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SE HINCHA

Carlos Garrido Chalén

Perú



Mi abuelo que era un viejo trejo, que no se andaba con medias tintas, decía cuando veía que a determinada persona se le subían los humos y ensoberbecía al asumir un cargo público sin merecerlo ni estar preparado: “Es que la caca cuando le da el sol se hincha”. Esa frase apodíctica y rotunda, que podría de repente ser juzgada como vulgar, procedente de las canteras sabias del pueblo, encierra una gran verdad. Ciertos individuos que no ganaron jamás una batalla, que han vivido en la mediocridad e improductividad más espantosa, cuando consiguen y asumen un puesto, se vuelven vanidosos y pendencieros, olvidan el bacín en donde hicieron su pichi, el pozo ciego en el que derramaron su lisura y se ensuciaron, y maltratan a quienes tienen la mala suerte de cruzarse en su camino exigiendo su servicio. Se les hincha el güerguero, la manzana de Adán les salta como un tumor con vida propia, adoptan poses de “alcurnia” y distinción que jamás tuvieron y hasta caminan diferente, frente en alto, potito erguido y quijada mirando al infinito, en la absurda creencia de que el cargo que ostentan les ha concedido pasaje de superioridad, primacía e impunidad. Deberían aprender de Mahatma Gandhi, (Mohandas Karamchand Gandhi), asesinado por un fanático integrista indio, el 30 de enero de 1948, uno de los grandes teóricos que modificaron la configuración ideológica del mundo en el siglo XX, que oraba a Dios pidiendo que lo ayudara a decir la verdad delante de los fuertes y a no decir mentiras para ganarse el aplauso de los débiles. “Si me das fortuna – decía- no me quites la razón. Si me das éxito, no me quites la humildad. Si me das humildad, no me quites la dignidad. Ayúdame siempre a ver la otra cara de la medalla, no me dejes inculpar de traición a los demás por no pensar igual que yo. Enséñame a querer a la gente como a mí mismo. No me dejes caer en el orgullo si triunfo, ni en la desesperación si fracaso”. Así que ya saben: si ven a algún Alcalde, Regidor, Presidente de Gobierno Regional, Consejero, Congresista, Asesor o a cualquier Funcionario, que se ensoberbece por el carguito transitorio que tiene, recuerde la frase imprescindible de mi abuelo, que no tenía ni un pelo de Mamerto y se mataba de risa viendo a tanto badulaque creyéndose la divina pomada indiscutida. Porque el final de gestión o la vacancia, los suele bajar del pedestal en que se empinan, y la realidad, les da un zófero contrasuelazo y se van de muelas. Y tarde, quizás muy tarde, se dan cuenta, que la hinchada de pecho, definitivamente no les convenía. Ay abuelo, abuelo, cuánta razón tenías.

Por Carlos Garrido Chalén, Abogado, Periodista y poeta

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