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SAN JUAN DE LA CRUZ

Camilo Valverde Mudarra

España



El Amado

El poeta abulense de Fontiveros tiene el alma entroncada en la Sagrada Escritura; a la vez, conocía a fondo la teología tomista y lo más relevante de la tradición mística española y extranjera. Su profunda formación religiosa bebió también en las doctrinas platónicas -la idea de Dios como Belleza absoluta- como las exponían León Hebreo o Castiglione. Sin embargo, parece que no alcanzó una gran cultura humanística, aunque dominaba el latín. La Biblia fue su libro más íntimo; en su obra, resuena el eco profundo de una muy intensa lectura del Cantar de los Cantares. El elemento nuclear de su poesía se halla en el Verbo Encarnado; su palabra humana por medio del verso se entronca en la Palabra Divina, el Amado. En la búsqueda de la unión total con Dios, logra, en matrimonio místico, el entronque con el amado, hasta confundirse en un "unum", en el que dos almas se diluyen en un solo ser.

Es preciso tener en cuenta, aparte de sus comentarios, su vida y su doctrina, de lo que no se puede prescindir, para conocer y enjuiciar sus poemas. Considerando las circunstancias especiales que rodearon al autor, se llega a captar una esfera de delicado comportamiento espiritual, no conceptual; se insinúa un halo sutil entre los versos, que los conforma de una trascendencia, a la vez humana y divina. Y, desde ese punto, se sublima hacia arriba y transfiere el tema del amor profano, al ámbito del amor divino, en el que se trasfunde el proceso de anonadamiento místico del alma a Dios, hasta llegar al matrimonio inefable.

San Juan de la Cruz tenía una auténtica índole de poeta. Se ha escrito que gustaba de la soledad y que, con frecuencia, se embebía en la visión de la noche de estrellas. Su obra lírica avala estas referencias y muestra su honda sensibilidad en su deliciosa delicadeza de afecciones y su esmerada elegancia anímica. Ante estas dotes, sustentadas por una percepción intelectual extremadamente sutil, Santa Teresa, llena de admiración, exclamaba: "Es demasiado refinado; espiritualiza hasta el exceso". Hay que destacar también la fortaleza con que llegó a superar las más duras penalidades, hecho que viene a mostrar un hombre de enérgico carácter viril, recto y cargado de valores intrépidos.

La tesis de San Juan se halla en torno al símbolo de la "Noche oscura”. La imagen ya rodaba por la literatura mística, pero, al impulso de su pluma, se reviste de tales resonancias que se hace novísima y aparece en el espacio poético con traje completamente original. La noche, sustrayendo los límites de la realidad, evoca la eternidad y se traduce en un símbolo de la negación "activa" del espíritu al mundo perceptible o del absoluto vacío espiritual; "noche oscura" es también para él todo el cúmulo de horrendas pruebas con que Dios purifica al hombre. A tenor de esta significación, expresa la idea de una "noche del sentido" y de una “noche del espíritu", "pasivas" y situadas respectivamente al final de la vía purgativa y de la iluminativa. Dos experiencias en que el alma sufre una desolada sensación de soledad y abandono y enormes tentaciones que, una vez vencidas, transportan a un estadio de esperanza luminosa, pues "Dios no deja vacío sin llenar".

La obra de San Juan no recorre, como la de Santa Teresa, todas las fases del proceso místico, sino, solamente los puntos que median entre la "purgatio" y la "iluminatio", y de la "iluminatio" y la "unio". El poeta gusta de eliminar toda referencia a lo concreto, por lo que asegura que quedarse simplemente en la consideración de la humanidad de Cristo sólo es adecuada para principiantes. Insiste en la valía superior de la oración íntima, frente a la externa, por el camino de la teología ortodoxa más pura. Expone su mensaje con claridad y coherencia, pero la profundidad conceptual y su tono, muy lejano de la expresión popular de Santa Teresa, impidió que abarcase amplios espacios sociales.
San Juan escribió lírica y prosa; pero sus obras no se publicaron hasta e1 siglo XVII. Los libros en prosa son cuatro comentarios de contenido doctrinal, interpretaciones didáctico-teóricas, sobre sus propios poemas.

En su obra lírica, figuran: “Noche oscura” expresa el gozo del alma que, habiendo alcanzado el estado de perfección, disfruta su unión con Dios; sus estrofas finales, las más preciosas de su producción poética, muestran de modo exquisito el dulce arrobo del alma en brazos del Amado, fuera de toda afección sensual. El “Cántico espiritual”, inspirada en el Cantar de los Cantares, dibuja, a través de la alegoría amorosa, todo el proceso místico, la búsqueda de la esposa, el feliz encuentro y la unión con Dios entre la Naturaleza; sus imágenes están embalsamadas de lirismo emotivo, musical y fascinante. La “Llama de amor viva” es poesía casi toda exclamativa, el grito del alma que arde en la llama del amor divino.

Aparte de sus poemas místicos, escribe el “Pastorcico”, de carácter pastoril, una alegoría de la Redención y varias composiciones más en las que manifiesta un aspecto meramente religioso. Entre ellas, se encuentran poesías en metro menor, coplas, glosas y romances, en las que el autor, tratando de temas profanos, los asciende a «lo divino».

Se observan, en la poesía de San Juan, influencias, dice Dámaso Alonso, de la Biblia, de Garcilaso, de la poesía culta del Cancionero, y la lírica tradicional popular. Es el poeta lírico más grande de nuestra literatura. Destaca esencialmente por su energía intelectual, su sincera moderación, su riqueza de colorismo e imágenes y la vehemencia ardiente con una emoción y una técnica diferentes. Usando acertados recursos estilísticos con una exuberancia y destreza magistrales, se muestra extraordinario maestro de la expresión intensiva en unos versos de misteriosa sugestión, insertos en los elementos simbólicos de profundo poder evocador. Subyace la belleza majestuosa y pura del paisaje; montañas, valles, flores, agua, praderas aparecen y envuelven a los amantes. Así, pudo escribir el profesor Orozco: «Se alcanza, con San Juan de la Cruz, el máximo en espiritualización del paisaje».El santo trata de formar un segundo sistema de signos que le sirvan para su comunicación trascendente, por lo que, todo el lenguaje de sus poemas místicos es simbólico, está expresado en clave.

La originalidad del santo estriba en la doble hermosura radical de cada una de sus expresiones que trasmite a los poemas su especial unidad alegórica. "El simbolismo, dice C. Cuevas, con su poética ambigüedad irracional y connotativa, es el responsable principal del lirismo de los versos sanjuanistas, y por extensión participativa, también de muchos pasajes de su prosa. Por eso, cada uno podrá interpretarlos de manera distinta, toda vez que el signo estético-lingüístico, lo «mentado», actúa como desencadenante de una multiplicidad de «evocaciones», según la sensibilidad, el temperamento o la preparación de los lectores".

San Juan de la Cruz, mediante la técnica y su inspiración, halla asociaciones y correspondencias en todos los niveles del lenguaje con su contenido místico; pero será en el lenguaje figurado, donde encuentre su más original cauce expresivo.

Camilo Valverde Mudarra

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