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SOBRE POESÍA

Asonancias

César Rubio Aracil

España



La poesía es música, matemática, corazón e inteligencia.

Si la poesía es una de las más hermosas artes, ¿cuál debería ser la obligación del poeta, o de la poetisa, respecto a su uso? ¿Escribir a su aire, de acuerdo con los impulsos emotivos? En infinidad de ocasiones he oído hablar sobre los dictados del “corazón”, sin percatarnos de que la víscera cardíaca no piensa. Como metáfora, bien; mas no hagamos del tropo una regla inamovible. El verdadero arte no radica únicamente en la habilidad comunicativa. Desde mi punto de vista existen, como mínimo, dos tiempos artísticos. El primero consiste en extraer del cerebro, no del corazón, lo que deseamos manifestar, seamos pintores, escultores o poetas. En definitiva, se trata de complejas reacciones fisiológicas del sistema nervioso que responden a un determinado estado de ánimo. Así, en poesía, los reflejos vienen determinados por la demanda de los estímulos del escritor/ra. Brillos éstos que no dudamos en llamar “inspiración” y que yo, equivocadamente o no, denomino trabajo, esfuerzo, paciencia. Estamos dando el primer paso.

El segundo tiempo viene después de haberse volcado al folio lo que el “corazón” nos ha traducido del universal idioma poético. Es entonces cuando, sin abandonar el sentimiento, actúa la inteligencia. “¿Responde esta palabra a lo que yo he querido significar con el verso?”, se pregunta alguien. Pura semántica. Escogemos el término conveniente, y si no se adecua a la exigencia métrica, por ejemplo (porque el soneto no admite cualquier licencia), con calma y tesón, lo sé por propia experiencia, encontraremos el recurso óptimo para conseguir el fin apetecido. Mas centrémonos en las asonancias y dejemos para otra ocasión los sonidos aliterados, también importantes en este campo.

Teniendo en cuenta que la poesía, entre otras bondades, es música, matemática, sentimiento y, en síntesis, arte, no podemos eludir de nuestras creaciones las cacofonías, asonancias y, ni que decir tiene, las consonancias, entre versos próximos. Muchas veces una hermosa imagen queda desdibujada por culpa de un sonido inarmónico. Si en un verso, pongamos por caso, nos aparecen estas dos palabras: “defecto” y “desprecio”, dicha asonancia deslustra el tropo. ¿Conviene cambiar “desprecio” por “desaire”? Si la intención artística lo admite, ¿por qué no hacerlo? Claro, la modificación requiere consultar el diccionario: trabajo. No obstante, con el esfuerzo se consigue incrementar el vocabulario personal.

No me hable nadie de encorsetamiento. Si el arte fuese tan sencillo como muchos lo desean, ¿quién podría sentirse artista? Además, con tiempo y ejercicio, la mente llega a rechazar de manera automática las asonancias afines. En todo caso, como de pulir se trata, el oficio de poeta no puede, so pena de conformarse uno con ser un poetastro, pasar por alto la armonía compositiva, de igual manera que el buen pintor utiliza los pigmentos con acierto.
En el supuesto de la poesía, la palabra, además de música, es color. Es decir, color de los sonidos.
También, y no de manera ocasional, se nos asegura que los grandes poetas no están exentos de fallos asonánticos. No es cierto. El vate que de verdad lo es, cuando tiene que decidir si una palabra asonante conviene eliminarla o no, tiene muy en cuenta los efectos inarmónicos que puede causar el vocablo. Si éste no atenta contra el equilibrio sonoro del poema y, además, la modificación del verso supone una merma comunicativa, o la nueva imagen elegida es de inferior calidad, deja la asonancia. Lo mismo sucede con la pintura y cualquier arte. Pongamos un ejemplo, tomando como modelo la pintura.
Imaginemos a un acuarelista. En un determinado momento considera conveniente degradar un color y logra un tono muy parecido al que estaba usando. La semejanza de pigmentación no le convence (“asonancia” pictórica). Se ha pasado de intensidad y, como técnicamente no puede rebajar la coloración, destruye su obra. La rechaza porque la considera un atentado contra el arte.
En definitiva, la poesía, querámoslo o no, tiene sus reglas. Esto no significa que no se pueda ser vanguardista. La poesía debe progresar lo mismo que cualquier disciplina artística, científica o de la clase que sea, pero no de cualquier manera; porque, de lo contrario, en vez de avanzar se retrocede.

César Rubio (Augustus)
Miembro del grupo Escritores Castellano-manchegos y de La Mediterranía y colaborador de Metáfora.

Este artículo tiene © del autor.

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