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EL SANTO ROSARIO

Del sonido a la umbría soledad

César Rubio Aracil

España



Quienes hayáis leído mis escritos sabréis que no soy católico, y de ellos puede deducirse que tampoco soy practicante ni creo en ninguna religión. Aún más, siento una visceral antipatía hacia los eclesiásticos. No obstante, para mí el antiguo Santo Rosario tenía magia, aunque hoy ya no la tenga. Me explicaré con algún ejemplo.

 De niño, en casa de mis padres, se rezaba el rosario todos los días del año. Mi progenitor, tolerante por principios democráticos, nunca opuso la mínima resistencia a los rezos, ni compitió con mi madre para que sus tres hijos no fuesen a misa. Por aquellos tiempos yo practicaba a diario… Lo diré sin rodeos: me masturbaba. Pues bien, después de cada orgasmo, sensación de pecado mortal. Durante la maniobra (porque de “mano” y “obra” se trataba), una angustia, una sensación de culpabilidad. Hasta que en cierta fecha, todavía vistiendo pantalones bombachos, después de haber estado haciendo cosas "feas" con una muchacha de mi edad, comencé a perder mi temor a las calderas de Pedro Botero. Claro, no podía, cada vez que Pepi y yo, en un corralón, “jugábamos” a médicos y enfermeras, imponerme la consabida penitencia de rezar 50 credos, aparte el propósito de enmienda. Así las cosas, poco a poco, hasta dejar de ir a misa, fui perdiendo mi fe en el Dios personal que me vendían los padres franciscanos, luego los salesianos y, todavía antes, las hermanas carmelitas. Sin embargo… Lo cuento ya:

 Virgo prudentísima, ora pro nobis; virgo veneranda, ora pro nobis; virgo predicanda, ora pro nobis…

 ¡Cuánto echo de menos la letanía lauretana! No por su significado, que nunca entendí, sino por la sedancia de su música. En cierta medida la comparo a los sones marinos, invariables y siempre distintos, cada vez que un golpe de mar barre los farallones.

 La letanía del Santo Rosario es un auténtico mantra. Un estilo musical que nada tiene que envidiar a los recitativos hindúes. Tal es así que, hasta su traducción al castellano, muchas tardes me personaba en la concatedral de Alicante para escuchar el ora pro nobis y los acordes del órgano, alcanzando en ocasiones estados de conciencia alterada. Quizá, debido a estas reminiscencias, muchas veces me contengo cuando la rabia me inclina a denostar las religiones oficialistas. 

 Hoy no puedo permitirme la osadía de afirmar que todo lo realizado por la fe católica sea detestable, porque pecaría de cerrazón mental e intolerancia. El rosario, en conjunto, merece mi aprobación. Insisto una vez más: no por su significado, válido para los respetables creyentes de buena fe, sino por lo manifestado hasta el momento, cuyo desarrollo me permito relatar seguidamente.

 Si en mi casa materno-paterna tuve con el rosario instantes de magnífica placidez espiritual, las iglesias que a lo largo de mi vida he frecuentado me han dejado una impronta feliz. En ellas no recuerdo haber maldecido a los curas; por el contrario, los influjos positivos de la sillería catedralicia, impregnada de amor durante centurias, me han permitido ser comprensivo con los eclesiásticos. “Comprensivo”, manifiesto, dentro de los templos. Fuera de ellos, ¡a muerte con la curia! al comprender las interesadas intenciones clericales.

 Claro que saben los sacerdotes cómo pulsar las fibras sensibles del sentimiento religioso. Conocedores de los efectos musicales sobre las conciencias humanas, la letanía lauretana magnifica las emociones más restrictivas. No obstante, pagaría 20 euros por cada sesión de órgano y ora pro nobis, porque merece la pena sentir a la divinidad cósmica en la profundidad de nuestros arcanos. Aunque nos engañen. Aunque la Santa Sede, nido de corrupción, conozca como nadie, incluyendo a los científicos vendidos al poder, cuáles son las vías neuronales para burlar a los ingenuos.

 Merece la pena, decía, entre otras, por la siguiente razón: faltos de sensibilidad en un mundo como el nuestro, el espíritu, alma, psique o como queramos denominar a esa desazón que nos inclina a veces a buscar en la mar, en el campo o en la montaña el “eso” desconocido de nuestra esencia, se complace, a través del sonido, en hurgar allí donde palpitan los arquetipos humanos.

 La música gregoriana, verbigracia, además de contener notas uniformes en cuanto al tono y duración se refiere, “huele” a soledad umbría. En idéntica medida, el sonido del Santo Rosario me sumerge, en vez de elevarme, en los místicos espacios subterráneos de la existencia. Allí, ovillados mis sentimientos y plegadas mis emociones, siento que Dios es el átomo ultérrimo de mi naturaleza mortal.

 

César Rubio (Augustus)

Este artículo tiene © del autor.

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