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El obelisco y todo lo demás.

El sabor de la ficción en Aída Pérez Turruelles.

Alexeis Rodríguez Mora

Cuba



A lo largo de la historia, la mujer ha cargado con la atribución de actividades específicas. Cabría preguntarse el por qué de estas realidades endilgadas al género. Acaso lo será el hecho de que en principio ellas mismas ocuparon – o decidieron ocupar- un espacio menos exhausto, lejos de la actividad física desgastadora; o quizás porque mostró junto con la concepción materna, alguna sensibilidad hacia otras acciones que el hombre veía como insustanciales, que lo ataran a cierta parsimonia de gestos y actitudes con respecto al grupo social al que pertenecía. Lo cierto es que el juego de roles en la sociedad ha estado signado por la contradicción entre lo que debe y no debe hacer la mujer con respecto al hombre; la lucha de lo femenino y lo masculino en esa sempiterna rueda de tensiones que los aleja y acerca, a partir de situaciones en las que de pronto se resuelven o determinan comportamientos. Durante todo este tiempo la mujer ha llevado el fardo más pesado al abogar por su emancipación. Las contradicciones aún no terminan, puesto que la mujer continúa ahondando en poses cada vez más propias, más autorreferenciales.
En Cuba es difícil sustraerse a las tensiones entre los géneros. No obstante la continua libertad ganada por la mujer, el camino sigue con cierta dosis de mala hierba en sus márgenes. De un lado, las mujeres transgreden algunas fronteras asumiendo roles más activos en el contexto laboral, militar, etcétera. Pero casi siempre estas poses terminan acuñadas como una presunta “desviación sexual”. ¿Apunta esto en la sociedad cubana hacia una demarcación otra del género, justamente por asumir distintas actitudes sociales?
Todo parece indicar que la sociedad continúa arrastrando el lastre de periodos anteriores, donde la mujer -o el hombre- que asume posturas alejadas de su condición genérica es tildado, simple y llanamente, como una persona gay. Desde una perspectiva de desarrollo social, económico y cultural, percibimos el claro desequilibrio entre los dos polos que demarcan el desarrollo en la Isla: La Habana –o mejor, Ciudad de La Habana-, y el resto del país – zona central y oriental. En Cuba, el progreso se acrecienta, unidireccionalmente, hacia Occidente. En Oriente tiende a tensarse mucho más la cuestión entre los géneros, sobre todo aparejado al “desarrollo” del medio en que se vive. Mientras más nos adentramos por el interior del país, más tangible se tornan estas tensiones entre el ser heterosexual y el homosexual: el desequilibrio económico, cultural y social imperante en esas zonas impide, de alguna manera, la aceptación del otro.
Esta problemática repercute incluso en la concepción del discurso artístico, pues la producción creadora es sumamente desigual en artistas que viven en Occidente y las del Oriente del país. Esto no quiere decir que subvaloremos los enfoques que defienden las artistas orientales; solo que, generalmente, los lenguajes tienden a ser menos actualizados.
En el contexto de la plástica nuestras creadoras comúnmente se arman de la parodia, del enfoque deconstructivista de la feminidad. De modo que el arte constituye un espacio propicio para transgredir la norma, y accionar los sentidos arbitrarios impuestos jerárquicamente. La producción artística ha tenido en muchas artistas una inagotable riqueza de obras y acciones plásticas que acrecientan su nivel intelectual y creador.
De todo este accionar nos advierte la muestra Esperanza firme de Aída Pérez Turruelles (Las Tunas, 1982) al emprender el feminismo. La singularidad de sus obras viene dada por la confabulación de símbolos –el obelisco-, en función de esta temática feminista, que aboga por la resemantización del canon. El obelisco, signo falocéntrico que denota lo masculino, es despojado de su majestuosidad semántica para ser aprehendido desde lo puramente femenino. Tal parece que Aída se regodea en la lúdrica del travestismo del objeto, justamente cuando invierte el orden: decodifica el mito de lo masculino, como centro hegemónico y sustancial de la sociedad. La artista desafía no solo al espectador, sino al supuesto dominio del género a partir de la subversión del canon de la sexualidad. Claro, también sus obras están construidas desde una subjetividad como estrategia; pues resulta hasta cierto punto factible congraciarse con el objeto al trastocar los contenidos, máxime si son intervenidos a favor de una ficción, que aborda el feminismo de ese supuesto rango convencional. A través de la ironía y el cinismo, Aída canaliza sus propios impulsos, y destensa los hilos de la creación plástica para conceptualizar en torno a los subterfugios de su condición femenina.
 
 
¿Crees que un hombre pueda hacer arte feminista?
 
Sí, por qué no. No tiene nada que ver. ¿Por qué no la pudiera hacer? Igual que yo pudiera hacer una obra “masculinista” (se ríe). No entiendo el por qué no pueda hacerlo. ¿Qué se lo impide? ¿Dejar de ser hombre? Me parece que sí la puede hacer. Si estoy tratando de deshacer estas tensiones que existen entre los géneros, por qué voy a decir ahora que no, que un hombre no pueda trabajar el tema feminista. Lo que quiero es que el hombre no se sienta débil a la hora de trabajar un tema de mujer. No sé... Él seguirá siendo un hombre, solo que su obra abordará un tema feminista. 
 
¿El obelisco?
 
Mira, buscando bien al fondo el significado, obelisco es una estructura esbelta, firme, fálica; pero lo uso justamente para trastocar su significado, porque yo lo puedo ver esbelto, como normalmente existe, pero también una mujer puede ser así. Y existe una contradicción ahí, que es por donde quiero llegar al feminismo. Por eso lo tomo como referencia, porque me funciona de las dos partes.
 
¿Intervienes el símbolo –el obelisco- y le incorporas otros contenidos?
 
Sí. Por ejemplo, en el parque el obelisco tiene un carácter más serio, respetuoso, y a la hora de tú llevarlo a la galería, pues cambia totalmente su concepto. Este obelisco lo llevo al concepto que quiero, al tema feminista. Por eso me funciona como símbolo que encaja en el feminismo, no sé...
 
Algunos de estos obeliscos cambian morfológicamente. ¿La manipulación que haces de este símbolo es completamente intencional?
 
Es una intención totalmente irónica. Si te fijas, en los parques casi siempre estos obeliscos tienen otro símbolo en lo alto: una estrella o algún otro objeto, que simboliza a alguien, un héroe, mártir... En este caso el obelisco de almohadillas sanitarias tiene en la parte de arriba una piedra. Ahí existe una ironía: la mujer es débil, pero su mente es fuerte. Es una simbología que existe, y está en casi todas las piezas.
 
Sin embargo, en esa misma obra, las almohadillas sanitarias están limpias, sin huella alguna de haber sido usadas. ¿Funcionaría el discurso feminista en estas piezas, si estuvieran usadas?
 
Mira, la connotación sería otra, pero... No he pensado en llevarlo a los extremos.
 
Uno de los contenidos de la obra de arte que señala Thomas McEvelly versa acerca del material del que está hecha. En una de las piezas escultóricas que se exhiben utilizas el merengue, ¿alude esto a la búsqueda de otros contenidos?
 
 
Es algo parecido a lo de las almohadillas sanitarias y la piedra. Mira, debajo de ese merengue, quiero expresar que existe la delicadeza en la mujer, pero con la mente que tiene ella, una mente fuerte. Es una delicadeza que ves por fuera, pero por dentro puede ser dura. El obelisco está cubierto con merengue, que es el material que sugiere esa falsa imagen de “debilidad” femenina. El merengue es una máscara. La obra se complementa con otro obelisco que gotea agua, desenmascarando esa persona que está detrás de eso.
 
¿Frida Kalho, Martha María Pérez, Dulce María Loynaz?
 
Lo que pasa con Frida Kalho es que tomo como referencia algunas cosas que ella hace. La manera de trabajar los temas como mujer, el modo en que refleja algún suceso que le estuvo pasando en ese momento: ella va expresando su vida en la obra. De Martha Ma. Pérez y Dulce María, pues lo mismo. Tomo una minirreferrencia de estas artistas, para llegar a mi obra. Como es un tema feminista, y ellas son feministas, casi siempre tratan esta temática en sus obras, por lo que he podido leer y observar.
 
Sin embargo, las enmarcas a partir de un color, ¿por qué?
 
Mira, en Frida Kalho uso el color medio verde olivo porque casi siempre en sus cuadros aparece ese color y entonces adopté ese color para ella. El azul porque me parece que da el carácter de Dulce Ma. De todos modos no he pensado tanto en la sicología del color a la hora de trabajar; pero casi siempre cuando lo hice fue en Frida y en Martha Ma. Pérez, que sí tomé los colores que ellas trabajan.
 
Frida K., ¿algún otro código en específico?
 
De Frida tomo esas partes sentimentales a las que llega como artista, sus desgracias, todo lo que pasó en su recorrido por la vida hasta que pudo montar su exposición. Eso es lo que hago, tomar referencia de esa parte sentimental.
 
En otra de tus piezas se muestran obeliscos pequeños –tal parece que son juguetes-, pero esta vez encerrados en un obelisco de cristal. ¿Enclaustramiento del género?
 
No, mira. Son obeliscos pequeños, pero no son juguetes. Ese obelisco de cristal es una mujer embarazada que se le ha realizado un ultrasonido, una mujer que engendra niños, vida, pero que a la larga no sabes cuántas vidas femeninas y masculinas lleva dentro de ese vientre.
 
¿El retrato?, ¿los pantalones?
 
Caras de mujeres artistas, incluyéndome a mí. Están Frida K., Dulce María Loynaz, y Martha María Pérez. Que pasa, todas esas mujeres hacen su obra basada en temas eróticos: Martha Ma. Pérez realiza performances; Frida trata temas sensibles. Yo he retomado algunas ideas de ellas para llegar a mi obra, solo que desde la ironía. Los pantalones porque, anteriormente, cuando existía el matriarcado, se decía que las mujeres no debían llevar pantalones, que era solo para los hombres, ¿por qué? Si las mujeres pueden llevarlos y seguir siendo femeninas. Es una ironía doble, una rebeldía: la mujer con sus pantalones. 
 
Si te dieran la oportunidad de ir a un congreso feminista, ¿qué dirías?
 
No sé, podría trabajar en base a eso. Pensar en seguir defendiendo el tema feminista como lo he hecho hasta ahora, de forma tal que el público entienda el sinsentido de las contradicciones entre los géneros.
Por Alexeis Rodríguez Mora

Este artículo tiene © del autor.

1974

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