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Torres, el regreso del Niño

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El tópico es tentador: si el Atlético de Madrid ficha a Torres cuando los reportajes de los telediarios se llenan con imágenes de reencuentros familiares; si el canterano rojiblanco regresa al club de sus amores coincidiendo con las Navidades; si probablemente debute al día siguiente de la festividad de los Reyes Magos, ¿cómo no afirmar que la llegada del Niño es el mejor regalo para la afición colchonera?

Aunque los socios del Calderón estén divididos respecto al rendimiento que Torres pueda alcanzar, pocos discuten el valor de su fichaje como revulsivo emocional, el vínculo afectivo que une al equipo de Cerezo con el fuenlabreño. Él, más que ningún otro, fue torre y faro de esperanza durante temporadas y temporadas de mediocridad y grisura, en las que el Atlético de Madrid naufragó por segunda división o, ya ascendido, vagó perdido por la zona media de la tabla clasificatoria.

Cómo no, también los medios informativos se hacen eco de la buena nueva: «El “Niño” Torres regresa al Atlético», «“El Niño” Torres vuelve a su casa» o «En su etapa como rojiblanco ‘El niño’ se convirtió en todo un ídolo».

Se observa en estos ejemplos que el periodista duda respecto al uso de la mayúscula o la minúscula y —vacilación aún más habitual— en cuanto al ámbito que han de abarcar las comillas: si solo el sustantivo Niño o también el artículo determinado precedente.

En realidad, según se explicó en una crónica anterior, los apodos no necesitan comillas y se escriben con mayúscula, no así el artículo que suele acompañarlos, de modo que en los ejemplos anteriores habría sido preferible escribir «El Niño Torres regresa al Atlético», «El Niño Torres vuelve a su casa» y «En su etapa como rojiblanco, el Niño se convirtió en todo un ídolo».

El mismo ídolo que ha querido regresar a España por Navidad —palabras suyas— en busca de su felicidad. Fuera, en el extranjero, empezaba a padecer nostalgia, lo que Milan Kundera definía en su Ignorancia (pero con sabiduría) como ‘sufrimiento causado por el inquieto anhelo de retornar’.

Siete años más tarde, el círculo se cierra: la clase de Fernando Torres, el Niño, permitió primero que el club del Manzanares no olvidase por completo su grandeza histórica; después, gracias al dinero obtenido por su traspaso al Liverpool, facilitó los fichajes de Forlán o Agüero y contribuyó de este modo, desde una añorante distancia, a los éxitos posteriores rojiblancos; y ahora, convertido en hombre viajado y futbolista veterano, vuelve para recuperar parte de ese esplendor que entregó y que ha visto difuminarse progresivamente, en especial desde su traspaso al Chelsea y en su anecdótica etapa en el Milan.

Solo él sabe si aún planea una última etapa futbolística en alguna liga de menor fuste y exigencia o si su deseo es colgar las botas en el Atlético de Madrid. De momento, lo único seguro es que los Reyes Magos llegan mañana y el Niño, con mayúsculas y sin comillas, está como niño con zapatos nuevos.

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