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LAS BIENAVENTURANZAS

Camilo Valverde Mudarra

España



Domingo VI T. ordinario: (Jr 17, 5-8; Sal 1, 1-6; 1Co 15, 12.16-20; Lc 6, 17.20-26)

Jesucristo hoy anuncia el Reino de Dios a los más pobres, que ya estaban presentes en el precioso Himno del Magnificat que entonó la Virgen María tras la Visitación: “Ha colmado a los hambrientos y, a los ricos, los despide vacíos”.

El género literario de las bienaventuranzas es un producto semita. Las S. Escrituras las emplean varias veces: (Sal 1,1-3; 31,1; 41,2; Prov 3,13; 8,34; Eclo 14,1; 28,23, …), “¡Maldito el hombre que confía en el hombre. Bendito el hombre que confía en Yahvé” (Jr 17,5-8). “Dichoso el hombre que se aparta del consejo de los impíos” (Sal 1,1), lo mismo que los escritos rabínicos.

Mt y Lc difieren en el número; ordinariamente se admiten ocho en S. Mateo, pero atendiendo a su simple diferenciación literaria, parece que el número es de nueve. Estas nueve “sentencias exclamativas” forman el exordio solemne del sermón de la montaña (Mt 5,3-12) y constituyen una síntesis del mensaje evangélico, como programa de vida cristiana. Al mismo tiempo, se presentan como formas concretas de concebir la felicidad del hombre. Pero, el tercer evangelista expone cuatro: Bienaventurados los pobres, los hambrientos, los que lloran y los desechados y proscritos; en parangón con otras cuatro imprecaciones que se corresponden en sentido negativo: “¿Ay de vosotros los ricos, los hartos, los que ríen y los que gozan de consideración”.

La sociedad actual abocada y sitiada por el relativismo, el hedonismo y el consumismo desecha el espíritu cristiano y, por lo mismo, no quiere saber de la mirada misericordiosa de Dios hacia los pobres, los perseguidos por confesar su nombre y la acerada crítica contra los que ponen su confianza en el dinero. Las Bienaventuranzas la descolocan y la desestabilizan en medio del fragor de una vida en que prevalecen el vacío y los valores mundanos.

Jesucristo dirige su palabra indicando el comino de salvación y de bienestar. Palabra que va al corazón del hombre, que expresa el amor de Dios por su criatura, que envuelve y estremece invitando a despojarse de la confianza en sí mismo y en las cosas. Se afana el hombre en buscar la felicidad y la alegría. Cristo la ofrece en la práctica del amor; en el Sermón del Monte, define la felicidad, la bienaventuranza. Jesús propone un estilo de vida que llega con el Reino; da un mensaje de esperanza, una palabra de aliento; comunica la verdadera felicidad fundamentada en el desinterés y el amor a la justicia que es la voluntad de Dios. Hay que estar en disposición de acoger la mirada de Dios en Jesucristo, palpar en el alma el Reino de Dios y, sabiéndose amados, desprenderse de todo, para que Dios entre y colme plenamente el ser. Despojados y desprendidos de los afanes, se alcanzará la felicidad: “Dichosos los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios”, y el Reino de Dios, es el tesoro escondido por el cual se vende todo y se busca y adquiere. Para tener de verdad a Dios, se han de dejar los ídolos, los dioses falsos: intereses, prestigio, riqueza y poder.

El orgullo y el enriquecimiento cierran la disposición y ciegan la visión de la verdad evangélica. El Evangelio abre al amor, ilumina la fe y lleva al conocimiento del Reino. Las Bienaventuranzas conducen a Jesucristo y a valorar su mensaje.

Camilo Valverde Mudarra

Este artículo tiene © del autor.

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