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LA MIGA DE PAN

Minicuento

César Rubio Aracil

España



A veces, los olvidos acarrean serios problemas que pagan los gatos.

Aquilino caminaba con recelo. La noche era oscura y las calles por donde discurría, escasamente iluminadas, no proporcionaban seguridad a los viandantes. Unido a esta circunstancia, el afán por encontrar abiertos un bar, panadería o comercio de alimentación, le causaba desasosiego. Había quedado con una dama recién conocida y no deseaba por nada del mundo llegar tarde al encuentro convenido. Sin embargo, no hallaba ningún establecimiento de servicio para atender su urgente precisión. Una miga de pan, un trozo de galleta o cualquier pasta comestible le habrían sacado de apuros. Consultó su reloj. Todavía faltaba media hora para la entrevista.

Después de vagar por callejas empedradas y calzadas polvorientas, al doblar una esquina, Aquilino se tropezó con una anciana, quien, apenas requerida para obtener información, aceleró el paso sin responder, hasta llegar a una casa de planta baja y colarse en ella dando un portazo. ¿Tengo cara de maleante?, pensó el sorprendido galán, emprendiendo de nuevo su marcha hacia no sabía dónde.

Faltaban apenas unos minutos para cumplir con su compromiso cuando, de repente, nuestro hombre, por las explicaciones recibidas de Matilde (la señora con quien estaba a punto de volver a encontrarse) observó, no lejos de donde se hallaba, la cúpula de la única iglesia del pueblo, lugar de la cita. No obstante el inesperado hallazgo, ¿dónde toparse con un bar abierto, pastelería o simplemente, hubiera sido lo mejor, una farmacia para satisfacer su urgente necesidad? ¿Acaso en este pueblo no se come pan, ni se bebe ni se enferma ni se jode?, pensó Aquilino, ya su talante dislocado y con un cabreo total. (Digámoslo a sovoz: el enamoradizo macho deseaba quedar bien con su “chica”, aparentar seriedad y convencer a Matilde de su nobleza y hombría. Partiendo de este punto -él soñaba con braguitas negras y rojas, de encaje-, el resto de la aventura lo consideraba casi resuelto, aunque no le salían las cuentas por culpa de una miga de pan.)

Desconsolado, y a punto de abandonar su empresa, Aquilino observó de lejos, en dirección a la iglesia, un grupo de gatos en torno a una envoltura blanca. Ni corto ni perezoso, echó a correr con la intención de disputar a los mininos su casi segura pitanza, y, ¡zape!, adueñarse del condumio.

En efecto, los felinos, espantados ante las voces destempladas del usurpador, ¡maramiau!, obviaron su derecho y se pusieron a salvo.

El envoltorio, de plástico, contenía restos de pescado y otros desperdicios, entre los cuales destacaba un trozo de pan moreno. Como el tiempo iba a la suya, nuestro protagonista no dudó en adueñarse de la mixtura. Sentía náuseas al pensar en la inmediatez de su obligada conducta. Llevarse a la boca unas cuantas migas de un pedazo de pan lamido por los gatos, le suponía un serio trastorno; mas, limitando su repugnancia a fuerza de pensamientos obscenos, masticó como pudo y ensalivó la masa maloliente. Luego, pensando en su inminente futuro para no echar los hígados, extrajo de un bolsillo del pantalón su prótesis dental, la acopló a las encías y salió disparado en busca de Matilde.

César Rubio (Augustus)

Miembro del grupo Escritores Castellano-manchesgos y de La Mediterranía y colaborador de Metáfora.

Este artículo tiene © del autor.

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