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LA PALABRA (11)

Pedro Fuentes-Guío

España



Hay que poner una palabra en la mano, cada día, antes de estrechar la mano del amigo, del conocido, del hermano, para que esa palabra se haga sangre y sol en el saludo; hay que poner una palabra en el corazón, en cada latido, para que amar sea caricia de ave, susurro de viento, sonido de música; hay que poner una palabra en el ojo antes de mirar a una mujer hermosa, una puesta de sol o el burbujeo del arroyo; hay que poner una palabra en el aire, en ese vacío entre cielo y tierra, para respirar su contenido, su mensaje. En fin, hay que poner una palabra como lábaro en cada vida, una palabra especial y única, definitiva y definitoria de nuestra existencia, para que vivir sea un vuelo más que un aterrizaje, un elevarse más que un caer, porque la palabra, en sí, lleva las alas necesarias y precisas.
 
Por eso desembocamos en el libro, en la lectura, en busca de la palabra especial para ocasión, para cada momento. El libro es como el almacén de las palabras, y "la lectura es para mí el vestido elegante de la vida: se ajusta y se va conmigo", que afirma Elfriede Jelinek, la austriaca que fue Premio Nóbel de Literatura en 2004. Antes de conocerlas, o después, que tanto da, es preciso amar a las palabras, incluso más que a las cosas que las palabras definen. Las cosas son el instrumento, pero las palabras son la música que sale de ese instrumento. Sólo los poetas, por tener una elevación sensitiva especial, valoran en toda su dimensión, en toda su altura, el contenido de la palabra, hasta el punto de que, al hacer sus poemas, no utilizan palabras, sino sus ecos, que son más luminosos y reveladores.
 
"Entre las palabras y las cosas existe una relación que podríamos considerar como de ajena intimidad", nos dice el poeta Carlos Marzal, y creo que está en lo cierto. Quizá por eso la vida, además de otras apreciaciones, podemos considerarla como una continua conversación, una charla interminable, enajenada, voluptuosa, llena de designios, de enigmas, pero sin rumbo ni destino fijo. ¿Qué es sentir el mundo, más que paladear las palabras que lo definen? ¿Qué es vivir, sino darse cada día un gran banquete de palabras?
Observamos continuamente, en cualquier lugar o circunstancia, como las personas no se resignan al silencio: hablan, hablan y hablan, sin importarles si dicen algo interesante, o simplemente mastican, paladean palabras por el puro placer de macerarlas en su lengua, con su saliva y con su voz. Quiten la palabra a las señoras en el autobús, a las vecinas en el rellano de la escalera, a dos amigos que se encuentran después de tiempo sin verse, quiten la palabra a cualquier ser humano y será peor que si le quitaran la vida, porque "el lenguaje no es otra cosa -nos dice también Carlos Marzal- que una forma privada y común de sentir el mundo".
 
(Continuará)

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