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LA CELEBRACIÓN DE LA CENA

Camilo Valverde Mudarra

España



Jueves Santo

“Tomad y comed, este es mi cuerpo, que será entregado por vosotros; tomad y bebed, esta es mi sangre, que será derramada, para la remisión de los pecados”. “Haced esto en memoria mía” (Lc 22,7-22).

“Un mandamiento nuevo os doy que os améis los unos a los otros, como yo os he amado. En esto, reconocerán que sois mis discípulos” (Jn 13,34-35).

Hasta finales del siglo IV, el jueves de la Semana Santa no tenía celebración alguna, no era día litúrgico. En la Jerusalén del siglo V, se celebraba ya una misa, no en el Cenáculo, que sería de esperar, sino junto a la piedra del Calvario, en que Jesús expió. Más tarde, la celebración de este día aparece vinculada a la institución de la eucaristía y del sacerdocio, aunque los antiguos textos utilizados apenas hacen referencia a tal asunto. Se comprueba una cierta incertidumbre en el enfoque de la celebración del Jueves Santo.

El sentido de la celebración de hoy se enfoca a la donación que Jesús hace de su cuerpo y de su sangre. Realmente, Jesús, el Jueves Santo, víspera de su Pasión, viene a adelantar a nivel de símbolos rituales, la cena, lo que había de ocurrir al día siguiente. El pan partido y distribuido y el cáliz compartido por los discípulos son los símbolos sacramentales del sacrificio de Jesús, al entregar su vida en la Cruz, para salvar y dar vida abundante al mundo, por inmenso amor a los hombres, hasta el extremo. De modo que la cena del Jueves sólo tiene sentido en la medida en que conmemora y anticipa, en el misterio sacramental, su entrega incondicional, cruenta y dramática del Viernes. De ahí, que la liturgia vespertina del Jueves se presenta estrechamente vinculada a la liturgia del Viernes Santo. Este es, por tanto, el alcance que los nuevos textos litúrgicos expresan en la liturgia de este día.

El término eucaristía significa acción de gracias, indicando tanto el sentimiento interno de gratitud, como su expresión externa. Literalmente: buen comportamiento del agraciado. El término enlaza con la acción de gracias de Jesús, en la última cena. El concepto, la palabra misma nos plantea y exige, en nosotros, ese sentimiento de gratitud, conscientes de que Dios nos quiere. Amor que manifestamos, no sólo exteriormente en ritos, sino inserto en nuestra íntima conciencia, arraigado en nuestro constante proceder.

Por eso quiso instituir en la cena la Eucaristía y el Sacerdocio: “Haced esto en conmemoración mía”. Jesucristo está realmente presente en la Eucaristía: porque quiso estar con nosotros hasta el fin de los siglos, porque, voluntaria e incondicionalmente, se entregó para salvar al hombre pecador del abismo descomunal abierto entre Dios y la humanidad. Jesucristo invita y sigue invitando a acercarse a este sacramento, a sentarse con Él a la mesa, a comer su cuerpo y beber su sangre, a ser hombres de comunión y de fraternidad entre nuestros hermanos; su comida es fuente de la que brotan ríos de gracia, agua viva que salta hasta la vida eterna.

El sacerdote fiel a la llamada que obra en el “ven y sígueme”, al que responde y continúa respondiendo, lo deja todo con total entrega y sigue al Maestro de Nazaret en su ministerio. Predica y habla de la gravedad del pecado y, más aún, de la inmensa misericordia de Dios, del amor de Dios que no tiene fin. En la firmeza de su convencimiento, celebra y consagra cada día la Eucaristía, alegre y gozoso, al servicio de Dios y de los hombres; por eso, San Juan recoge en su evangelio, el lavatorio de los pies. La significación de este sorprendente acto de Jesús viene a reforzar el significado mismo de la eucaristía. Los símbolos del pan y del vino, expresión de la donación amorosa que Jesús hace de sí mismo, se completan con este humilde gesto del Maestro, arrodillado a los pies de sus discípulos lavándoles los pies. Es un gesto de servicio, propio de esclavos y de entrega amorosa a los demás. Es la enseñanza de ofrenda y servicio que le da a sus apóstoles, sacerdotes de Cristo desde ese momento. “¿Entendéis lo que acabo de hacer?”, les dijo. Os he dado ejemplo, para que hagáis vosotros lo mismo. Felices, si practicáis ya estas cosas que sabéis” (Jn 13,12-17). Felices los sacerdotes que, en el día a día, se inmolan con Cristo impartiendo el amor de Dios, porque Deus Charitas est.

Camilo Valverde Mudarra

Este artículo tiene © del autor.

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