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Un Fiasco

Para afrontar el miedo a las editoriales.

Moisés Sandoval Calderón

México



 Vi el pequeño recuadro en la página digital de la Universidad Autónoma de Sinaloa de donde soy alumno, y mi corazón empezó a latir con violencia. Mi Alma Máter, donde a mis cuarenta y uno, no me avergüenza decirlo, curso la carrera de Derecho, por fin daba una oportunidad a aquellas plumas desconocidas que ansiaban ver en letra de molde el fruto de sus más caros anhelos.
 -Ahora o nunca. Ésta es mi oportunidad de trascender -me dije excitado.
 Requisitos para presentar trabajos a la editorial de la Universidad Autónoma de Sinaloa. Decía el encabezado. Luego venía una serie de requerimientos. Márgenes de tal medida, sangría de tal o cual modo, letra Times New Roman, etc, etc. 
 Leí con fruición tratando de fundir en mi mente aquellas letras esperanzadoras. Aunque quedaba una duda: la calidad de mis relatos. No era yo el más indicado para calificarlos. Pero en fin. En caso de una negativa ante la ceguera que da la autocomplacencia me quedaba un consuelo. Si no se logra, me servirá para mejorar mi prosa en vistas a un futuro intento.
 Y ante el temor de herir mi ya precaria condición de escribidor con ansias de reconocimiento, le pedí a mi esposa que me hiciera el favor de llevar el manuscrito.
 -Ándale, hazme el favor. ¿A ti qué? Ni te va ni te viene -le dije tratando de animarla.
 Esto ocurrió un viernes. Pues ahí me tienen con unos nervios exacerbados por el café que no me dejaron en paz toda la mañana. En la oficina sonaba el teléfono y yo pegaba un brinco. No, era una llamada para el jefe, y la secre se tardaba una eternidad en comunicarlo. Si alguien trata de hablar, el maldito teléfono estará ocupado. Apenas se abría la puerta y ya me imaginaba entrando a todo un cortejo de funcionarios universitarios buscando a ese insigne artífice de la palabra tan injustamente tratado.
 Finalmente. A las tres de la tarde me habló mi esposa.
 -Ya lo dejé –me dijo al otro lado de la línea telefónica.
 -¿Y?
 -¿Y, qué?
 -Como que qué. ¿Qué te dijeron?
 -Me dieron un recibo. Y que ocupan hablar contigo.
 -¿Para qué?
 -Pues no sé. Hay una directora ahí. Saber quien eres, yo creo.
 -¡¿Lo vieron, lo hojearon?! –pregunté con el corazón desbocado.
 -Les dije que ibas a ir el lunes. A las once y media te va a recibir la mujer ésta. Es Maestra en Ciencias, creo.
 Ave Maria Purísima. Nunca tuve un fin de semana tan largo. Ni cuando tenía seis años, que es cuando los días se nos hacen eternos y jugamos pensando en que nunca llegaremos a usar pantalones largos.
 Pues allá voy el lunes, con el estandarte de la fe enarbolado. Pedí permiso en el trabajo para ciertos tramites médicos. Me vestí con mis mejores trapos y cruce la puerta de la editorial universitaria a las once con veintinueve minutos.
 Increíble. No tuve que esperar ni un minuto. Apenas estaba preguntando a la secretaria por la C. Directora Maestra en Ciencias, cuando:
 -Es ella -me dijo-, y me señaló a una mujer algo pasada de carnes, perfectamente peinada y engalanada como para una fiesta con un vestido floreado. Estaba parada ante la puerta de entrada de un privado y me preguntó a boca de jarro:
 -¿Ah, tú eres el del manuscrito?
 -Sí, mi esposa hizo el favor de traerlo el viernes pasado.
 -¿Ya te tomaron los de la televisión, Conchita? –preguntó a la secretaria. Tal parecía que yo hubiera adquirido de repente la cualidad de volverme trasparente.
 -Ay sí maestra. ¿Les digo que pasen a su oficina?
 -Espera un minuto. Ahora me desocupo. Pásale –me dijo, al tiempo que con la diestra señalaba el interior de su oficina.
 No me dio oportunidad ni de sentarme.
 -¿Dónde trabajas?
 -Soy empleado de Gobierno –dije con una sonrisa que inútilmente trataba de ocultar mi nerviosismo-. Pero soy alumno de la Universidad Autónoma de Sinaloa. Además, he tenido la oportunidad de ganar en un concurso de narración convocado por la misma...
 -Te pregunté que si donde trabajabas por que aquí únicamente publicamos a los trabajadores universitarios.
 -Ah, vaya. ¿O sea que no publican nada de los alumnos? Le decía que he ganado un concurso de narración convocado por la misma universidad. Aquí traigo...
 -No mijo. Solo empleados.
 -En ese caso, pues está demás dejarles mi manuscrito, ¿verdad?
 En ese instante, el corazón amenazaba con salirse de mi pecho abriéndose paso a través de mi seca garganta.
 Ella asintió con una condescendiente sonrisa.
 Apenas trasponía yo la puerta con el maldito manuscrito aún en el sobre cerrado en mis manos.
 -¡Que pasen los de la tele!
 Escuché el grito de la C. Maestra en Ciencias, Directora de la Editorial de los Trabajadores Universitarios.

Ver en línea : Atormentadero

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