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LA PALABRA (10)

Pedro Fuentes-Guío

España



Partiendo de la afirmación de que el hombre es la medida de todas las cosas, acuñada por los sabios de la Antigua Grecia cinco siglos antes de Cristo, y siguiendo por la consideración de que la medida del hombre la dan sus propias palabras, podemos llegar a la conclusión de que la palabra es la medida de todas las cosas. El hombre que habla se retrata, el silencio del hombre le define, pues hasta la ausencia de palabras es elocuente, y no digamos nada del hombre que escribe, especialmente el que no hace otra rosa en toda su vida más que escribir, vivir de, por y para la palabra. En un artículo reciente, el escritor Paul Auster se definía así: "Encerrado en una habitación con la pluma en la mano, hora tras hora, día tras día, año tras año, esforzándose por llenar unas cuartillas de palabras con objeto de dar vida a lo que no existe... salvo en la propia imaginación. ¿Y por qué se empeñaría alguien en hacer una cosa así? La respuesta es la siguiente: porque no tiene más remedio, porque no puede hacer otra cosa". ¿Y por qué?, seguimos preguntándonos. Puede ser porque hay seres enamorados perdidamente de la palabra, hasta el extremo de que, más que su arma o su herramienta, es su aire, su pan, su sueño, el alimento de su vida, de su caminar, es su todo. Siguiendo con las afirmaciones de Paul Auster, el novelista norteamericano nos dice: “¿Qué sentido tiene el arte, y particularmente el arte de narrar, en lo que llamamos mundo real? Ninguno que se me ocurra, al menos desde el punto de vista práctico. Un libro nunca ha alimentado el estómago de un niño hambriento. Un libro nunca ha impedido que la bala penetre en el cuerpo de la víctima. Un libro nunca ha evitado que una bomba caiga sobre civiles inocentes en el fragor de una guerra". Después de hacer este análisis, Auster llega a la conclusión de que el arte de narrar es inútil, al menos comparado con el trabajo de un fontanero, un médico o un maquinista, para llegar a preguntarse: "¿Qué tiene de malo la inutilidad?" Y termina respondiéndose: "El valor del arte de narrar reside en su propia inutilidad". Y yo añado: El valor de la palabra con la que se narra radica en su propia magia. La palabra, unas veces con su inutilidad al convertirse en arte, y otras por sus poderosos efectos, no siempre positivos, mueve el ánimo del hombre, es su pedestal y su palanca, y no sólo del que vive de ella, como puede ser un novelista o un poeta, sino de todo ser humano que camina por esta tierra de Caín. Sin la palabra, el hombre sería mudo, la vida sería muda, el sol sería mudo, el aire sería mudo, y tú y yo, mientras no se invente la trasmisión de pensamiento, no podríamos decirnos lo contrario de lo que pensamos, ¡esa perversidad del hombre, que no de la palabra! Para concluir positivamente, quedémonos con la admiración del poeta Felipe Benítez Reyes por la palabra, al decirnos: "Qué impuras las palabras por sí mismas, qué infieles a sí mismas las palabras, a fuerza de ser fieles y ser puras.

(Continuará)

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