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LA PALABRA (7)

Pedro Fuentes-Guío

España



Somos multitud, como es bien sabido por todos, incluidos los de mente estrecha y retorcida, los que tenemos la palabra por el arma arrojadiza predilecta. Los escribidores -los llamaremos así para entendernos-, unos con doctorado oficial y acreditado, otros sin un mínimo diploma como garante, manipulan la palabra, la llevan, la traen, la estrujan, la pulen, la enaltecen, la denostan y hasta la humillan muy por debajo de sus posibilidades. Es preciso decir a estos insensatos, muchos de los cuales actúan (actuamos) como libélulas locas y desheredadas, que  deben tener mucho ojo, pues las palabras las carga el diablo.
 
Los escribidores, por inclinación natural o por soberbia prepotente, no pueden evitar hacer de la palabra su arma, pues no tienen otra, o su dardo, que unas veces les sale lírico, benevolente y hasta besucón, y otras se torna envenenado. Sea como fuere, es preciso tener en cuenta que no se puede escribir con el mismo tono, ni con las mismas palabras, si tratamos de hacer apología del coño, pongamos por caso, como si intentamos defender la pureza de María Santísima. Habrá de emplearse un tono distinto, palabras diferentes en uno u otro caso. Y si, empecinados en el enamoramiento de ciertas palabras, esas que nos pueden y condicionan, decidimos emplearlas tanto para dar luz como para proyectar sombra, hemos de tener presente que es deber ineludible adobarlas, edulcorarlas, salpimentarlas con salsas y aditamentos especiales, quitándolas la acidez y las aristas, o aumentándoselas, según el caso, que su propia naturaleza encierra. 

El hombre debe saber que la palabra, ese don de Dios o de la Naturaleza, que tanto da, no es lo mismo que un calentón de entrepierna, que podemos utilizar alegremente, y por un impulso incontenible, cuando se nos presenta el arrebato. Por ser don de Dios, o de la Naturaleza, que tanto da, la palabra forma parte de nuestro ser más íntimo, entrañable y fluorescente. Así parece entenderlo Pedro Laín Entralgo cuando nos dice: "¿No se habrá de llamar "ánfora del ser" a la palabra, este grande, este inmerecido obsequio de Dios?"

Cuando los escribidores hacemos un uso abusivo de la palabra, o la emponzoñamos, lo mismo que puede hacer, y de hecho hace, cualquier criatura humana que va por la vida como peatón, estamos traicionando nuestra propia esencia, cegando la fuente de la cual bebemos, cortando el árbol que nos da sombra, envenenando el aire que respiramos, como si tuviéramos un afán especial por matar lo más esencial de nosotros mismos, porque, tal y como nos dice Julián Marías, "el hombre es razón, pero ante todo es palabra".

(Continuará)

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