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NIÑOS LIBIOS CONTAGIADOS

Camilo Valverde Mudarra

España



Siempre los niños

Siempre los niños, siempre el mal se ceba en ellos, siempre son pasto del dolor y el sufrimiento. Hay que tener las entrañas retorcidas por la negra hiel de la maldad, para causar conscientemente tan terrible contagio a los niños, ni a nadie.

Un Tribunal Penal de Trípoli ha condenado a muerte a cinco enfermeras búlgaras y un médico palestino al considerarlos culpables de contagiar deliberadamente el sida a más de 400 niños libios. Las cinco enfermeras y el médico, según noticias de la prensa, fueron encarcelados en febrero de 1999 y condenados a muerte en mayo de 2004, aunque en diciembre de 2005 el Tribunal Supremo de Casación de Libia anuló la condena y ordenó la revisión del juicio por considerar que se produjeron fallos en el procedimiento. Las familias de los niños contaminados han venido reclamando una "sentencia ejemplar" contra los acusados y reclamaban 15 millones de dólares de indemnización por cada uno de ellos.

La desidia, la irresponsabilidad, la codicia y la maldad se ceban con los niños, con los débiles; los niños son pasto fácil de la necesidad y la pobreza entre la prostitución turística y la subyugante esclavitud; son prontas víctimas de la garra del abandono, de los maltratos y aún de la inundación y la catástrofe; para ellos, no hay atenciones y alimentos suficientes, cimentaciones consistentes ni estructuras adecuadas en muchos países del planeta e incluso en las calles mendicantes de nuestras luminosas y prósperas ciudades. En las zonas urbanas, entre el 30 y el 40 por ciento de los niños, viven bajo el umbral de la pobreza. La salud de los niños es precaria sin seguros, sin exámenes médicos ni vacunas, con una tasa de mortalidad infantil y juvenil de cifras aterradoras. Muchos corroídos por el SIDA sin alcance de medicamentos, mueren sin tratamiento, a los que sumamos estos infectados por la degeneración.

El grito desgarrado de los niños no podemos silenciarlo; el grito de las favelas, el grito de la orfandad solitaria, el grito de la mendicidad callejera, el grito, que rebusca en las basuras, clama contra la injusticia. Exige atención, respeto digno al justo reparto de la riqueza de este mundo que no pertenece sólo a unos cuantos vivillos. El mal asedia, se resiste y campea; la maldad vigila, ahoga y asesina, si no se refrena, se combate y se extirpa. No hay que soportar ni permitir su existencia. Hay que cultivar la virtud y pisotear con denuedo la maldad.

La sociedad ha instalado el culto al dinero, la búsqueda del placer y el servicio de su yo, en un feroz egoísmo del todo vale, de la trepa y el triunfo; desnaturalizada ha abrazado el relativismo absoluto y el laicismo y ateísmo galopantes; se ha desprendido de los valores humanos y espirituales; y, desechando la tradición, el amor y la paciencia, como antiguallas inservibles, se rige por la inhumanidad, la agresividad y el olvido.

Camilo Valverde Mudarra

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