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Sombrero de junco (Oscar Deigonet López Posas)

Oscar Deigonet López Posas



Sombrero de junco


Era ya el tercer año conviviendo con los coayacanes, de San Francesco, el pintoresco pueblo de sombrero y junco. Delicado escaño, y de costumbres ancestrales. Mascando tabaco, en las noches de luna llena, y tomando café de palo a la una de la tarde sin falta.

Los más de los días, aquellas gentes cubiertas de sadomasoquismo, se dedicaban a sembrar maíz y frijoles, para que no se les murieran de hambre las gallinas y los chanchos. Mi vida costera casi se perdía en aquellos añejos días de café y sombreros. Había venido en busca de trabajo a un lugar donde se lo extrañó por siempre. Casi me hacía de la corona, de rey feo, tratando de adaptarme aquel ambiente de ajenos al orden público. Los días de semana, los borrachos deambulaban dos billares cantina que atendían todas las tardes sin descanso para amancillar aquella bola de energúmenos, indigentes mentales, que armaban las balaceras de orden. Nadie decía nada ante los agravios de aquellos de siempre, pues formaban parte de aquel pueblo que ya les cuento. Los fines de semana la chupa comenzaba, a las siete ante meridiano y acababa el domingo a las cinco en punto, considerando que después de esa hora se ajustaba la ley seca y había que parar. Don Serva, como todos le decíamos de cariño pasaba los setenta y casi perdía la vista, era un hombre que echó reata toda su vida, y a estas alturas ya estaba cansado de tantos ires y venires. Tenía nueve hijos e hijas, pasados ya, los años de la juventud.Después de dejar la escuela se dedicaron a sus asuntos personales, buscando la manera de independizarse. Muchos lo lograron, otros se quedaron en casa, las muchachas, en especial bien avanzados los treinta una veintiocho la otra. Chela la de treinta, había salido preñada de un fulano del que no se conoce el paradero ni su nombre. La Maira la de los veintiocho, se había dedicado a pasar el tiempo, divirtiéndose con los varones del barrio el Berrinche, de Coayaquín de San Francesco. Formaba parte de las borracheras, cada fin de año y duraba, hasta que se acababa el pisto, de los bolos, que se cansaban de invitar a aquellas insaciables gargantas del oficio del alcohol y cerveza. En las juergas, la Maira pasaba de bolo en bolo, y ella los aceptaba sin preámbulos, no tenía marido, poco le importaba mancillarse con uno y con otro. Nunca había salido de Coayaquín. No era cosa de importancia, a sabiendas de los viejitos y del pueblo entero, que se hacían los locos con semejante putería de aquella niña, que se bajaba los calzones en cualquier parte y a todas horas, pues sumergida en aquellas juergas ni cuenta se daba, hasta que al día siguientes aparecía haciéndose lavados vaginales, con romero esencia coronada, y alcanfor, tomando linaza para la cruda, resaca endiablada que duraba toda una semana. __Es que vos no tenés sosiego__ le decía la nana cundo la miraba en aquellas tareas. Pero a ella las puteadas y los consejos le venían en sobra. En las fiestas del patrón, el alcalde, quien se llevaba los cuatro períodos; no por ser el mejor sino por tener el pueblo más apabullado como ya decía al principio. Pagaba las borracheras los cohetes y las balaceras no se diferenciaban mucho una de la otra pues una y otra volaban por encima de los tejados. Coayaquín de San Francesco, vivía el letargo más extraño conocido en el orden público. Un día pregunté una viejecita, que aquel hoyo que aparecía ya a más de cuatro meses en el medio de la calle, había provocado que varios bolos cayeran dentro. Muy despectiva y molesta contesto que si ese hoyo estaba ahí era cosa del alcalde. Él sabe porque lo tiene allí, nadie debe meterse en esos asuntos, dijo. Se dio la vuelta y me dejo más sorprendido que nunca. Pienso que este pueblo seguirá así por el resto de la eternidad. Pero volviendo con lo de las hijas de don Serva, la de los treinta años, La Chela. La parición de aquel extraño bastardo le había clavado un puritanismo espantoso ante los ojos del pueblo. A sus treinta soltaba un hedor poco común pues casi no se bañaba. Se la veía el día entero entre la casa y la cocina que eran estancias distintas separadas por una media cuenca donde corría el agua en los temporales de septiembre. Lavaba, aplanchaba y echaba grandes cerros de tortillas para los clientes, que frecuentaban la humilde casa de Serva. Algunas veces se la veía con un rejo de ternero, un costal de nilón y un machete, en estos tiernos momentos de trabajo se dirigía a los cerros aledaños al pueblo a buscar chiriviscos secos para el fuego. Nadie suponía a que realmente se dirigía aquella decrépita sabandija. Hacía ya un sinfín de años que tenía unos extraños amoríos con Chepín, Higuera, un vago del pueblo, que circundaba por las orillas de Coayaquín de San Francesco, y llegaba hasta un nidito donde en aquellos ratos de zozobra emocional, sucumbían sin tapujos a los desmanes del amor. La Chela era de todo menos pendeja y no digamos el Chepín, no más se veían en su nidito y soltaban las amarras. La Chela, se le quedaba viendo con aquella cara de sonsa al ver a Chepin como en un abrir y cerrar de ojos le despojaba de los trapitos. Sin ningún resentimiento ella le decía dos elucubraciones amorosas, __ay usté que rapidito me lo quitó__ deje de hablar le decía el Chepin mientras ella se colgaba de dos ramas que perfectas quedaban a la altura requerida para una tarde de amor a secas. Luego, luego ella encontraba el punto, donde clavar su amor incondicional, y mire usted a saber, aquella polla si salía follona calenturienta, y desquebrajada. Amalgamaba bien el tasajo del Chepin haciéndolo suyo hasta el más allá. Al cabo de un rato moviendo el árbol de donde cogían con tanto pudor aquellos dos gañanes desbocados, salían en desbandada corriendo hacia una quebrada aledaña, al nido, y se zambullían en las cristalinas aguas. Luego se sentaba la tierna enamorada y follona en la piedra del lavadero del pueblo y ahí sucumbían una vez más hasta quedar satisfechos de gustos. Así era aquel pueblo tan extraño como los personajes atirantados a su suerte, viviendo del café, el maíz, el frijol y la folladera.


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