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”EL SIERVO DE YAHVÉ”

El “LIBRO DE LA CONSOLACIÓN”,

Camilo Valverde Mudarra

España



(Is 42,1-7; 53,12)

Comienza la Semana Santa, es oportuno que meditemos sobre el dolor y el sufrimiento, en la Pasión de Jesucristo.

El “LIBRO DE LA CONSOLACIÓN”, atribuido al Segundo Isaías, forma la segunda parte del libro de Isaías. En él se encuentran los cuatro “Cánticos del Siervo de Yahvé”: El primero: 42,1 4; el segundo cántico del Siervo de Yahvé: 49,1 6; tercero: 50,4 11; y cuarto: 52,13 53,12. Este último, el más famoso e impresionante de los cuatro poemas, alcanza su cima en el contraste "humillación-glorificación". Presentado como desfigurado, traspasado, aplastado, es un cúmulo de toda clase de sufrimientos: desprecio, vejación, ultraje, castigos corporales.

Los cuatro cánticos líricos se mueven en una línea teológica y doctrinal de enorme profundidad y horizontes. Introducen en una de las cimas culminantes de la revelación y de la teología bíblica. Su gran novedad estriba en la misión ignominiosa, expiatoria del Siervo de Yahvé que redime y alcanza una recompensa gloriosa. El sufrimiento es un camino hacia Dios, no solamente una realidad de la cual hay que pedir la liberación, como en los salmos, que puede tener valor, no solamente para quien sufre, sino también para otros.

El Siervo, es un personaje individual, que oye e ilumina, es justo y tiene una fe decidida y fuerte, su misión se extiende por igual a todas las naciones sin ningún matiz nacionalista. Es una salvación puramente espiritual y desprovista de todo matiz político, para todas las almas de buena voluntad, cualquiera que sea su nacionalidad. Un grupo, "nosotros", como un coro, habla meditativamente del Siervo y de su relación con el coro, con otros "muchos" (Is 53,11) y con el Señor; se acusa de ceguera e incapacidad para reconocer lo que estaba sucediendo: el Siervo, un ser despreciado y humillado por Dios y por los hombres; y se reconoce el valor y el significado del dolor y del sufrimiento del Siervo. El profeta ve en este dolor una misión confiada por Yahvé y que el Siervo ha aceptado con toda generosidad y entrega, con pleno conocimiento de causa: la de redimir al mundo cargando sobre sí los pecados de los hombres, sus dolores y enfermedades, como víctima de expiación vicaria para cumplir el plan de Dios sobre la humanidad. Por este sufrimiento total, en el que se cumplen los designios de Dios, el Siervo padece y recibe la vida y una posteridad innumerable que se prolonga más allá de la muerte.

Desfigurado y despreciado, su tormento es considerado como signo de un juicio por parte de Dios. En realidad, son los espectadores los que tienen que confesar su propio pecado, que ha caído sobre él sin culpa alguna. El castigo es nuestro, pero el dolor es suyo. Su entrega es total, con la docilidad de un cordero conducido al sacrificio. Lo que le aguarda es la muerte y la sepultura. Sin embargo, "Él jamás cometió injusticia ni hubo engaño en su boca". Pero la muerte no es el desenlace definitivo. Más aún, la muerte hace brotar el misterio de fecundidad que aquel retoño contenía; y el justo contempla ahora la luz y se sacia en Dios, que declara inocente a su Siervo. Su sufrimiento expiatorio ha liberado a los hombres, que ahora serán el botín de su triunfo y de su victoria sobre el mal. El Oráculo de Yahvé (53,11-12) introduce solemnemente una idea muy importante en la descripción de la obra salvadora del siervo: Justifica a los hombres, restableciendo la relación inicial entre ellos y Dios, después de haber destruido el pecado y sus consecuencias.

El Siervo con sus llagas nos curó (Is 53,5), carga sobre sí las enfermedades y los dolores. Nuestro castigo pesa sobre él. Ofrece su vida en expiación. Se entrega de modo voluntario a la muerte. Intercede por todos nosotros. Justifica y es justificado. Y como recompensa tendrá una gran posteridad. No responde herida por herida como permitía e incluso ordenaba la ley del talión (Ex 21,25); mucho menos trata de vengarse de ningún modo de la ofensa recibida (Gn 4,23-24). Por el contrario, sus propias heridas llevan la curación a la humanidad.

Así, el Señor cargó sobre él todas nuestras culpas (Is 53,6), indica el castigo infligido en el orden jurídico y religioso del hebreo de "cargar", por castigar, la transgresión, culpa y castigo, para señalar una intervención salvífica del Señor que pone remedio a una situación extrema, aunque para ello sea necesario recurrir al dolor. En el Cántico, la fundamentación teológica es la presencia del Siervo en la expiación de la culpa y en la reconciliación entre el señor y el hombre. Por haberse entregado en lugar de los pecadores, quiere decir "entregarse en expiación". El versículo: Mi siervo traerá a muchos la salvación (Is 53,11) traduce la expresión hebrea "declarar justo" o "justificar" (Ex 23,7; Dt 25,1). El Siervo no convierte en justo al injusto; es el Señor quien puede borrar la rebelión y olvidar el pecado (Is 43,25; 44,22), de manera que el hombre pueda "justificarse", y así "ser justificado" en su presencia (Is 43,26). Las expresiones, cargar con sus culpas (Is 53,11), o con sus pecados (de ellos) (Is 53,12), manifiestan que el Siervo asume la culpa en que otros habían incurrido. El pensamiento de la asunción de la culpa que se anuncia en estos términos adquiere toda su fuerza en este cántico de Isaías. Al poder aceptar la asunción de la culpa de otros, la substitución de los culpables en el castigo se hace también posible y aceptable en toda su circunstancia. La misión del Siervo en este contexto no es declarar justo a alguien que no lo es, ni es olvidar o borrar el pecado, sino que él puede asumir la culpa de los demás como argumento para que el Señor pueda olvidar y borrar el pasado aceptando como justo lo que ante él no podría serlo, porque la mancha exigía una reparación de carácter extraordinario.

Más que un profeta parece un evangelista el que habla. El Nuevo Testamento ve aquí designado literalmente a Jesucristo: Mt. 3,17; 8,17; 12,15-21; 26, 67-68; 27,26; Mc. 15,19. 27-28; Lc.4, 17-21; 22,37; Hch 8,32s; 2 Cor 6,2).

En señal de premio y de pago, por haberse ofrecido para tomar y expiar la culpa, el Siervo tendrá descendencia, prolongará sus días (Is 53,10). El Siervo ha muerto verdaderamente, ha abandonado la tierra de los vivos (Is 53,8; véase el contraste del reino de los vivientes con el Sheol, reino de las tinieblas, en Ez 32,23-27). Su supervivencia no significa, sin embargo, que el concepto de resurrección en sentido cristiano esté ya presente, pero, sí, implica que quien se pone al lado de los pecadores para asumir su culpa y buscar la expiación de la misma, participa de un modo especial de la bendición del Señor. Precisamente, porque el Siervo ha cumplido esa condición, el Señor permite que continúe presente de algún modo en aquellos con quienes se ha identificado y extraído del abismo.

Precisamente, a causa de su profundidad teológica, este texto ha sido utilizado frecuentemente por el Nuevo Testamento para procurar comprender la figura de Jesús, que ha muerto "por la salvación del pueblo". A pesar de algunas vacilaciones se puede considerar la pasión del siervo como un sacrificio expiatorio, su dolor como una justificación y una reconciliación del pueblo con Dios. Este entramado de humillación y de exaltación, para los cristianos, ha tenido un nombre concreto: Cristo y su pasión, muerte y glorificación.

Camilo Valverde Mudarra

Este artículo tiene © del autor.

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