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UN EJERCICIO PELIGROSO

Entrevista al escritor Giraldo Aice

Carlos Téllez Espino

Cuba



En la década del ochenta, luego de haber obtenido varios premios literarios, se retira a escribir, lejos de las instituciones y de las tertulias literarias. Hoy regresa con catorce libros inéditos, cinco novelas, tres libros de cuentos, tres libros para niños y tres de ensayo. Si recoge los poemas que ha escrito, tal vez tenga otro libro más. Vive en Las Tunas, Cuba, se llama Giraldo Aice, así firma sus libros y un día dijo que la verdad es tan compleja que un instante después ya no es la misma…
Eso me parece un lugar común, tomado de no sé dónde, sobre el que tengo la ilusión de apropiarme de una contradicción poco pedante. Si uno se esfuerza un poco puede ver la verdad como una prestidigitación cualquiera, otro fantasma, por su existencia efímera y cambiante. Pero qué sería la vida sin ilusiones…
 
Has intentado producir, todo lo conciente que ha podido ser, un doble discurso literario… ¿con qué intención?
En realidad he tratado de ser todo lo veraz que me sea posible, por cuanto encuentro por todas partes una alteridad consciente, sin contar con la dualidad con el inconsciente þu donde, si nos fijamos, nos damos cuenta de que estamos siendo y estamos rodeados por sujetos múltiples. Entonces, se cae el mango de que no es una producción, sino más exactamente el intento de una reproducción de la realidad…
 
Por qué a tu literatura la has definido como de un REALISMO SINECDOCAL…
Digamos que una sinécdoque en el sentido más amplio del término es una figura que alude al todo desde la parte, de manera que cuando escribo trato, entre otras cosas, de referirme todo el tiempo a espacios, anécdotas y emociones reales, entre los que circula la urdimbre de la trama —y sobre esa infraestructura básica puede cimentarse una historia con visos de realidad o todo lo verosímil que sea posible. Sin embargo, el producto final muy poco tiene que ver con los hechos y los paisajes que lo sustentan —y se acercan de tal modo a la visión literaria del mundo, que supongo sean tan válidos como cualquier otra.
 
¿Qué es, entonces, la realidad real y la realidad literaria?
La realidad real es inaprensible, tanto como la realidad inconsciente, que cuando te apropias de ella ya es otra —y la realidad literaria crea la ilusión de una acotación básicamente imposible pero necesaria, sobre todo en aquellos lectores con una tendencia enfermiza al caos, aun cuando el caos sea el estado natural de las cosas.
 
 Hasta dónde pueden ser reales tus personajes y tus historias y hasta dónde no.
La realidad de mis relatos y mis personajes llega hasta el punto de la credibilidad y, cuando están mal facturados, se detienen justo antes de justificarse en las fronteras de la verosimilitud. Las historias emergen de los fantasmas de la memoria —de la de mis interlocutores y de la mía—, como la necesidad de un acto de fe o de liberación, tal vez de una profunda necesidad de confesión, en un ritual que podría conceptuarse como transcripferencial —si acaso la transcripferencia tiene algún significado lejos del diván.
 
 ¿La literatura se rige por sus propias leyes, a las que hay que subordinarse?
La subordinación es un despropósito en un acto donde me siento demiurgo, aunque al escribir la última línea me dé cuenta de mi naturaleza humana, es decir mortal, pero en cuestiones de leyes prefiero rendirme a las evidencias de las leyes de la vida —que, en verdad, me cautivan, me instan al intento perpetuo de retratar sus paradojas.
 
Hace años decidiste jugártelo todo a la literatura, y eso implica una cuota de renuncia a muchas cosas… ¿Crees que a ella hay que dedicarle todo el tiempo si se quiere ser consecuente con la calidad?
Si pudiera responder con toda honestidad esta pregunta, me hubiera ahorrado una buena cantidad de disgustos conyugales y hubiera disfrutado de la comprensión de mi familia —porque nadie entendía que pudiera dejar de ganarme la vida en los once oficios que conozco o en las lucrativas gestiones de chamarilero y me dedicara a una profesión que me tiene en los límites desde el comienzo y al parecer puedo morir sin alcanzar la solvencia. La literatura es como una esposa celosa y exigente. Cuando dejo de escribir durante cierto tiempo, es usual que me cueste mucho volver a recuperar la forma. Tanto es así, que para volver a empezar en esta tercera etapa escribí una novela de 161 páginas — El rap de los pervertidos—, que sólo a instancias de mis amigos presenté en un concurso, y un jurado benévolo le otorgó una mención. Pero todo el tiempo fue un ejercicio, la calistenia necesaria para jugar en serio. Sobre la calidad puedo decirte que es, como todo, un tema relativo. Desde l998 todos los libros que termino gozan del favor de mis lectores de manuscritos. Me refiero a las versiones que considero definitivas, por cuanto ese grupo numeroso de lectores tienen una función activa, y son gentiles y honestos al comunicarme lo que no les gusta, lo que no convence. Entonces corrijo como un condenado hasta que alcanzo consenso —y luego verifico con otros lectores para sentirme algo seguro de que otra vez lo he logrado. El certificado de calidad, para mí, es el que dan los lectores y el tiempo —y en tal sentido tengo una absoluta confianza en ambos.
 
 Escribes desde la marginalidad y sobre la marginalidad. ¿Es el escritor un individuo marginal? ¿Qué es la marginalidad? Porque a veces se define o determina desde una oficialidad, o desde una supuesta academia… 
 Si hablamos de testificar se supone el discurso que de cuenta de una realidad inédita þu o por lo menos sumida en la penumbra þu. Escribir con honestidad ha sido siempre un ejercicio peligroso, y todo aquello que las élites consideran fuera de lugar se escribe a riesgo. Si el autor produce con los censores vigilando las puertas de la creación, estará más cerca de la traición que de la escritura. Pero traicionarse suele ser contextualmente productivo, y los que venden pluma y alma suelen alcanzar el éxito y publicar sin piedad ladrillos que nadie compra. La marginalidad de los autores serios siempre es transitoria, circunstancial; cuando cambian las circunstancias, si estuvo en sintonía con el devenir, su palabra se entroniza en un discurso central.  En cuanto a la oficialidad, no creo que un segmento que representa lo ideológico tenga absolutamente nada que ver con el enfoque científico o la visión artística de la realidad. Son tres formas diferentes de mirar al mundo, y aun cuando suelen coincidir en un individuo resulta paradójica su concomitancia en la obra. Pero es obvio que se producen intromisiones.
 
Has escrito un ensayo que es como una especie de guía para los que se inician en la novela… ¿Crees entonces que cualquiera puede escribir una?  
 Es una guía para los que se inician, es cierto. Tal vez sea sólo eso. Pero, aunque no todos estén aptos para escribir una novela, más temprano que tarde todos tendrán que escribir… aunque esto ya se ha dicho por ahí un montón de veces. Escribir ya es una necesidad para el que trabaja con la mente þu y no me imagino un futuro donde se trabaje sin el pensamiento.
 
 
 
Sonar con los unicornios es una de tus novelas para niños, próxima a editarse, ¿cuál fue la razón para escribirla?
 Tengo dos hijos que me enorgullecen. El mayor parece que va camino de convertirse en un lector ávido, pero el menor se resiste a leer þu de manera que escribí esa noveleta para tratar de atraerlo hacia los libros. Veremos si funciona.
 
 Y Luna del amor infame obtuvo el Premio Nacional de Cuento Oriente, en el 2006 y se publicará este año.
 Tengo una treintena de cuentos escritos. Luego de pasarlos por el filtro de mis lectores de manuscritos, con tu ayuda por cierto, reuní algo más de cien páginas y armé ese libro. Luego, tuvo la tremenda suerte de tropezar con un jurado transparente y benévolo, y ganó el premio Oriente. Lo demás tendrán que decirlo los lectores y los críticos.
 
Has dicho que el escritor no es un lobo solitario…
 El Guille Vidal me comparaba con un lobo estepario, por aquello de estar alejado de las tertulias literarias, los eventos y todas esas actividades donde algunas autoridades se pavonean y se dan empaques de genios, mientras los noveles se maravillan de las frases agudas cocinadas a propósito. Sin embargo, soy un autor plural. Detrás de cada línea están mis amigos, las mujeres que me acompañan y los lectores de manuscritos. Y, por supuesto, todas esas personas que he escuchado en funciones de psicoanalista empírico o analista cauzal (así, con zeta), aun cuando sus confesiones nunca aparezcan literalmente expuestas en mis trabajos.
 
 
 
 
 Qué es la poesía, qué es la narrativa.
 La poesía es una mujer desnuda, aunque en ciertos momentos parezca inconveniente. La narrativa es el hombre que la mira, siente y da fe de sus emociones. No me gustan las definiciones, me niego a creer que haya algo así como el Arte, que pueda agotarse en una frase.
 
¿Buscas la trascendencia?
Si uno no sabe en verdad por qué escribe, creo que tampoco puede saber con certeza para qué lo hace. En realidad cambiaria toda la fama futura por un salario en metálico.
 
¿Cuál sería la función de la literatura en la sociedad, en el tiempo, en el mundo, para el hombre?
No sé cuál podría ser la función de la literatura o de los escritores en general. Solo escribo y hablo de lo que conozco. Pero creo que mi función, impuesta desde tampoco sé dónde, es la de testificar.
 
Si te permitieran hablar en una sesión de la Asamblea General de las Naciones Unidas, ¿qué dirías?
 Les recordaría que en Israel hay un campo que lleva un nombre marcado por la profecía þu Armagedón  þu y mientras no haya paz en el Oriente Medio…
 

Este artículo tiene © del autor.

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