevos chales, como una joven y bella damisela dispuesta a entrar en el baile.

Nos abandonan los proyectos que, realizados o no, ruedan por el monte del olvido, corderillos huyen a sus apriscos, espadas enfundadas, cadencias y sonidos que dejan de escucharse. Pero permanece la palabra "proyectos", que se hace látigo implacable, que nos golpea, nos empuja, nos abre ventanas para mostrarnos nuevos horizontes.

Se van algunos amigos, que formaron parte de nuestra luz y nuestra sombra, que se hicieron codo con nuestro codo, paso en nuestro paso, abrazo en un mismo pecho, amigos que un día fueron nuestro gozo y que, al marchar, nos dejaron una lágrima ensoberbecida y cruel. No se va, ni se muere, porque es imperecedera, la palabra "amigo", que abre de nuevo su abanico buscando nuevas manos, nuevas voces, nuevos calores donde ensamblar su aire. Se pierden, en el adiós del año, los viajes pasados y sus paisajes, el dinero gastado y sus consecuencias, los libros leídos y sus enseñanzas, pero permanecen las palabras: "viajes", "dinero" y "libros", palabras que nos abrazan nada mas abrir la ventana del nuevo calendario. Todo ello, por tanto, me hace pensar que la palabra nunca se va, ni se traslada, sino que permanece, fiel a su destino, en el pedestal de nuestra vida. Igualmente permanecen las ciudades, los pájaros y sus vuelos, que no saben de años pasados ni venideros, porque son lo que son, como todas y cada una de las palabras, candiles encendidos de nuestro vivir.

(Continuará)

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