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EN LOS ESTEROS DE VULERICH

Adrián N. Escudero

ARGENTINA



Al maestro A. Roa Bastos y su “Vigilia del Almirante”, con suprema admiración...


En especial, a la honestidad intelectual del escritor español, César Rubio Aracil, autor del artículo “Leyenda Negra y Leyenda Rosa” (MCH – 28-03-07), y al talentoso escritor boliviano, Víctor Montoya, compartiendo –a través del Maná de la Palabra- los terrores y bellezas de su relato “El tablero de la muerte” (LaLupe.Com – 20-02-07).

Dicen que cuando la luna ya no estaba y las primeras lluvias del otoño comenzaron a embestir la tierra, el escriba de la tribu suspiró hondo.

El hedor de la choza enrojecida y entibiada por un fuego crepitante, se entrelazó en su alma con los hirientes vahos de la nostalgia. Luego, fue todo un solo acto: desplegar la manta de cuero encallecido sobre los hombros también encallecidos, quebrar la cabeza vestida de artesanías ruidosas, y comenzar a grabar en aquella lámina de piel de perro salvaje, casi en éxtasis, los ominosos signos del último capítulo, quizás, de la historia de su pueblo sedentario...

Derrota

Porque, ¿quién se acerca a los esteros de Vulerich? Sin duda, Bulzaca y su corte de guerreros desgraciados.

Y, ¿quién ruge en los esteros de Vulerich? Sin duda, Bulzaca y su ejército de marginados.

Y, ¿quién pelea, y clama, y gime, y solloza, y vocifera, y se alborota en los ya históricos esteros de Vulerich? Sin duda, Bulzaca y su corte de peregrinos en hilacha. Golpeados, injuriados, torturados y burlados. Maltrechos y moribundos...

Aún así, ríe la bruja en los esteros de Vulerich. Ácida, áspera y ajena a todo llanto de varón deshonrado, ríe en los esteros de Vulerich.

Ríe, pero no de felicidad, sino a causa del despechado orgullo que la agita como una hoja más entre las simientes carnosas y quebradizas que se erizan en los esteros de Vulerich; mientras murmura, murmura y murmura sobre Bulzaca y sus soldados vencidos y alelados. Sobre Bulzaca y sus seguidores desairados; atrás la osadía y el atrevimiento vueltos terror imprevisto y espanto de jirones y rostros avergonzados...

Y es un grito filoso y sin piedad –el de la bruja Yatú- que hiere gargantas en los esteros de Vulerich...

Sí, por muchas lunas de mutismo y amargura hubo el joven Bulzaca escuchado el aullar de la bruja, con el rencor infinito de su hechizo herido, por violado y desatendido, trocando ahora, a cada instante, su mortal arrogancia de aspirante a cacique heraldo en brutal humillación de hereje maldecido...

Meditación

Sí, claro que conozco bien a Bulzaca. Sé bien cuánto y por qué sufre. Lo conozco. Sólo el debate calmará su furia. Tiene el orgullo de cazador muy débil y la risa de la bruja lo aniquila.

No fue siempre de ese modo. Sólo al cabo de la profecía.

Yatú es bruja. Su magia es poderosa. Su ambición también.

Yatú también es joven, y ama a Bulzaca; y Bulzaca desfallece por Yatú. Por eso, sufre doblemente el traspié frente a los dioses del cielo y del mar.

Ella lo predijo. E intentó detenerlo. Evitar su arrojo.

Pero el destino es un conducto donde flota el elixir de la vida, y roe la sangre, y la empuja sobre las tinieblas del misterio. Y los que no sobreviven al cruce de sus aguas amargas, encallan para siempre en las sombras (arenas) de la muerte.

Y Yatú presintió aquella noche su arribo. La llegada.

Dulce y placentero eran los aires en la verde ínsula de Vulerich. Y fue después que vio caer del cielo claro aquel maravilloso racimo de fuego, cuando los crujientes navíos estelares irrumpieron en su mente alucinada, mientras un jubón de seda enarbolada a su cintura se blandía sensual frente a las diez mil monedas de oro que estallaron al posarse los dioses sobre aquellas playas, todavía adormecidas, luminosas, calientes y húmedas, como un cuerpo de mujer en celo...

Irrumpieron para cambiar la historia de un mundo, que era su universo. Y henchir su vientre de semilla pálida. O de ceniza blanca, en toda su descendencia.

Lenguaje

Pero en aquella ocasión, las reglas del debate fueron alteradas. De hecho a causa de Bulgara, jefe de la tribu y padre de Yatú, primer guerrero y cacique de todas las aldeas sometidas al Imperio de Vulerich. Él fue quien ordenó que el lenguaje de las palabras fuera vedado.

Su fundamento no pudo rebatirse: la desgracia habida y el número de muertos en batalla enviados al canal del olvido, sugerían, después de tantos alaridos de viudas y pequeños, sujetar toda convivencia al lenguaje del silencio.

El lenguaje del silencio era el lenguaje de los gestos y del poder de la mirada. Se aprendía desde la lejana niñez, y era utilizado sólo en raras ocasiones, las más importantes y decisivas: cuando la reflexión imponía un preciso definir de las posturas. Situaciones donde era vano articular palabras truncas para alcanzar profundidad en los conceptos o compromiso en las afirmaciones. Así las torpes sonoridades bucales, códigos inconclusos que herían el entendimiento de los oídos y del pensamiento, cedían paso a aquella forma de telepatía gestual que sí podía transmitir con pureza la voz del corazón y de la mente.

Hacía tiempo, pues, que no era utilizado. Empleado en reuniones cortas, Bulgara revisaba el andar de su Imperio, y daba instrucciones, órdenes directas e indiscutibles que regulaban la vida en familia, la provisión de alimentos y de pertrechos para el combate (especialmente contra los Singara), secuencia de pinturas y ritos de adoración a Soleme y Lunata, quema de difuntos y muchas reglas más sobre la cultura de Vulerich que, según la leyenda, arrastraba a un billón de claridades y tinieblas...

Debate

“¡Venganza!”, gritó Bulzaca. “¡Venganza!”

“Repasemos la situación”, atemperó Bulgara.

“Sí, ¿quiénes son? ¡¿De dónde vienen?!, preguntó Samura, el astuto escriba del Imperio.

“Son dioses. Dioses terribles y guerreros. Vienen a quitarnos todo. Destruirán nuestras aldeas y nos someterán”, afirmó Bulzaca ( y su brazo tembló como una espada en lo alto).

“Lo advertí. Advertí lo que sucedería. Bulzaca es responsable. No escuchó mi voz. El humo de mi magia lo predecía. Predecía la muerte y la locura. Y Bulzaca no aceptó mi medicina”, chilló Yatú (y el fuego de su mirada encendió la choza).

“Yatú es una frágil y cobarde mujer”, respondió Bulzaca. “Debe callar”.

“Miente. Bulzaca miente. Es él quien teme a la sabiduría. Poseo el Libro. Soy su custodia. En el Libro Rojo de signos dorados y negros, parlantes y movedizos, está escrito. Soleme y Lunata sabían de la aurora en que Ellos vendrían desde el cielo azul confundidos bajo el verde mar”, sentenció Yatú.

“Patrañas. Historias para niños que no pueden dormir. Vamos a volver, ¡y los derrotaremos!”, clamó Bulzaca (y su gesto enardecido entornó los ojos de todos los ancianos de la tribu).

“Yo lo he visto, colgando en el tiempo de 500 veranos, muchos objetos que hablaron de Ellos, del Porqué de su Venida y del triunfo de su Estocada”, gimió Yatú. “Deben creerme”, suplicó al fin. “Sí, he visto a los dioses navegar muchos horizontes en pos de su delirio de conquista y de grandeza....”.

“¡Cállate bruja!”, espetó Bulzaca. “No hay tiempo. Debemos decidir: ¡dominación o muerte! Bulgara, es hora de elegir. Da la orden, o mis guerreros y yo partiremos aun sin ella”.

Y partieron. Pero antes...

Ofrenda

Cuando arribó a la playa, la mayoría de los dioses ya había penetrado en el vientre de aquellas lejanas naves majestuosas, henchidas como burbujas de sal y ancladas en sus puntos de llegada. No levantarían vuelo todavía.

Quedaba, no obstante, sobre la costa, un cascarón de acercamiento, y tres de aquellos seres divinos intentaban empujarlo en dirección a esas enormes chozas flotantes.

Fue entonces cuando Yatú irrumpió ante sus miradas perplejas, azorándolos con el supremo deleite de su belleza virginal. Sus manos se agitaron en frenética carrera con súplicas de ofrenda y holocausto que helaron la tórrida mañana caribeña, en las vulneradas fronteras de los esteros de Vulerich...

Hincada sobre la arena del Caribe Azul, abrió sus brazos y clamó a los dioses piedad para su pueblo viejo, y rogó la tomaran a cambio de no volver a herir de muerte a su amado Bulzaca, cuyo trote ardiente, apoyado en el empecinado atropello de sus furiosos combatientes, resonaba detrás cada vez más cerca, y más cerca, y más cerca...

Y así fue.

“¡Eh, Natán”, clamó don Rodrigo, “atrapa a esa india y vámonos de aquí! ¡Eha! ¡Y que vivan los Reyes!”.

Y las naves de los dioses zarparon, o volaron quizás. Las naves terribles de los dioses terribles batieron sus enormes alas de Lunata y comenzaron a hendir la superficie marítima del cielo verdiazul, rasgándola en su vuelo rasante hacia un Soleme crespuscular. Amplias estelas de espuma y de salitre ahuecaron los senderos rugientes de la partida.

Trofeos

Fueron tres.

Cuenta el mismo Bulzaca, despojado para siempre de su honor y de su amor, que las naves fueron tres. Y que sus horribles semblanzas de tortugas gigantes desaparecieron pronto ignorado, sin revancha, la tragedia desatada a sus espaldas.

Queda la esperanza, sin embargo. Yatú lo dijo antes de ofrendarse. Dijo que Ellos volverían. Una y otra vez.

Y no todo fue derrota. Algo de Ellos quedó entre nosotros.

En el fragor de una victoria desesperada, algo de su misterio cayó ante mis ojos de escriba. Y toda la tribu tuvo, en su boca por mi boca, sus nombres. Para odiarlos o adorarlos. Para clamar venganza o acudir a sus encantos: Ta-Marí, La-Ní y La-Pí, fueron tal vez los extraños signos que descifré en la curvatura centrada de sus caparazones inauditos.

También recogimos algunos de sus amuletos guerreros, abandonados en la playa tras la premura de su alejamiento. Sí, tres o cuatro de los troncos de trueno, aún calientes, con que hirieron a los nuestros. También un par de brillantes bastones cubiertos de sangre estereña, y uno de esos huevos brillantes con los que protegían sus cabezas amarillas...

Pero Bulzaca no se resigna. Ha pedido guardar en su choza estos trofeos, porque es la forma, dice, en que el destino ha intentado comprarle su amor por Yatú. Él sabe –lo sabe bien-, que sólo servirán para alimentar su odio eterno al extranjero celestial. Mientras tanto, ora sin cesar a los antiguos espíritus por una tercera oportunidad para vengar su orgullo mutilado.

Y un día, los mancebos de la tierra...

Epílogo

No obstante, hay un objeto que guardé celosamente para mí, y no conformó parte de los trofeos de Bulzaca.

Lo encontré semienterrado en la arena de la playa donde se libró el combate; muy cerca de las últimas huellas que los dioses dejaron marcadas en la almohada húmeda del mar, antes de su elevación horizontal.

Como dos palillos haciendo cruz detrás de la despojada figura de un hombre semejante a nosotros, clavado en ella. Uno de los dioses, sin duda, castigado de mala muerte por el detalle de tan singular tortura.

Lo guardé celosamente a causa del lenguaje del silencio que la mirada ciega de aquel dios caído transmitía. Todavía no he podido descifrarla. Aunque es tan dulce esa mirada, y tan inimaginable en rostro de varón, que no podré dejar de preguntarme acerca de su significado, y de las razones que habrían impulsado, trágicamente, a dar fin por esos dioses a uno de los suyos, colgándolo de aquellos maderos irreverentes.

Después, al reingresar en la jungla camino de los esteros de Vulerich, encontré además unas cuantas varas cruzadas sobre montículos de tierra recién escarpada, que quién sabe los terrores que habrían ocultado allí los dioses. Nunca me atreveré a desenterrarlos.

Por lo demás, y con un fuerte estremecimiento, concluyo este capítulo aferrado al cuerpo labrado del dios caído, impulsado por el raro sortilegio de su tierna mirada, y pensando si algún día la postrer profecía de Yatú volvería a cumplirse, y los dioses del cielo y del mar regresarían para quedarse en estas tierras; y, esta vez, para siempre.-

Santa Fe (Argentina), 1999 (Texto ajustado, 10-02-2006).

P.-S.

Este trabajo ha sido galardonado con:

Mención de Honor 9º Concurso Literario Leonístico y 6º Certamen Latinoamericano – Asociación Internacional de Clubes de Leones Distrito “O” 4 – Argentina – Auspiciado por la Fundación de Clubes de Leones del Distrito “O” 4 (Argentina) y Secretaría de Cultura del Gobierno de la ciudad de Buenos Aires (Argentina). Abril de 2000.

Premio a la Producción de la misma autoría (Primer Premio) – Género Narrativa - 14º Certamen Literario Nacional “Luciano Riquelme Atienza”. Organizado por la Biblioteca Popular “Juan Bautista Alberdi” (Laguna Paiva – Departamento La Capital – Provincia de Santa Fe – Argentina: Presidenta, Elena A. Díaz y Vicepresidenta Lilia Noce de Zedde). E-mail: bibssd035@sdnet.com.ar. Declarado de Interés Cultural por las Secretarías de Cultura de la Provincia de Santa Fe y de Laguna Paiva, y por la Legislatura Provincial (Honorable Cámara de Diputados). 17-12-2005.

Publicado el 06-03-07 en el Magazín Virtual LA LUPE.COM – LITERATURAS VANGUARDISTAS (Círculo Internacional de Literatura Vanguardista y postmoderna) – Directora 2da. Etapa: Milagro Haack.

Este artículo tiene © del autor.

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