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Porteros, arqueros, metas, cancerberos…, ¿algún sinónimo más?

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Reconozcámoslo: los porteros son bichos raros. Y no me refiero al colectivo encargado de vigilar quién entra en un edificio y saludar a sus vecinos y entregarles avisos o certificados, cartas recibidas en ausencia de estos. Hablo aquí, como podrá imaginarse, de los perros verdes del fútbol, los dueños del dorsal número uno, los mismos que con sus palomitas, reflejos y buena colocación impiden que el contrario marque.

Para empezar, son los únicos que pueden tocar el balón con la mano (con los guantes, en realidad); solo ellos visten con el color que les place, no sin frecuencia de tonos estridentes, y si los deportistas en general tienden a ser supersticiosos, lo de los guardametas con las manías es auténtico coleccionismo: desde dar el primer paso sobre el terreno del juego pisando siempre con el mismo pie, hasta no cambiar de indumentaria mientras se prolongue una racha de victorias; desde dejarse crecer la barba, hasta colgarse una medallita de amuleto o santiguarse cada dos por tres.

Y están solos.

Solos cuando una tanda de penaltis los enfrenta en una batalla desigual contra cinco fusileros. Y solos también cuando es su propio equipo el que marca y todos los compañeros se alejan para frenar la carrera jubilosa del goleador. Ellos, los arqueros, confinados al perímetro de su área, dan saltos fuera de cámara en un desierto de césped, cierran las manos en puño para apresar una alegría que sabe a chocolate enfriado y lluvia calándose en los zapatos; querrían compartir el abrazo al delantero, pero el balón vuelve al centro y su pecho sigue cabalgando suelto, latido sin redoble, llanero solitario.

¿Cómo no quererlos si en los eternos partidos de la infancia todos rehuíamos la portería, ese destino en trinchera, ese ostracismo sin pena cometida ni gloria en el horizonte? Aparecía entonces una mano alzada con timidez: «Yo soy Buyo», «Yo Arconada» o, recordando al perro del Hades, «Nombradme a mí cancerbero».

Y esa mano alzada era un tapón de champán descorchado, la espuma efervescente de cuantos nos habíamos asegurado una tarde de carreras y goles y paredes y regates, un paraíso picoteando en la palma de nuestra mano; ¡fuera temores!, otro ejercería de guardián de los tres palos. Claro que esto de los tres palos es un decir, por supuesto: ¡cuántas veces los postes no eran sino un montón informe de chaquetas y el larguero una línea imaginaria, un listón regulado a la altura del defensor del arco!

Y aunque no valiera «entrallonar», siempre se escapaba algún disparo fuerte, obuses intimidantes, cañonazos a mala uva. Nosotros habríamos cerrado los ojos, quizá hasta nos habríamos apartado de su trayectoria, pero el atajador voluntario miraba la bala acercarse a su entrecejo sin perder la compostura; lejos de amilanarse, se plantaba firme sobre el suelo y despejaba de puños o blocaba el balón entre los brazos como mece un padre a un bebé nervioso que patalea y se revuelve y amenaza con escurrirse.

Si el mimo y el cuidado lo caracterizan, tal vez ese sea el motivo de llamarlos asimismo cuidapalos: «Además de su calidad bajo los tres tubos, el cuidapalos aprovechó para enseñar su gran juego con los pies». La frase hace alusión a Keylor Navas y aparece en un periódico costarricense.

Y es que siempre era igual: ya se presentara un extranjero en el aula (y en los ochenta bastaba una mano para contar los de todo un colegio), ya se celebrase un Mundial con todos esos futbolistas internacionales de nombres novedosos, el resto de los niños repetía hasta el agotamiento aquellas denominaciones extrañas, llegadas desde otros campos, otras pampas: guardarredesguardavalla(s)guardamalla(s), golero, dueño del pórtico…, ¿de verdad lo llamaban así en su país?

De ese modo lo certifica nuestra comunidad de Twitter y Facebook —muchas gracias por seguirnos y responder a la encuesta sobre los sinónimos de portero—, y en efecto aún hoy los periódicos dan fe de tales usos: «Detuvo de milagro el guardarredes del Elche», «Cristian Álvarez, el guardavallas argentino del Rayo, dudó», «Una estirada inútil ante un tiro ajustado a la escuadra ante el que nada pudo hacer el guardamallas argentino», «Víctor Sánchez se iba solo, pero el golero chileno ganó en el mano a mano» o «Daniel Aranzubia, un veinteañero con el corazón más vasco que su mismo apellido, es el futuro dueño del pórtico nacional».

Bichos raros o perros verdes: son los porteros, seres misteriosos de natural solitario, aunque su aislamiento no alcance a comportar hurañía. Asumen con envidia domesticada su papel de personajes secundarios cuando llegan los faustos y los premios. Saben, por ejemplo, que será en otros estantes donde lucirán los trofeos, en otras sienes donde descansarán los laureles: Casillas no ganó el Balón de Oro tras frenar a Robben en el Mundial y difícilmente Neuer logrará arrebatarle el premio a Cristiano.

Pero ambos seguirán cuidando sus redes con el cariño de la araña que teje su propia malla. No en vano, únicamente Lev Yashin recibió tal distinción. La Araña Negra tan solo. ¡Tan sola ella!

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