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DE LAS TINIEBLAS, A LA LUZ

En memoria de los pueblos amerindios

César Rubio Aracil

España



Al escritor argentino, Adrián N. Escudero, con admiración por su hermoso relato, "En los esteros de Vulerich", y, no menos, con sincera gratitud, por su dedicatoria.

También, como principio elemental de mi amistad hacia los pueblos humillados por la España imperial, dedico estas letras a los indios americanos.

 
Al escritor argentino, Adrián N. Escudero,
con admiración por su hermoso y triste relato,
“En los esteros de Vulerich”, y, no menos,
con sincera gratitud, por su dedicatoria.
También, como principio elemental de
mi amistad a los pueblos humillados
por la España imperial, les dedico estas letras. 
 
 
De las tinieblas a la luz media un abismo. Aun siendo así, ¿cómo olvidar que la evolución camina a paso de galera? Los galeotes de la humanidad, quienes, por su sacrificio, merecen nuestra gratitud, siguen bogando en dirección a la alborada cósmica, donde la nada, principio y fin de toda existencia, condensa los destellos de la perenne creación.
 Decidme, almas errantes amerindias, vosotras que acompañasteis a Cristo en su crucifixión y a Quetzalcoátl por cielo y tierra, ¿en qué paradisíaco rincón del universo os encontráis? Yo, vuestro hermano menor, piel álfica y verde mirada escrutadora, quisiera sumirme en la abstracción geométrica de vuestro hogar eterno, ya que es allí, cuna del olvido y opaco sosiego, donde se proyecta la luz que os robaron mis ancestros.
 Quiero, en el animismo adorador de alfa y omega, sentirme pluma del pájaro Quetzalcoátl, Señor del Tiempo y Ourobouros de glaucas escamas, asiendo mi naturaleza hostil a la flamígera realeza de Xihtecuhtli, para ofrendarme en sacrificio a la memoria de vuestro infausto destino. Sufrir con Cristo su crucifixión y el martirio al que fuisteis sometidos por mis hermanos de piel álfica y mirada escrutadora, vosotros, hijos de la llama original. Sin bendiciones terrenales, sin responsos ni oraciones. Tan sólo deseo sentirme soplo de Tonacatecuhtli, de quien su hijo, Quetzacoált, vino al mundo para redimirlo con sacrificio y dura penitencia: la vuestra, caribeños, hijos del Quinto Sol, que, aun sin percataros del sincretismo religioso, adoráis a vuestros ancestrales dioses en el humilladero.
 
 Han transcurrido más de cinco siglos desde los tiempos en que los españoles pretendimos asimilar la cruz de Quetzacoált al cristianismo, quizá ignorando que este símbolo estaba relacionado con el viento: las cuatro direcciones de los puntos cardinales. ¿Era Quetzacoált la encarnación de Santo Tomás o de algún otro celícola venido a evangelizar a los indígenas?
 Cinco centurias mintiendo. Quinientos años de mimetismo histórico, hijos de la luz, para que en los puntos antillanos donde anclaron las carabelas quede constancia de una injusta y forzada conversión al cristianismo. También el Ungido, su mirada oscilante pidiendo misericordia para su verdad, ha sido abandonado despiadadamente por sacerdocio y creyentes a cambio de un falso doctrinario donde germina y se desarrolla el infundio.
 ¿Cuándo será el día, herederos de Quetzacoált, en que los españoles de bien nos atrevamos a dignificar al Hijo de Dios, y abanderando nuestro patriotismo os pidamos perdón? La decencia de un pueblo que se autodenomina cristiano debe, para lavar su propia estima, seguir los pasos de los Evangelios.
 Yo, que me considero creyente de la verdad cósmica y sin otro Dios que el asombro ante la inconmensurable dimensión del universo y su inescrutable misterio, pido desde aquí una nueva cruzada. Luchemos, con la inestimable ayuda de las Letras, para ofrendar a los pueblos caribeños, andinos, amazónicos y pamperos, desde el Cabo de Hornos hasta Chihuahua, el respeto que merecen los países aún sojuzgados por la memoria de nuestra España imperial.
 Desde el corazón, un bello sentimiento; desde el raciocinio, una justa reparación de los daños y humillaciones ocasionados a los pueblos amerindios.
 
Augustus 
César Rubio (Augustus)

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