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LA PALABRA (8)

Pedro Fuentes-Guío

España



Alguna vez he pensado si la palabra, en su nacimiento, al salir del vientre del silencio, era niña, neófita, como suelen ser un perro, un hombre o un árbol, y después iría creciendo, desarrollándose, haciéndose adulta. Por muchas vueltas que le he dado a esta idea, jamás he llegado a una conclusión convincente, por lo que termino por admitir que la palabra en todo momento es mayor de edad, con plenas facultades físicas y mentales.
Para reafirmarme o desdecirme en estas dudas, me he puesto a analizar el nacimiento de una palabra, nacimiento al que yo asistí, aunque sin más méritos que el de ser cercano al poeta que la parió. El poeta en cuestión era Lope Mateo, con quien me unió una entrañable amistad. Un buen día, como cualquier padre que acaba de serlo, me dijo que acababa de inventar una palabra: "celistia", que significa el brillo y luz nocturna de las estrellas. Estaba inventada, engendrada, parida y puesta a andar, pues ya la había metido en un soneto escrito en ese momento. Leí aquella palabra, recién estrenada y ya brillante, especialmente por su significado, y me pareció adulta, con pleno desarrollo, como si existiera de toda la vida.
Después, al marcharme del lado de Lope Mateo, traté de imaginar como habría sido el engendro y parto de aquella palabra. El poeta se quedó mirando al cielo, en una noche estrellada, y su mente sintió una llamarada, una luminosidad, como un latigazo, y de ese semen de inquietud mental, de ese vientre fertilizado con la imagen celeste, nació "celistia", niña loca que venía al mundo para que los poetas la usáramos en nuestros partos poéticos, especialmente yo, a quien Lope Mateo nombró heredero de la misma al morir. Esto me ha recordado aquello que decía Vicente Huidobro: "Las palabras tienen un genio escondido, un pasado mágico que sólo el poeta sabe descubrir".
Cada vez que en un poema, o en un escrito en prosa, coloco la palabra "celistia" - y creo que en alguno de estos artículos ya la he utilizado-, siento un placer especial, una caricia luminosa, no sólo porque al hacerlo me viene el recuerdo del amigo perdido, su padre, de su esencia poética, de toda su profunda humanidad, sino especialmente porque, aunque yo la considere adulta, totalmente formada, la palabra en sí me parece estar llena de pureza, no adulterada, no manoseada, quizá por su falta de rodaje. En ella no han entrado los dardos envenenados de las mentes retorcidas, ni las ideas putrefactas, ni las manos sucias de adulteraciones y manejos materialistas. Ahí está, pura como el nacimiento de un arroyo en la montaña, la palabra "celistia", niña sabia que nos habla del cielo y las estrellas, de la noche y sus misterios, como si fuera una n ueva ventana en los calen darios del lenguaje. Y yo, por mi parte, me repito aquello que afirmaba Thomas Mann: "Jamás había sentido con tanta dulzura el placer de la palabra, nunca había visto tan claramente que Eros alienta en ella".

(Continuará)

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