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ANIMADVERSIÓN A ESPAÑA. «LEYENDA NEGRA»

Camilo Valverde Mudarra

España



Inventando patrañas sobre España, ocultaban su barbarie

Mientras los norteamericanos exterminaban las naciones indias, convencidos del esquema “blanco bueno-indio malo”, se iban inventando patrañas sobre España y así ocultaban su barbarie, que, encima, exhibían, en sus películas, como una gran proeza rayana en epopeya nacional. No se puede hablar ni escribir desde la ignorancia, antes, hay que ver la realidad y estudiar los documentos que confirmen los hechos.

Es justo descubrir las artimañas de la «otra» América, la protestante, que monta tantas desdeñosas lecciones de moral a la América católica. Desde el siglo xvI las reformadas -Gran Bretaña y Holanda in primis- iniciaron una guerra psicológica al inventarse la «leyenda negra» de la barbarie y la opresión practicadas por España, con la que estaban enzarzadas en la lucha por el predominio marítimo.

Muchas gentes del mundo laico y hasta españoles católicos se ha tragado la Leyenda Negra y, como ocurre con quien no lee y se informa y sigue puntualmente lo que está de moda, ignoran que se erigen en seguidores de una afortunada campaña de los servicios de propaganda británicos y holandeses. Píerre Chaunu, historiador de hoy, fuera de toda duda por ser calvinista, escribió: «La leyenda antihispánica ha desempeñado el saludable papel de válvula de escape. La pretendida matanza de los indios por parte de los españoles en el siglo xvi encubrió la matanza norteamericana de la frontera Oeste, que tuvo lugar en el siglo xix. La América protestante logró librarse de este modo de su crimen lanzándolo de nuevo sobre la América católica».

Es preciso que nos libremos de ciertos moralismos actuales que son irreales. Hay que pensar que la historia es una señora inquietante, a menudo terrible y observar que toda civilización es fruto de una mezcla que nunca fue pacífica. No olvidemos, por ejemplo, que los colonizadores de América del Norte provenían de una isla que era de los britanos, sometidos primero por los romanos y luego por los bárbaros germanos -precisamente los anglos y los sajones- que exterminaron a buena parte de los indígenas y a la otra la hicieron huir hacia las costas de Galia donde, después de expulsar a su vez a los habitantes originarios, crearon la que se denominó Bretaña.

Por lo demás, ninguna de las grandes civilizaciones (ni la egipcia, ni la romana, ni la griega, sin olvidar nunca la judía) se creó sin las correspondientes invasiones y las consiguientes expulsiones de los primeros habitantes. Las almas bondadosas que reniegan de los malvados usurpadores de las Américas olvidan, que a su llegada, aquellos europeos se encontraron a su vez con otros usurpadores. El imperio de los aztecas y el de los incas se había creado con violencia y se mantenía gracias a la sanguinaria opresión de los pueblos invasores que habían sometido a los nativos a la esclavitud. A menudo se finge ignorar que las increíbles victorias de un puñado de españoles contra miles de guerreros no estuvieron determinadas ni por los arcabuces ni por los escasísimos cañones (que con frecuencia resultaban inútiles en aquellos climas porque la humedad neutralizaba la pólvora) ni por los caballos (que en la selva no podían ser lanzados a la carga).

Aquellos triunfos se debieron sobre todo al apoyo de los indígenas oprimidos por los incas y los aztecas. En realidad, los ibéricos fueron acogidos en muchos lugares como liberadores y no como usurpadores. Y esperemos ahora a que los historiadores iluminados nos expliquen cómo es posible que en más de tres siglos de dominio hispánico no se produjesen revueltas contra los nuevos dominadores, a pesar de su número reducido y a pesar de que por este hecho estaban expuestos al peligro de ser eliminados de la faz del nuevo continente al mínimo movimiento. La imagen de la invasión de América del Sur desaparece de inmediato en contacto con las cifras: en los cincuenta años que van de 1509 a 1559, es decir, en el período de la conquista desde Florida al estrecho de Magallanes, los españoles que llegaron a las Indias Occidentales fueron poco más de quinientos (¡sí, sí, quinientos!) por año. En total, 27.787 personas en ese medio siglo.

Camilo Valverde Mudarra

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