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LA PALABRA NO ES DARDO NI FLOR

En respuesta al artículo de Pedro Fuentes-Guío, "La palabra" (7)

César Rubio Aracil

España



Con la palabra enamoramos y maldecimos.

La palabra no es dardo ni flor, pero puede herir de muerte.

 

 

La palabra es sonido articulado, cuya significación debemos respetar. Ésta, en cuanto a la fonética se refiere, puede ser dinámica o estática dependiendo de su empleo. Si escrita, sonido estático; si hablada, dinámico. En ambos casos, como vocablo, en mi criterio, inocente. No obstante (completamente de acuerdo con Pedro), en la mente del “escribidor” prepotente suele comenzar un desarrollo semántico de nefasta influencia, e incluso el sonido estático del término puede quedar distorsionado. Por ejemplo en el caso del infinitivo, “follar”. Esta expresión ¿malsonante?, dependiendo de quién la escriba o pronuncie, y de su contexto, dignificará el término o lo degradará. La palabra nunca es culpable de su utilización por el escritor o por el “escribidor”, únicos responsables de su aplicación. El médico es garante de la salud ajena; el ebanista, del mueble perfecto y el eclesiástico de su representación divina. El escritor, por su misión de cronista de la vida, tiene el deber de usar la palabra con esmero y no, como es costumbre del “escribidor”, manipularla según sus propias inclinaciones del momento. Sin embargo, llamamos “escritor/ra” a quien obtiene beneficios de las Letras, y en muchos casos “escribidor/ra” al resto de la cordada literaria. En ambos supuestos, todos/as deberíamos sentirnos responsables al escribir para ser leídos.

 “Responsables”, decía/digo, por razones de salud mental propia y colectiva. A diferencia del dinero, siempre al servicio de la riqueza particular, el verbo tiene más de 6000 millones de dueños; pero se trata de un poder de inimaginables consecuencias, capaz de crear dolorosas revoluciones sociales y motivos para la paz. Tanto el escritor como el escribidor debemos usar la palabra con sumo cuidado, evitando en lo posible la discordia. El efecto de una sola palabra es capaz de matar una amistad conseguida a fuerza de no pocos sacrificios. ¿Merece la pena elegir el vocablo y darle forma más allá de su significado?

 No sé si la naturaleza de la palabra es divina o humana, mas no ignoro cuáles pueden ser sus consecuencias después de pronunciada o escrita. Desde luego, no me eximo de haber utilizado ciertos vocablos para herir a mi prójimo; pero, con intención malévola o con fines místicos, me declaro enamorado de nuestro léxico y procuro enaltecerlo. Esto es lo importante, porque no podemos evitar la carga de bondad y maldad nacida de nuestros arquetipos, aunque sí tenemos suficiente capacidad mental para pensar en los demás.

 La palabra no es dardo ni flor, sino el vehículo de nuestra naturaleza cósmica para viajar de manera inexorable al mundo del silencio.

 

César Rubio (Augustus)

Miembro del Grupo
Escritores Castellano-manchegos y de La Mediterranía
y colaborador de Metáfora.

Este artículo tiene © del autor.

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