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LA PALABRA (14)

Pedro Fuentes-Guío

España



Dadme una palabra, una sola, y moveré el mundo, parece decirnos cada día el político, el comerciante, el poeta, el escritor, el periodista, el conferenciante, además de cualquier hijo de vecino que no sea mudo. Todos los seres humanos, unos consciente y otros inconscientemente, nos arrastramos por los barbechos de la vida buscando una palabra, nuestra palabra, con la cual mover el mundo, o un trozo de él, esa parte alícuota que nos toca en suerte, que cae en nuestra demarcación vital. Yo también, como cualquier pecador que se precie, ando buscando con ahínco mi palabra, o esas palabras que pueda sentir como piedras calientes, como húmeda piel humana.
Las palabras que busco no las quiero para mí, ni para hacerme una ensalada con ellas y devorarlas, no, las quiero para colocarlas aquí para vosotros, hipotéticos ojos que podéis mirarlas, y que tal vez, sólo tal vez, puedan remover parte del mundo, o con ellas, o con sus efectos, podáis mover un trozo de ese mundo, de vuestro mundo. Ignoro si las palabras que voy sacando de mi almacén, y que voy colocando en este artículo, una tras otra, son capaces de mover algo, como sería de desear, o son simples monigotes inanes, carentes de vida y de eficacia.
Mientras las busco, en ese remanso de mi soledad, me metamorfoseo en Quevedo, siento como mío aquel célebre soneto suyo, "Desde la torre", que dice: "Retirado en la paz de estos desiertos,/con pocos pero doctos libros juntos,/ vivo en conversación con los difuntos/ y escucho con mis ojos a los muertos". Porque es ahí, en la soledad y en la lectura, echándole levadura a las palabras que van surgiendo, como uno se torna barroco, sensitivo, epistolar y epicúreo.
Mirando el panorama que nos circunda, a veces me pregunto si los que usan profesionalmente la palabra, además de los que la utilizan sin ningún fin concreto, lo hacen porque quieren decirnos algo, expresarnos alguna idea o mensaje, o por todo lo contrario, para ocultarnos sus ideas, sus pensamientos, que guardan y ocultan como tesoros, sin darse cuenta de que esas verdades que guardan llevan fecha de caducidad. El tiempo, que es posesión incontrolable como el viento, vendrá a decirles que esa verdad que ocultan con palabras engañosas, hipócritas y perversas, se les va a pudrir en las manos, o en la mente, que es mucho peor, creándoles llagas de leproso. Esto de utilizar las palabras, ese don de brillos ilimitados, para ocultar lo que se quiere decir, o debiera decirse, no es algo que yo me esté inventando aquí y ahora. Ya lo dijo hace tiempo el filósofo Kierkegaard de esta manera: "El lenguaje existe para ocultar las ideas, es decir, para ocultar que no se tiene ninguna".
(Continuará)

Este artículo tiene © del autor.

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