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UNA HISTORIA DE PALABRAS OXIDADAS

Jorge Carrasco

Argentina



 
 El invierno en que me quedé muda, no hubo inundación en Colinas. Se pudo atravesar el puente sin problemas, viendo el agua del río en los bordes del camino, y al cielo bien tapado de nubes, como queriendo romperse para dejar caer la desgracia. Quizás por eso todo el pueblo estuvo pendiente de mi mudez.
 Hoy terminó esa mudez de diecisiete años. Diecisiete años esperando que Turcio por fin estuviera dentro de ese cajón, inmóvil, remotamente cínico, vigilándose a sí mismo. Después de tanto tiempo sin hablar tenía miedo de que las palabras se me quedaran pegadas en la lengua, o que salieran desfiguradas, incomprensibles, o que sencillamente no significaran nada. Por eso todos los días conversaba en mi mente conmigo misma, me saludaba todos los días y me contaba las cosas que me sucedían en esta vida de encierro.
 Ahora que Turcio ya no me puede vigilar, discúlpeme si las palabras me salen en tropel, como si fueran niños alegres escapando de una escuela. Si las voces que le voy a decir no son las adecuadas, ha de saber que es porque estaban oxidadas en mi garganta. Usted es la primera en escucharlas. Espero que me sepa comprender.
 Esa noche él dormía profundamente, al punto que en su borrachera no se percató de mis movimientos cuando lo ataba y lo dejaba cautivo en la cama. Cuatro trozos de soga unían manos y pies con los maderos del catre, de modo que su cuerpo extendido dibujaba una equis. Roncaba estrepitosamente y de cuando en cuando una baba resbalaba de su boca abierta.
 Así lo veo hoy, y me da vergüenza.
 Hoy me pregunto por qué hice eso. Por qué simplemente no lo dormí con algún sedante para esperar, sin ninguna violencia, mi partida. Afuera, nuevamente había comenzado a llover. Luego de atarlo fui a preparar las valijas. Al poco tiempo, aún temblando de emoción, me senté a los pies de la cama. En mi rostro comenzaron a caer unas lágrimas, pero no eran de tristeza ni de remordimiento ni de alegría. Eran de alivio. Sentía que me sacaba un gran peso de encima. Nada más que eso.
 En ese tiempo yo tenía un aspecto apático y mortecino. Los cabellos me caían sin ninguna insinuación hasta la mitad del pecho. Me sentía fea, más fea que ahora. En el rostro, siempre decaído, se me habían alargado las ojeras. Desde que me casé con Turcio fueron apareciendo en torno de mis ojos, hasta formar parte indeleble del rostro. Siete años de declinación del amor mostraron hasta qué punto la relación del matrimonio puede ser tan sórdida como una relación consentida de sobornador y sobornado, de amo y esclavo que acepta la esclavitud. Por la mañana un beso que se olvida, unas lágrimas que no impresionan, una enfermedad inadvertida, todo caía en una inmensa bolsa de tiempo, desde donde aquella noche fui extrayendo, como papelitos de una rifa infernal, mis más desgraciados momentos.
 Un movimiento un tanto brusco de Turcio me obligó a salir de mis reflexiones. Me levanté bruscamente. Sobre la mesa del comedor había un cenicero lleno de colillas y una botella de pisco sour a medio vaciar. Más abajo, sobre la alfombra, aún dormía Tristán, el gato que se murió al año siguiente. El desorden de cada noche, intacto hasta la mañana, permanecía sin cambios. Sólo faltábamos los tres. Yo, sentada en el sillón, a la derecha de ambos, sin participar de la charla fastidiosa, irritante, y Turcio, mi marido, que trataba de convencer a su socio, Aurelio, que siempre asentía, entre risitas ebrias y miraditas pícaras. Y tras las risotadas, el gato bajaba las patas, se retorcía plácidamente y seguía durmiendo. Eso sucedía casi todas las noches.
 Volví de la cocina trayendo un cuchillo de brillante y afilada hoja. Me acerqué a Turcio y le desgarré la ropa. Por primera vez su cuerpo desnudo me pareció extraño, ajeno, sin prepotencia. Mi piel, mis sensaciones luchaban con mi memoria para alejarlo de mi vida. Esperé un momento y como vi que empezaba a reaccionar le encajé un pañuelo en la boca. Turcio subió los párpados flojamente, casi sin conciencia de su cautiverio. Su cuerpo temblaba.
 _ Ahora me vas a escuchar – le dije, pero no estaba segura de lo que le iba a decir.
 En su rostro no hubo reacción.
 Entonces me callé otra vez.
 Pasaron unos minutos. De pronto las manos de Turcio se crisparon con violencia y su mirada se clavó en mis ojos. Tristán entró lentamente y se tendió junto a la cadera desnuda de Turcio.
 Yo le sostuve la mirada.
 _ Esta mañana te voy a abandonar. Aurelio va a venir a las seis y nos iremos lejos, muy lejos. Ahora te puedes quedar con esa pordiosera de Rina Meneses.
 Turcio alzó el torso con furia y un grito se apagó dentro de su boca, detenido por el pañuelo. Luego cerró los ojos y mordió el pañuelo con furia, como si estuviera triturando mi cuerpo dentro de su boca. Los maderos del catre crujieron.
 Yo sentía un placer infinito. Al fin podía demostrarle que una mujer podía hacer algo más que obedecer, que cocinar y limpiar la casa, que entregar el cuerpo a unas manos ásperas, remotas, insultantes. Faltaban quince minutos para las seis de la mañana y las maletas permanecían junto a la puerta de calle. Desde el comedor venía un vago olor de colillas apagadas. Abandoné el cuchillo en la mesa de luz y me acerqué a la ventana a escudriñar la calle. Aún estaba allí cuando el reloj de pared del comedor dio las seis. Julio se dilataba afuera en nieblas invernales, lento, adherido a las casas de madera como una babosa. Era el mes que recorría el año en boca de los hombres del pueblo a causa de las inundaciones que dejaban a cientos de miserables sin hogar. Y el día anterior ya había empezado a soltar la lluvia, histérico, tormentoso. Pero aquella mañana no parecía estar orgulloso de nada. El invierno se emparentaba con aquellos hombres que luego de haber descargado una andanada de exabruptos se pasaban largas horas pensando en su imprudencia. El invierno se parecía a Turcio.
 Esta vez yo miré la hora en mi reloj de pulsera. Ahí me di cuenta de que estaba llorando porque una lágrima cayó en el lunar de las coyunturas de mis manos. Fue entonces que sentí las lágrimas bajando por el pequeño escote de mi blusa. Mis sollozos se confundían con los murmullos de los hombres provenientes de los suburbios que pasaban por la calle y con el ruido de motores que encendían los vecinos al tiempo que tosían y escupían la flema nocturna.
 Ahí estaban mis valijas, junto a la puerta. Las quedé mirando un momento largo. Las sentía lejanas, culpables de un delito horrible. Sí, culpables de haberme tendido una trampa, de haberme inoculado una esperanza absurda para esquivar una desgracia de por vida. En un primer momento pensé en huir, alejarme de allí hacia cualquier lugar. Y también pensé en matar a Turcio, acuchillarlo una y otra vez para borrarlo de mi vida. Empuñé el cuchillo y me dirigí al dormitorio, pero en ese instante escuché un grito apagado que me paralizó y me hizo soltar el cuchillo. Creí que se trataba de Aurelio que me llamaba desde la puerta de calle. Volví sobre mis pasos y abrí la puerta. No había nadie. Pasaron unos minutos de silencio. De pronto en el dormitorio estalló la risa de Turcio. Se había sacado el pañuelo de la boca y su risa inundaba diabólicamente el aire. Era una risa burlona, colérica, llena de desprecio.
 En ese momento algo se paralizó dentro de mí, algo pesado que impedía que me moviera, algo que me ordenaba respetar la servidumbre de siempre, un miedo anterior a cualquier voluntad, a cualquier pensamiento. Me pude mover una hora después, cuando sus carcajadas iracundas ya habían terminado y el sueño había apagado sus palabras, esas que me anunciaron, llenas de un diabólico júbilo, que Aurelio lo tenía al tanto de todo.
 _ Nunca vas a aprender – me gritó:- , nunca vas a dejar de ser la taimada sin esperanzas ni imaginación. Hasta las ilusiones, hasta las traiciones te las tengo que fabricar yo. ¡Estúpida!.
 Luego se calló.
 No sé cuánto tiempo me quedé parada viendo la neblina de la calle. Quiso mi boca gritar, expulsar las palabras que buscaban enloquecidamente un alivio, pero yo se lo impedí. Durante diecisiete años se lo impedí. De pronto, en esa primera noche de silencio, empezó a hacer frío, mucho frío, tanto que hasta las palabras se me congelaron, y yo, esquivando los arrumacos de Tristán entre mis piernas, arrastrando los pies, me fui a la habitación a buscar una frazada para tenderla sobre el cuerpo desnudo de Turcio.

Este artículo tiene © del autor.

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