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EL ROMANTICISMO ESPAÑOL

En defensa de un hecho histórico (Primera Parte)

César Rubio Aracil

España



Ver salir la luna y poner los ojos en blanco no es romanticismo.

No podía ser de otra manera. España, acunando en su memoria el clasicismo mientras en Inglaterra, Alemania y Francia iba consolidándose la idea romántica, quedó rezagada del impetuoso impulso no sólo literario, sino también ideológico, que pugnaba por abrirse paso en Europa a expensas del pensamiento aristotélico y, no menos, platónico, de la época. Cabe pensar, por tanto, qué podría haber sucedido si la descendencia cervantina hubiera seguido los pasos iniciales de Young, de Akenside, de Hervey, Gray y Percy en calidad de iniciadores del prerromanticismo: liviana aproximación a lo que, transcurrido el tiempo y sembrada la semilla romántica, acontecería con sobrada fuerza para generar una nueva visión literaria y humana.

Teniendo en cuenta que con el teatro de Lope de Vega, sólo por citar un caso, se creó una novedosa dramática, opuesta a los dictados aristotélicos, cabe pensar en los impedimentos habidos para que la España quijotesca se sumase al romanticismo sólo después de la muerte de Frenando VII, aceptando –al menos en principio- las ideas foráneas y no los naturales impulsos de un país, como el nuestro, de notable imaginación. Si España tuvo a su favor la aquiescencia de literatos, viajeros y artistas europeos, por cuanto fue ensalzada como “país romántico” por antonomasia, ¿qué otro calificativo se le habría otorgado, no de haber sido motor sino simple correa de transmisión de semejante idea revolucionaria? Digo esto en consideración al prestigio literario de los españoles de todos los tiempos y no por chovinismo.

España tuvo motivos más que suficientes para haberse sumado con prontitud a la revolucionaria idea romántica; sin embargo, al menos en mi criterio, su raigambre al cristianismo le impidió el cambio ideológico necesario para dar una vuelta de tuerca a la metafísica aristotélica, como asimismo al concepto reduccionista imperante. No en vano el peso medieval, aferrado a la fe católica y sustentado en buena medida por las Letras, redujo casi a cenizas, en su momento, el ingenio hispano. Si escarbásemos en nuestra historia, posiblemente encontraríamos debajo de cada piedra algún matiz romántico. Porque el romanticismo, dígase lo que se diga, todavía no ha sido definido de manera convincente como para asegurar su significado.

Si el poder creativo de los españoles ha sido notorio, a juzgar por la obra legada al mundo aun con anterioridad al Siglo de Oro, sin despreciar los avances pictóricos y otras artes, ¿cómo es posible –me pregunto con asombro- que el romanticismo tomase cuerpo en nuestra piel de toro cuando ya en Francia, en Rusia, Alemania e Inglaterra y otros países europeos declinaba o casi había desaparecido? Claro, la nueva idea exigía el regreso a la naturaleza, al yo y, no menos, demandaba la libertad imprescindible para poner en tela de juicio razones históricas y religiosas obsoletas. El panteísmo, en el aspecto religioso, fue determinante en el romanticismo.

No me cabe en la cabeza que un pueblo como el nuestro, quijotesco por excelencia, quedase rezagado en aquellos tiempos. Sólo si tenemos en cuenta el dogmatismo religioso de nuestros compatriotas de entonces, como se acaba de señalar, aferrados a la cruz, podremos comprender que fuésemos capaces de arremeter contra los molinos de viento, aunque no, o sí pero con titubeos, contra la curia romana. En definitiva, batallar con los “gigantes” no deja de ser un rasgo romántico, uno de los muchos aspectos con que se viste el romanticismo. No obstante, es obligado pensar en que una de las cualidades del romanticismo descansa en el enfrentamiento a los poderes para liberar los principios espirituales humanos. En gran medida, se trata de una profunda crisis metafísica. Mas, de igual manera, debemos tener clara conciencia de que el romanticismo también fue poesía, teatro y prosa, es decir, literatura. Literatura, insistimos, a la que tuvieron brillante acceso a lo largo del siglo XIII, todavía en germen la explosión romántica, personalidades de la talla de Jovellanos, Cadalso y Meléndez Valdés, quienes hicieron referencia en sus obras al problema de la metafísica sentimental y al concepto panteísta del universo, valores fundamentales del romanticismo a partir del siglo XIX.

Para encontrar los auténticos orígenes del romanticismo español, convendría leer la Historia de Pers; estudio en el que se refleja la huella indeleble de nuestro pasado romántico como constante del carácter hispano. Esto viene a confirmar, como citan no pocos excelentes eruditos, la evolución romántica –no sólo en España-, parsimoniosa, hasta reventar en la revolucionaria idea que todos conocemos. Incluso en nuestros días, si ponemos un poco de atención al comportamiento humano, se dan situaciones de innegable tinte romántico. ¿No sucedió así hace unos años con el "Che", idealizando con su conducta generosa unos justos motivos de rebelión sociopolítica? ¿No fue el extraordinario místico y hombre de ciencia, padre Teihlard de Chardin, un romántico dispuesto –diga la Iglesia lo que quiera- a abrazar el panteísmo aun sin renunciar a Cristo? ¡En nuestro tiempo!, démonos cuenta, cuando la sociedad mundial camina en dirección al foso de su oscura conciencia y el romanticismo provoca carcajadas.

En las obras de Lope de Vega y Calderón pueden apreciarse síntomas de romanticismo, aunque ajustados a una moral, y obediencia a la monarquía, que nada tienen que ver con el "Don Álvaro", del duque de Rivas. Sin embargo, impedimentos religiosos y monárquicos aparte, se vislumbra en sus creaciones –en mi criterio- una tibia aproximación al fenómeno de referencia.

Para concluir este artículo: España, es cierto, se sumó al Romanticismo ya tarde, cuando declinaba o había desaparecido en varios países europeos. No obstante, en justicia y no por patriotismo, merece mejor trato que el otorgado por algunos eruditos.

César Rubio (augustus)

Miembro del grupo
Escritores Castellano-manchegos y de La Mediterranía y Colaborador de Metáfora.

Este artículo tiene © del autor.

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