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ELLA

Adrián N. Escudero

ARGENTINA



A la Vida.
En especial, a su Poesía, y al Todo que la suscita y edifica
...

I - Todos los días, al pasar por el lugar, la miraba.

Más que mirarla, la observaba. O, más que observarla, la inquiría en cada detalle de su cuerpo quieto y frío. Simplemente, Ella estaba ahí, quieta y fría. Y parecía imposible cualquier cambio.

Sin embargo, la pensaba (o imaginaba) un ser maravilloso –casi divino- presidiendo, en el opaco brillo de sus ojos, el nacimiento (o muerte) de los días, de las flores, de los árboles y de la gente que por allí pasaba.

Hubiera deseado humanizarla para entender mejor su gesto de tímida credulidad; pero Ella también lo auscultaba aunque, desde tan lejos, que no habría podido superar jamás el abismo de soles abierto por la dirección de su extraña mirada.

II - Era hermosa. La piel, blanca y suave. El tiempo no transcurría para esos espejos tibios y claros en los que, alucinado, se sentía –como poseído- reflejar. Tampoco para su rostro de marfil y los paños leves y tersos que envolvían su cuerpo despojado.

Dio gracias por las manos o los vientres misteriosos que fueran capaces de modelar o engendrar, si se quiere, semejante arquitectura de belleza.

Hubiera deseado besarla, acariciarla, tocar su alma clara de mujer tímida pero anhelante...

Nunca pudo arrebatarse en tal arrojo.

Ella siempre ahí.

Novia de todos y de ninguno.

Admirada. Tan admirada como incomprendida en su eterna soledad.

III - Los árboles se inclinaban o aquietaban según soplara o no el viento único de las cuatro temporadas.

Las hojas se vertían verdes o amarillas, en fervoroso clamor o límpida caída, según la estación.

El sol alumbraba, las nubes solían llorar, y la noche (estampada por candiles y guedejas de luz), muchas veces la habían en aquel lugar.

La gente turbaba en ciertas horas el mágico sitio donde habitaba, rompiendo su encanto con un rugir de autos, exacerbadas canciones estereofónicas o un griterío de niños que despabilaba con saltos y muecas el somnoliento y enmohecido aire de la gran ciudad...

Los juegos y sus maderas y barras metálicas de mil colores, cimbraban, se mecían o dormían en alegre sueño, bajo el dominio nervioso de aquellos brazos y piernas audaces, quizá felices.

Ella siempre ahí.

Madre de todos y de ninguno.

Admirada. Tan admirada como incomprendida en su eterna soledad.

IV- También estaban los otros en aquella peculiar estancia común a diversas expectativas e intereses.

Los viejos.

Con sus canas, sus bastones, sus sombreros y ropas de antaño. Sus pipas, sus tabacos, sus paraguas y sus diarios.

Con sus quejas, sus reproches, sus recuerdos y sus muertos. Sus barbas, sus narices rojas, sus temblores y sus nietos. Y sus lánguidas y pulidas canchas de bochas.

Silbando.

Algunas veces, alegres. Otras, melancólicos. Muchas, tristes y resignados. Como si pensaran que de nada sirve la experiencia de los que ya han vivido, para los demás...

Cansados (o agobiados, quizá). Satisfechos unos; los más, no tanto. Pero todos, irónicos y suficientes, chispeantes e informados. Muriendo por vivir.

Ella siempre ahí.

Abuela de todos y de ninguno.

Admirada. Tan admirada como incomprendida en su eterna soledad.

V- Y fue en aquel día, en aquel inútil y aciago día, espeso de humedad y crepitante de humo y de cenizas, de hojas postreras y resecas, en otoño, a las tres de la tarde –dicen que-, sucedió...

Ahora no había coches en las calles. La situación, muy comprometida en la democracia misma, había guardado a la gente vagar por la jornada gris.

Toque de queda en el país.

En casa, el pueblo esperando. La ansiedad como límite de la primera lágrima...

Entonces ocurrió. Y lloró.

Porque la acústica de la segunda guerra vibró, y la dejó ahí...

... En su plaza. En el mismo lugar. Pero destrozada. Hecho polvo. O añicos. Descuartizada.

Y lloró.

Bajando la cabeza, ocultando su arma de estrenado soldado, mordió el pan duro de los mendigos, enfundó las manos en el calor de unos harapos abonados en sangre, y, salivando a la desgracia supo que, sin Ella, había muerto para él aquel lugar.-

Santa Fe (Argentina), 1987. Texto ajustado: 12-04-06.-
Publicado en “La Gaceta Literaria de Santa Fe (Argentina)” - Nº 56-57 – Mayo de 1987.
Su versión original integró la primera edición del presente Libro “Breve Sinfonía y otros cuentos”- Colección de Realismo Mágico (Ediciones Colmegna S.A. – Santa Fe, Argentina), Marzo de 1990, págs. 33/35.
Publicado el 24-02-07 en el Magazín Virtual LA LUPE.COM – LITERATURAS VANGUARDISTAS (Círculo Internacional de Literatura Vanguardista y postmoderna – 2da. Etapa)
.

P.-S.

ADRIÁN N. ESCUDERO – Santa Fe (Argentina) - Breviario curricular}}: Nacido en SANTA FE (ARGENTINA) (1951) – Autor de los libros de cuentos editados: “LOS ULTIMOS DIAS” (1977); “BREVE SINFONIA Y OTROS CUENTOS” (1990) y “Doctor de Mundos I – EL SILLON DE LOS SUEÑOS” (2000); continuado en saga con “Doctor de Mundos II – VISIONES EXTRAÑAS” (Inédito, 2005) y “Doctor de Mundos III” – LOS ESPACIALES (en desarrollo); así como, entre otros, de los libros de cuentos inéditos: “NOSTALGIAS DEL FUTURO” – Antología Fantástica (Ficción científica) (La Botica del Autor, 2005); “MUNDOS PARALELOS y Otros Cuentos” – Colección de Realismo Mágico (La Botica del Autor, en desarrollo); “DESDE EL UMBRAL – Terrores Cotidianos y de los otros” – Colección de Horror (La Botica del Autor, en desarrollo); LA TORRE DE LOS SUEÑOS (Y LOS SUEÑOS DE LA TORRE) (La Botica del Autor, en desarrollo), “EL EMPERADOR HA MUERTO y Otros Relatos” – Colección de Realismo Mágico (La Botica del Autor, en desarrollo) y "APOCALIPSIS BANG y otros cuentos para un semáforo" - Colección de Microrrelatos; todo sobre relatos con copyrigths en magazins y/o inscriptos bajo registro en la Dirección Nacional del Derecho de Autor (Ministerio de Justicia y Culto de la Nación). Domicilio particular: Obispo Gelabert 3073 – (3000) Santa Fe (Argentina) – Te.: (0342) 455-4811 – E.mails: adrianesc@fibertel.com.ar y adrianesc@hotmail.com}.-

Este artículo tiene © del autor.

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