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Querida Amaya (Oscar Deigonet López Posas)

Oscar Deigonet López Posas




Querida Amaya
No es posible apreciar la vida, pretendiendo abarcar todas las generalidades del mundo real, desde un punto de vista del entendimiento en el que sólo se tiene nueve años.

Claro, este mundo real, con sus extrañezas materiales y subjetivas, nos forma de modo inevitable desde que nacemos hasta que morimos, y con ello, lo que nos gusta; lo que repudiamos; lo que nos asombra y nos convierte, en verdaderos seres humanos, o en seres ajenos al reino que nos acoge como especie. Las respuestas, por supuesto, a tantas preguntas, dudas e inquietudes, solo las obtenemos con el  paso de la madurez y de los años. Así y sin pensarlo, en algún punto específico de la vida, nos encontramos repasando, qué nos ha gustado y qué no. Encontramos, pues el equilibrio y damos rienda suelta a nuestra conciencia, sacando de nuestro baúl pretérito, lo que realmente nos gusta recordar. Podría decir, que una de las facetas más anheladas de mi vida, se ubica en uno de los momentos más trágicos de mi país. Era septiembre de 1974, El Fifí hacía estragos en nuestro territorio, provocando daños terribles a la economía y un substancial número de víctimas. Santa Bárbara era por aquellos días, un lugar apacible, semicolonial, con atenuados rasgos feudales, de casas antiguas, con techos de teja, y calles empedradas y alargadas, en las que los pocos vehículos que cruzaban por ellas, rebotaban como resistiéndose a pisarlas. Su gente cargaba en sus hombros un pacto con la honra y el orden público, impregnando en la conciencia de todos, un ambiente de total seguridad. Su rutina, siempre la misma. El trabajo y algarabía de apostarse en el mercado viejo, mismo que en el siglo anterior fuera un cuartel, militar, extensión del fuerte Santa Bárbara, y que en estos días servía para almacenar, materiales de la municipalidad. Un apartado lo ocupaba, la vieja Martha y sus cuatro hermosas hijas, que administraban, como todo buen santabarbarense, un comedor al que asistíamos mi hermano y yo. Durante el día, el ambiente incansable de los negocios, siempre estuvo acompañado de dos pequeñas radioemisoras: La voz del Junco, haciendo honor a ese precioso material que construía el futuro de Santa Bárbara; El Junco,  y la tropicalísima Ondas del Ulúa, como fiel presente, de uno de los ríos más importantes de nuestro país; El Rio Ulúa. Cruzar por las orillas de la ciudad, era todo un reto, se hacía imposible cruzar una calle. En ellas se encontraba uno, todo tipo de bultos, chunches, achines, y gente que gritaba, publicando sus productos. Era común ver en los buses, y carros particulares grandes cargamentos de sacos de café, sombreros y canastos te todo tipo, de carácter artesanal. Esa, a groso modo, era la rutina diaria de aquella antañona ciudad, donde las gentes eran gentes, eran, personas; pero sobre todo, eran seres humanos. Me hice ciudadano santabarbarense, por un incuestionable viraje de la vida. Una vez más abandonaba la escuela al igual que mi hermano, para insertarme en el trabajo y contribuir con el sostén de la numerosa familia, en su mayoría, de pan en mano. Durante el día, el trabajo con mi padre, era toda una aventura, un hombre de mal genio, que no nos comprendía, pero que veía en nosotros, dos cosas, un beneficio para su bolcillo, y una obligada necesidad de enseñarnos el arte de la albañilería. El trabajo de un niño es poco, decía, y el que lo desperdicia es un loco. Quizás mi vida no era tan dura después de todo, teníamos un trabajo, con el que ganábamos tres lempiras al día: uno para nosotros, otro para enviarlo a mi madre y el otro para ahorro. Eso era lo que decía mi viejo, que Dios lo tenga en gloria. Eso, no era tan cierto pues, solo nos entregaba seis lempiras el sábado al mediodía, y el del ahorro y el de mi madre nunca se veían por ningún lado. A parte de aquel jugoso salario, teníamos la alimentación, a la cual nunca faltó el respectivo pago. Así pasamos el año 74, viviendo precisamente lo que éramos. Niños. Nada más que con responsabilidades de adulto. En las tardes, después del trabajo, gustaba mucho de caminar por las empedradas calles de la ciudad, observando todo cuanto podía. El viejo parque, estaba siempre ahí, como un testaferro, marcando los segundos, los minutos, las horas los años, por no decir los siglos. Acurrucado en un rincón del tiempo, fiel testigo, de la existencia de cada ciudadano, y él pasaba lista, de los vivos y de los muertos. Yo por supuesto era uno de los vivos, que sin vacilar me iba a sentar en el quiosco. Ahí, muchas otras personas disfrutaban de las tardes de tranquilidad y miraban con aprecio, la caída de la noche. Después de un rato se encendían las luces que le daban al parque cierto don nostálgico y pardo de aquellos años de gloria. Ahí estaba yo, esperando que se dieran las 7:00 pm, para irme a dormir. Los domingos mi padre, un poco confuso, con su religiosidad, nos llevaba a la misa de la mañana. Nunca estuve totalmente seguro si intentaba impregnar en nosotros, algún rasgo espiritual, pues pude observar a lo largo de sus setenta y cinco años, varios cambios en su interés de fe, esto solo para variar. Una tarde de noviembre de aquel año, caminaba, mi rutina, procurando descubrir algo nuevo, me aposté en una banca de la esquina norte del parque, mi amigo; y fijé mi mirada en la cantina que ya en otras ocasiones había notado con muy poco interés. Observaba a los bolos, que deambulaban en el lugar, como suele ocurrir en todas partes de este universo de borrachos. Nunca me había animado a acercarme al antro, el que,  me parecía repudiable, y me decidí a cruzar la calle y acercarme y ver más en su interior. Me habían dicho que allí, había una cantinera, de quince años, y que además era muy bonita. Decían los bolos de oficio, que mi padre había contratado, en las labores, de construcción. Me detuve  un momento, pero no vi a la tal chica, así que decidí volver a mi puesto, en la banca del parque. Al intentar retirarme vi en un rincón del aquel antro una roncolla,  un aparato de música, que sonaba día y noche y, de la cual, salía alegres tonadas, musicales. Vi varios bolos, con manos, torpes, intentando marcar una canción y fue entonces cuando sonó. Me detuve intempestivamente de tal manera que al voltear a ver al bolo que la había marcado tropecé con otro bolo que intentaba salir del salón. Me hice a un lado de inmediato, no sin que aquel bolo energúmeno me insultara. No me importó los improperios y seguí escuchando la bella introducción de aquella partitura y luego, luego la voz incomparable de aquella mujer a quien desconocía. Quedé tan impactado, con la experiencia, tanto, como lo estoy ahora. Pregunté, como es natural, cómo se llamaba la canción que sonaba en la rokola, entonces apareció en la puerta, la niña de quince años de la que hablaba la gente, y me dijo ‘’ Tómame o déjame de mocedades __me dijo__’’ mi asombro fue total al ver la niña, respondiendo la pregunta que le hiciera yo a un bolo, __gracias __ le respondí con admiración__ es nueva, la trajeron ayer__ me dijo__ dicen que ya días está sonando, pero como siempre aquí todo llega tarde; lo decía con resignación, encogiendo sus hombros__  ¿verdad que es bonita? ___me preguntó con una mirada coqueta__, al tiempo apretaba con locura mis cachetes flacos y rosados del frío __si, le dije, mientras escuchaba la vos de aquella enigmática mujer,__ la niña me tomo de la mano y me llevó a la rokola, y me mostro el directorio. Vimos entonces el nombre del vinilo que decía Tómame o Déjame, seguido decía Mocedades. Mientras giraba aquél, pude ver el nombre de quien cantaba, Amaya Uranga y Mocedades.  Como aquellas, otras tantas y bonitas experiencias vividas en aquel lugar, y su antañón parque, me recosté a la vida procurando en la medida de lo posible ser libre a mi pesar. La bonita de la cantina, uno de tantos atardeceres, desapareció y nunca volvió. Algún trotamundos, comentó una tarde que la había visto en Puerto, otro que un cafetalero la había llevado a vivir con él Marcala. No sé. Después de todo lo que más me importa es aquel bello recuerdo. Su nombre no lo supe nunca. Su lindo rostro, su fenomenal cuerpo de sirena, su encantadora voz, que cuando me llamaba por mi nombre era una sublevación melódica. Con ella perdí, la noción del tiempo. Me sumergí como todo buen amante, en la embriaguez de sus mieles de niña. Me aceptó como era y no me importaba, lo que ella hacía para vivir. Por eso recuerdo a Amaya Uranga, con tanta nostalgia y exacerbación y en cada nota de esa canción, esa canción, que una tarde envolvió mi tierno corazón de niño, junto al de una prostituta de quince años.

Ver en línea : http://alaselchingoliteraria.blogsp...

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