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II. LA EXPRESIÓN POÉTICA EN EL "LLANTO"

Camilo Valverde Mudarra

España



"Por las gradas sube Ignacio con su muerte a cuestas"

El llanto es un lago de versos plagados de imágenes en que florece la fuerza del símbolo y la pletórica imaginación de Lorca en continuas metáforas. Por medio de la palidez y la blancura simboliza la muerte: pálida niebla, pálidos azufres; blanca sábana, espuerta de cal, sudor de nieve. Hay en el desarrollo mental del poeta unas directrices que confluyen en la connotación de una cierta exaltación de la muerte. Ve la agonía como el combate entre la paloma y el leopardo: vida inocente, muerte alevosa; y más próximo, la lucha del muslo con el asta desolada, y todo, la cogida y muerte, en el contrapunto de los toques cimbreados del bordón: "las cinco de la tarde", en un intenso climax ascendente concentrado en los versos finales: "¡Ay qué terribles cinco de la tarde!... ¡Eran las cinco en sombra de la tarde!".

La metáfora se derrama copiosa, con distintas técnicas, en mil maneras, mientras expresa una misma realidad, así la luna es caballo de nubes quietas, plaza de sueño, o cuando niña doliente res inmóvil. C. Bousoño distingue entre la metáfora moderna en que dos seres u objetos producen una "reacción sentimental idéntica", por interiorización, aunque tengan distinta forma y la tradicional que se basa en la semejanza de forma exterior, entre lo real y lo evocado. Estas imágenes se sustentan en la identidad emocional que incitan, y no en la relación física o moral, las llama "visionarias”; sus número es desbordante en el Llanto: "su risa era un nardo de sal y de inteligencia", o "un río de leones su maravillosa fuerza". Lorca gusta de corporeizar las ideas y las cualidades abstractas, como hace en el elogio a Ignacio con metáforas concretas: "un río de leones" es su fuerza; un "aire de Roma andaluza" lo califica de patricio; su simpatía se expande como aroma de nardo.
Los versos saltan de su pluma al dictado de la imaginación. Bretón habló del "automatismo psíquico puro por el que se expresa el funcionamiento real del pensamiento". El epíteto funciona como portador de una imagen cualitativa incoherente con relación al significado real del sustantivo: "la plaza gris del sueño, con sauces en las barreras"; "¡oh, sangre dura de Ignacio!"; "resbalando por cuernos ateridos". Las cualidades de un objeto se comunican a otro con el que guarda elación: «¡Qué gran torero en la plaza! ¡Qué gran serrano en la sierra! ¡Qué blando con las espigas! ¡Qué duro con las espuelas! Estas cualidades antitéticas se las atribuye al torero por transposición.

La simbología de Federico es profusa. Se vale de la acumulación de imágenes para plagar sus versos de símbolos: banderillas de tinieblas, diluvio de azucenas, urna de cristal. Cuando ya parece que no puede intensificarse más, levanta con nuevo impulso y extrae más recursos de alabanza: «No ¡Que no quiero verla! Que no hay cáliz que la contenga,/ que no hay golondrinas que se la beban, ... La sangre derramada, «charco de agonía junto al Guadalquivir de las estrellas», rememora la sangre de Cristo, pero ahora sin cáliz que la recoja, ni golondrinas que, según la tradición popular sucedió en el Calvario, se la beban; y, a la vez, aparece y sobreviene el recuerdo de la Semana Santa andaluza: aquí no hay luz, ni canto de saetas, ni diluvio de azucenas, ni urna de cristal. El amigo muerto se ha transfigurado, por contraste, en un cristo yacente, es un símbolo definido por esa gama de imágenes poéticas.

La tercera parte, «Cuerpo presente», es un ancho símbolo hilvanado con otros adyacentes y particulares; la piedra simboliza la muerte, es la frente, pero fría, ya no actúa, no piensa, un espacio libre, lago tranquilo, en que gimen los sueños; «la piedra es una espalda», pero inerte, capaz de llevar «árboles de lágrimas y cintas y planetas»; la piedra es tan inmisericorde y tan insensible que acoge con igual frialdad «simientes y nublados», «esqueletos de alondras y lobos de penumbra». Es la muerte, la que convierte al mundo en una gran plaza de toros, la plaza sin muros en la que cada día «a las cinco de la tarde», actúa la muerte. Por eso, Federico García Lorca convoca a todos los hombres valientes ante ella: «Aquí quiero yo verlos. Delante de la piedra».

La mayoría de los símbolos que enriquecen el Llanto corresponden al símbolo bisémico que se va presentando en el transcurso del poema, como es el de la incorporación de la naturaleza a la tragedia de Ignacio Sánchez Mejías: «avisad a los jazmines/ con su blancura pequeña; como lo son la luna y el mar, dos factores resueltamente conjurados: le pide a la luna que venga y la luna se introduce en el Llanto, y, configurada como plaza, ella misma exhorta al diestro «que se pierda en la plaza redonda de la luna». O que recurra al mar, igual que las lluvias grises van hacia el mar huyendo de la piedra. Todo es inútil. Porque «¡también se muere el mar! »

Federico emplea una multiplicidad de figuras estilísticas: anáforas: «cuando el sudor de nieve fue llegando.../ cuando la plaza se cubrió de yodo»; series reiterativas de intensidad: «Ya está sobre la piedra... Ya se acabó... Ya se acabó... ; «yo quiero ver aquí... aquí quiero yo verlos... yo quiero que me enseñen»; y la búsqueda de la expresividad en la cambiante elección de los tiempos verbales que imprime un ritmo de dinamismo descriptivo enormemente valioso y estético: «eran las cinco en punto... Un niño trajo... Lo demás era... El viento se llevó... Ya luchan la paloma y el leopardo... Comenzaron los sones... A lo lejos ya viene la gangrena». O expresa, con esa diferenciación verbal, la turbación del ruedo ante el infortunio sangriento; así, la subida metafórica de Ignacio por las gradas con su agonía a la espalda es de una factura atenazante y de sobrecogedora emoción: Por las gradas sube Ignacio... Buscaba el amanecer/ y el amanecer no era». A esto, añade, en su búsqueda expresiva, la contraposición nominal: «En las esquinas grupos de silencio. ¡Y el toro sólo corazón arriba!».

El Llanto por Ignacio Sánchez Mejías, es su más excelente poema y una de las composiciones universales de la literatura española. Los versos mismos justifican su reproche: Federico García Lorca rechazaba la propensión general de catalogarlo en la proclividad gitana y flamenca. A la vez que se debe desechar el manido tópico del poeta sencillo y llano. «Si es verdad, decía él, que soy poeta por la gracia de Dios, también lo es que lo soy por la gracia de la técnica y del esfuerzo, y de darme cuenta en absoluto de lo que es un poema». Su verso está labrado en el yunque de la sabiduría y en el surco del trabajo.

Camilo VALVERDE MUDARRA

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